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Tribuna:OPINIÓN

Es hora de mostrar lo que apreciamos la música clásica

Entregarnos a las propiedades naturales del sonido puede tener una dimensión casi espiritual. Una sala de conciertos ha de ser un lugar más lleno de vida e impredecible. Y, como afirma el pianista Emanuel Ax, "si no hubiera reglas sobre cuándo aplaudir, el público daría la respuesta apropiada casi siempre".

Es una de las grandes ironías de la experiencia de asistir a un concierto de música clásica; la música más explosiva y emocionante se recibe muchas veces con un silencio absoluto. Dejemos oír nuestros aplausos

El pasado otoño, Barack Obama fue el anfitrión de una velada de música clásica en la Casa Blanca. Antes de empezar dijo: "Si alguno de ustedes va a escuchar música clásica por primera vez y no está seguro de cuándo aplaudir, que no se ponga nervioso. Por lo visto, el presidente Kennedy tenía el mismo problema. Jackie y él celebraron varias veladas de música clásica aquí y en más de una ocasión él empezó a aplaudir cuando no debía hacerlo. Así que la secretaria social ideó un sistema que consistía en hacerle una señal por un agujero de la puerta. Afortunadamente, yo tengo a Michelle para que me diga cuándo aplaudir. Los demás, que se las arreglen como puedan".

La introducción de inventos y dispositivos destruye la característica fundamental de la sala de conciertos: la falta de electrónica

La gente pregunta a menudo si la música clásica se ha vuelto demasiado seria. Yo a veces me pregunto si tiene suficiente seriedad

Obama estaba bromeando a expensas de la regla que dicta que no hay que aplaudir hasta que terminen todos los movimientos de una obra. Ningún otro aspecto de nuestros rituales modernos de asistencia a conciertos causa más confusión. No es que la regla sea tan compleja que ni siquiera un profesor de derecho convertido en comandante en jefe es capaz de comprenderla. Es que, a veces, da la impresión de que la etiqueta y la música se contradicen. Las ruidosas codas del primer movimiento del Concierto Emperador de Beethoven y el tercer movimiento de la Sinfonía Patética de Chaikovski están pidiendo a gritos el aplauso. La palabra "aplauso" viene de la orden plaudite, que aparecía al final de las comedias romanas. El clímax que representan los últimos acordes de esos movimientos es el equivalente musical de dicha orden: es como juntar las manos para aplaudir.

Si el presidente aplaudió alguna vez en el momento "equivocado", estaba siguiendo intuitivamente las instrucciones que le daba la música. De ahí que los neófitos sientan tanta angustia por este asunto; incluso parece que el miedo a aplaudir indebidamente puede llegar a hacer que algunas personas no vayan a conciertos, aunque tal vez no sea más que una excusa. Los niños plantean un problema especial. En los textos que distribuyen las asociaciones de educación musical se muestra una gran preocupación por la supresión del entusiasmo infantil. En ocasiones, los folletos de los programas contienen una lista de reglas expresadas como las de Dios en el Sinaí: "No aplaudirás entre los movimientos de las sinfonías ni las demás obras en varias partes que figuran en el programa". Y sólo se puede aplaudir: "Un aplauso apropiado es la única reacción aceptable por parte del público".

El mensaje fundamental del protocolo es: "Contén tu entusiasmo. No te excites demasiado". ¿Nos extraña que la gente no se emocione con la música clásica tanto como antes? Esta cuestión de la etiqueta no es más que parte del complicado dilema social en el que se encuentra la música. Pero me pregunto cuál será el efecto a largo plazo de la regla de no aplaudir, igual que me pregunto sobre otras peculiaridades de los conciertos: los trajes vagamente eduardianos, la iluminación propia de centro de convenciones, la decidida indiferencia de muchos músicos profesionales.

No es fácil, ni mucho menos, decidir si el formato debería cambiar. No pretendo proponer recetas. Es más, en mi opinión, la principal limitación del ritual clásico es su carácter de receta; presupone que todas las grandes obras de música son fundamentalmente la misma cosa, que es posible colocarlas sobre un pedestal de una forma determinada. Lo que me gustaría ver es un enfoque más flexible, para que el carácter de cada obra dicte el carácter de su presentación y, por extensión, el de la reacción del público.

Mozart tocaba para las masas

El concierto clásico del siglo XVIII era completamente distinto del acto tímido y sobrio que es hoy. Es famosa la carta que escribió Mozart a su padre después de estrenar su Sinfonía París: "En medio del primer allegro llegó un fragmento que sabía que iba a gustar, y todo el público se quedó embelesado

..., y como sabía, cuando escribí ese fragmento, qué buen efecto iba a tener, lo repetí al final del movimiento, y como era de esperar aparecieron los gritos pidiendo da capo". Esta actitud parece más propia de los clubes de jazz, donde la gente aplaude después de cada solo y no exclusivamente al final de cada pieza.

En la época romántica, los compositores empezaron a rechazar la idea de la música como entretenimiento y motivo de bullicio. Schumann, en forma de su álter ego Florestan, escribió: "Llevo años soñando con organizar conciertos para sordomudos, para que aprendáis de ellos a comportaros en los conciertos, especialmente cuando son bellos. Deberíais convertiros en pagodas de piedra". Mendelssohn, en su Sinfonía Escocesa, pedía que se interpretara la obra sin hacer ninguna pausa, para evitar "las largas interrupciones habituales".

Wagner desempeñó un papel crucial, aunque involuntario, en la transformación del comportamiento del público. En el estreno de Parsifal, en 1882, pidió que no se saliera a saludar tras el segundo acto con el fin de no "alterar la atmósfera". Pero el público creyó que eso quería decir que no debía aplaudir en absoluto y, cuando cayó el telón al final, hubo un silencio total. "¿Les ha gustado o no?", preguntó Wagner. Dos semanas después entró en su palco para observar la escena de las doncellas flor. Al terminar, gritó: "¡Bravo!", y le mandaron callar. Por increíble que fuera, los wagnerianos se tomaban a Wagner más en serio que él mismo.

En las primeras décadas del siglo XX seguía siendo habitual aplaudir a mitad de la obra. Cuando se interpretó por primera vez en Londres la Primera sinfonía de Elgar llamaron a saludar al compositor tras el primer movimiento. Sin embargo, alrededor de 1900 hubo ya un grupo de músicos y críticos alemanes que empezaron a promover un código de silencio, como se hacía en Bayreuth. Uno de los pioneros fue Hermann Abendroth: en Lübeck, donde dirigió conciertos entre 1905 y 1911, decía a su público que no aplaudiera entre movimientos. En los años veinte, varios directores importantes pedían ya que no se aplaudiera demasiado. Al principio, muchos aficionados se resistieron porque les parecía una muestra de arrogancia por parte de unos directores estrellas. Olin Downes, crítico principal de The New York Times, hizo campaña contra la regla en los años treinta y cuarenta. En uno de sus artículos describió el gesto desaprobatorio que había hecho Kusevitski al ver el aplauso del público después del tercer movimiento de la Patética y exclamó: "¡Qué antimusical! ¡Es un caso de esnobismo in excelsis!".

Es un poco exagerado. En muchos casos, la regla sí parece coincidir con la música. No me gustaría que se aplaudiera, por ejemplo, entre los movimientos del Cuarteto para el fin de los tiempos de Messiaen. En otras ocasiones, en cambio, tiene un efecto perverso. Emanuel Ax, que no es precisamente un pianista dado al exhibicionismo, se lamenta en su página web: "Siempre me sorprendo un poco cuando escucho el primer movimiento de un concierto que se supone que está lleno de entusiasmo, pasión y virtuosismo (como los conciertos de Brahms o Beethoven) y luego no se oye más que ruido de ropa y unas cuantas toses; la mera fuerza que desprende la música reclama una reacción arrebatada del público". Ese ruido es el sonido de la gente reprimiendo su instinto.

Peor aún es cuando alguien intenta aplaudir y se le manda callar. Quienes aplauden en los momentos "equivocados" seguramente no tienen costumbre de ir a conciertos. Es muy posible que sea su primera vez. Cuando se les manda callar, quizá no tengan ganas de volver nunca. Y los que chistan también están haciendo ruido. Muchas veces oigo un "¡shhhh!" en algún lugar de la sala sin haber oído antes el pequeño ruido que lo ha provocado. Es irónico que esos que se atribuyen funciones disciplinarias se vuelvan más molestos que aquellos a los que reprenden.

Expresa tu entusiasmo

en Twitter

Tal vez es antinatural esperar una quietud absoluta en un espacio público. Quizá estamos imponiendo costumbres caseras a la sala de conciertos. Sentados delante de nuestros equipos de música, nos hemos acostumbrado a breves periodos de silencio entre unos movimientos y otros. Ésa puede ser la razón de que la resistencia a la regla desapareciera enseguida. Cada vez más, las personas se reunían en un mismo sitio para disfrutar unas experiencias íntimas y solitarias. En vez de decir, como antes, que se sentía arrebatado por la música, el aficionado explicaba ahora que sentía que la música le inundaba, como si fuera un fenómeno meteorológico sobre el que tenía escaso control.

Durante los debates sobre los aplausos en los años veinte, el pianista y director Ossip Gabrilowitsch dijo: "Es un error pensar que el público ha cumplido sólo con comprar las entradas". Es decir, que debería haber más intercambio entre los artistas y el público. Es demasiado fácil confundir la pasividad con el aburrimiento. Y los artistas, por su parte, se muestran excesivamente despegados. Los músicos de las orquestas estadounidenses dan la impresión de haber estudiado para aprender a no mostrar ninguna emoción, con la excepción ocasional de un ligero gesto de suficiencia durante el saludo del compositor o un atisbo de sonrisa durante la propina del solista. La música es un arte de la mente y el cuerpo; muchas obras clásicas del repertorio son ritmos de danza. Sin embargo, en la música clásica actual, el cuerpo parece reprimido.

He sido aficionado a la música clásica toda mi vida, pero también soy miembro de una generación -la llamada Generación X- que, según los preocupantes gráficos publicados hace poco por la Liga de Orquestas Americanas, todavía no ha mostrado el interés por la música clásica que solían exhibir al llegar a la madurez generaciones anteriores. En la universidad estuve rodeado de personas extraordinariamente inteligentes, que sabían de arte, literatura y cine. Sin embargo, pocos sabían de música clásica. Suelo llevar a esos amigos a conciertos y, aunque les gusta estar allí, muchas veces percibo cierta decepción. Admiran la música, pero la experiencia no cumple todas sus expectativas. Y yo pienso en qué podría modificarse para que su admiración se convierta en amor.

Abundan las propuestas para desmitificar la música clásica: iluminación teatral, vídeos, mensajes explicativos que lleguen a los móviles, invitaciones a comentar en Twitter, etcétera. Tengo mis dudas sobre muchas de ellas, a no ser que se trate de la música de Messiaen, en cuyo caso, los gorjeos de Twitter parecen apropiados. Ahora bien, para mí, la introducción de inventos y dispositivos destruye la característica fundamental de la sala de conciertos: la falta de electrónica. En una sociedad completamente mediatizada, en la que la electrónica satura prácticamente cada minuto de nuestras vidas, entregarnos a las propiedades naturales del sonido puede tener una dimensión casi espiritual.

Tal vez los conciertos deberían parecerse más a los antiguos, tener unas raíces más locales, más comunitarias. Las instituciones podrían tratar de fortalecer el vínculo entre el artista y el público: unos comentarios previos, unas reuniones posteriores y, desde luego, un relajo de la regla. Estoy de acuerdo con Ax cuando dice: "Creo que, si no hubiera reglas sobre cuándo aplaudir, el público daría la respuesta apropiada casi siempre". Al mismo tiempo, la atmósfera dominante es demasiado mecánica, demasiado rutinaria. No estamos haciendo justicia a la extraordinaria presencia de la música. Hay demasiadas oportunidades de distraerse. Es descorazonador ver a la gente enterrando la cara en los programas. ¿Por qué no bajar las luces y centrar los focos en los músicos?

La gente pregunta a menudo si la música clásica se ha vuelto demasiado seria. Yo a veces me pregunto si tiene suficiente seriedad. Desde luego, ha adquirido una pátina de solemnidad, pero esa pátina es, con demasiada frecuencia, una tapadera para seguir haciendo las cosas igual. Sueño con una sala de conciertos que sea un lugar más lleno de vida e impredecible, que dependa de las distintas personalidades de los compositores y los intérpretes. La gran paradoja de la vida musical moderna, tanto en la música clásica como en la música pop, es que adoramos a nuestros ídolos y al mismo tiempo, en cierto modo, les atamos de pies y manos. Les arrinconamos en papeles cruelmente específicos: se supone que este grupo de rock debe hacernos soltarnos la melena, que aquel compositor debe ennoblecernos. Oh, Mozart; yeah, rock and roll. ¿Pero qué pasa si un grupo de rock quiere hacernos pensar y un compositor quiere que bailemos? La música debe ser un lugar en el que nuestras expectativas se hagan añicos.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Alex Ross (Portland, 1970) es autor de El ruido eterno. Traducción de Luis Gago. Seix Barral. Barcelona, 2009. 800 páginas. 24 euros. www.alexrossart.com. Este artículo es una versión abreviada de una conferencia pronunciada en la Royal Philharmonic Society de Londres el 8 de marzo. El texto completo se encuentra en www.royalphilharmonicsociety.org.uk.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de marzo de 2010