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Crítica:XIV FESTIVAL DE JEREZ

La pasión según Marín

La experiencia demuestra que con los trabajos de Andrés Marín -pese a las intenciones que él manifieste- lo que vale es abrir ojos y mente y entregarse abiertamente a sus propuestas. En ellas nunca va a faltar el cante tradicional ni cualquier otro elemento propio de un espectáculo flamenco. Pero también va a existir algo más: una sonoridad o una atmósfera, cualquier intención nueva que añadir a su original compostura bailaora. Todo ello se confirma con más rotundidad, si cabe, con su nueva creación, La pasión según se mire.

En esta obra, Marín ha conjugado elementos variados y suficientes para dar cauce a su doble pasión, la de innovar y la de ser fiel a la tradición a un tiempo. De esa aparente contradicción surge en constructiva dialéctica, si no su obra más redonda, sí la más abierta. Andrés se expresa con los argumentos de su personal gramática de la danza y, a la vez, baila de forma por momentos apasionada, eso sí, sin abandonar su figura hierática, sus formas rectilíneas, su ascetismo.

LA PASIÓN SEGÚN SE MIRE

Coreografía y baile: Andrés Marín. Artistas invitados: Lole Montoya, José de la Tomasa, Concha Vargas. Cante: José Valencia, Pepe de Pura. Guitarras: Salvador Gutiérrez, David Marín. Laúd árabe: Yorgos Karalis. Marimba y percusión: Daniel Medina. Percusión flamenca: Antonio Coronel. Clarinete: Javier Delgado. Tuba: José Miguel Sanz. Dirección artística: Andrés Marín, Pilar Albarracín.

Teatro Villamarta, 3 de marzo.

Para ello cuenta con las aportaciones de tres invitados muy escogidos. Con los cantos moriscos de Lole ejecuta, por ejemplo, una danza casi religiosa de una confesión inconcreta. Pero con la llegada de la bailaora Concha Vargas es capaz de igualarse a ella y compartir el espacio escénico -por tangos- como si de un patio de Triana se tratara. Unos instantes que se prolongan con la entrada de las cantiñas hasta la salida conjunta y apoteósica de los dos. De menor influencia nos pareció la presencia de José de la Tomasa, aunque sus martinetes sirvieron para configurar un simbólico final con el bailaor llevando la pesada fragua en sus brazos.

Las aportaciones instrumentales, sí dieron mucho rendimiento. Sobre todo, porque sus intérpretes los hacen sonar flamencos. Con el clarinete el bailaor aspiró a ser pájaro con una plasticidad excelsa. Mas el punto culminante vino con la unión de guitarra, tuba, clarinete y caja para interpretar la marcha Amargura de Font de Anta. Con ella, Andrés desarrolló una danza de osada creatividad. Portando capirote y mono blancos, su figura -que parecía extraída de un Capricho goyesco- configuró momentos que bien valen toda la obra. Pero hubo muchos más.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de marzo de 2010