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Tribuna:

Reflexiones para los nostálgicos

Algunas opiniones acerca de la Andalucía de hoy, y más concretamente del campo andaluz, han vuelto a poner de actualidad un desconocimiento culpable de nuestra realidad y de nuestra historia.

Nací cuando agonizaba la dictadura. Pertenezco a la primera generación que ha podido disfrutar de los éxitos de aquellos que lucharon por construir un Estado democrático en el que todos los ciudadanos tuviesen igualdad de oportunidades. Crecí en un pueblo donde todo giraba en torno al campo. Hablo desde el conocimiento que me han transmitido mis mayores, quienes vivieron aquella dura realidad y están legitimados para valorar el antes y el ahora de esta tierra. Un conocimiento que posteriormente amplié recorriendo durante tres años los municipios de Andalucía, con motivo de mis estudios de posgrado en políticas de desarrollo local.

Analizamos la realidad de hoy, y la de ayer, a través de las series estadísticas. Pero la realidad es muy compleja y no puede escribirse con datos extraídos de su contexto histórico. Por eso, debemos utilizar todas las fuentes disponibles. Eso es lo que dará veracidad a nuestras opiniones. En 1976, sólo un año después del fin del régimen, 27 de cada 100 personas ocupadas en Andalucía, según la EPA, trabajaban en el campo. Todas estas personas apenas disponían de lo imprescindible para su sustento diario. En muchos pueblos, según recuerdan nuestros mayores, se reunían en la plaza donde llegaba la camioneta con el capataz de la finca para elegir a los que ese día se ganarían el jornal. Y así de nuevo, al día siguiente, al otro y al otro...¿Han leído a Miguel Delibes y sus "santos inocentes"? Habla de ese empleo, el empleo agrario en Extremadura, pero también en Andalucía: casi un tercio del empleo total. Ese que, para algún dirigente político de la derecha, es como el de hoy. Recuerdo, que en tercer y cuarto curso de la antigua EGB, ya en el comienzo de los ochenta, parte de mis compañeros de clase faltaban durante la campaña del algodón porque tenían que ayudar a sus familias en las tareas agrícolas.

Hay otros aspectos de aquella realidad que ocultan los datos estadísticos. Por ejemplo: Tres de cada cuatro mujeres con edad y capacidad para trabajar eran consideradas entonces población inactiva. Es decir, no existían para las estadísticas, eran invisibles, carecían totalmente de oportunidades. Hablo de millón y medio de mujeres andaluzas: las madres y abuelas de mi generación, que no tuvieron ni siquiera la oportunidad de ser paradas.

Aquella Andalucía es hoy recordada por algunos nostálgicos que no aciertan a ver las diferencias con la realidad actual. Tal vez porque la suya personal no ha cambiado. Pero hay más datos que les ponen en evidencia: Nuestra comunidad, en aquellos años de plomo, tenía la tasa de natalidad más elevada del país y, sin embargo, perdía población año tras año. Su gente emigraba a otros lugares donde sí le ofrecían oportunidades. Lo peor de todo es que, en aquella marcha, se fueron muchos de los mejores. Y eso se tradujo en una descapitalización de nuestra tierra. Todos esos emigrantes, más de un millón, tampoco eran parados andaluces. Las estadísticas no los cuentan.

Ofende a la inteligencia que haya quienes sigan comparando aquella realidad con la actual y manteniendo así vivos todos los tópicos de nuestra tierra. La Andalucía de los subsidios, la que no trabaja, la que pita, pita.... ¿Alguien se ha preguntado qué coste tuvo la reconversión industrial o minera en otras comunidades autónomas? Puedo asegurar que con un coste muy inferior hemos transformado nuestras estructuras agrarias y nuestro empleo en el campo de forma eficaz, eficiente y justa. Hoy, Andalucía exporta a muchos países del mundo y es líder en agricultura ecológica, en innovación, biotecnología e investigación agraria.

La realidad de nuestra tierra ha cambiado profundamente en sólo una generación. La memoria es muy débil y muchas veces tenemos la tendencia a pensar que todo esto, todo lo que tenemos hoy, ha existido siempre. Se critica que no avanzamos, que no convergemos, pero, para hacer esta crítica, tenemos que saber de dónde venimos, ser responsables y admitir que la situación de partida de Andalucía era infinitamente peor que la de otras regiones. Invito a esas personas que tienen esa visión sesgada de Andalucía a que se sienten en la plaza de uno de sus maravillosos pueblos, con los ancianos del lugar, que les escuchen y les pregunten cómo se sentían antes y cómo ahora. Puedo asegurar que, aparte de ser una experiencia entrañable, les haría ganar en cultura y en conocimiento de nuestra historia.

Rosa María Castillejo Caiceo es economista y secretaria general de la Presidencia de la Junta de Andalucía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de abril de 2010