Columna
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El príncipe paleto

Días atrás leí en la prensa un artículo de Jorge Bellver, teniente de alcalde y concejal de Urbanismo de Valencia. Su título: No podrán con nosotros. Sin haber completado su lectura, el destinatario ya sabía de qué iba: estamos en una guerra y el firmante ha declarado el ataque. ¿Quién es ese enemigo? Por supuesto, el Gobierno de Rodríguez Zapatero. ¿Y quiénes somos nosotros? No hay duda: los valencianos sin distinciones.

En toda guerra declarada por una de las partes hay víctimas: nosotros. El concejal se incluye empleando la primera persona del plural y formulando un diagnóstico expeditivo: "Nos la tienen jurada, esa es la realidad, no una percepción". ¿Nos la tienen jurada? Cuando indicamos eso de alguien queremos decir que es un pendenciero testarudo, un "broncas". ¿Pero qué le hemos hecho para que nos ataque con porfía? Nada. Simplemente obra como un matón de colegio.

"¿Acaso el Gobierno socialista no tiene otra cosa que hacer que perjudicarnos?", se interroga. La respuesta es sencilla: "Todo el tiempo que el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero invierte en pensar en Valencia y en la Comunidad Valenciana tiene como finalidad perjudicar a los valencianos". Por eso, "Valencia es ya un clamor contra los abusos de un Gobierno central que, salvo para fastidiarnos, nos ignora", dice. "Pero, ¿saben qué? No podrán con nosotros. La sociedad valenciana está más unida que nunca y, todos juntos, estamos dispuestos a plantar cara a las injusticias que el Gobierno socialista intenta imponernos", concluye como Mel Gibson en Braveheart.

La tribuna del munícipe es un ejemplo de manipulación. Se presenta como artículo lo que es munición política. Condensa en pocas líneas las tretas principales de la propaganda. ¿Cuáles son esas astucias? Primera, la simplificación descriptiva del discurso: como hemos de convencer a un público municipal y espeso y la mayoría de los vecinos no están dispuestos a entrar en detalles, pintemos a brochazos la realidad, con trazo grueso y con maniqueísmo primitivo. Segunda, la identificación del antagonista como uno solo: aunque sean muchos y distintos los oponentes, hay que presentar al enemigo como único e indiferenciable, concreto y reconocible, para así imputarle nuestras propias culpas. Tercera, la impresión de acuerdo: como en el fondo hay discrepancias debemos taparlas con la conformidad colectiva y con el halago primario, con esos sentimientos elementales que hay en todo vecino.

Podríamos seguir, pero cansa. Es el suyo un discurso rancio, el del antiguo menosprecio de Corte y la no menos vieja alabanza de Aldea. Nuestro regidor apunta maneras. Como un Maquiavelo local se dirige a un público impresionable, a ese público municipal y espeso a quien lee con demagogia la cartilla del príncipe paleto.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 03 de marzo de 2010.