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Necrológica:'IN MEMÓRIAM'

Fernando Terremoto hijo, la última 'siguiriya'

Se le apareció la muerte, como dice la vieja malagueña flamenca. Le hizo un guiño cuando más jubiloso estaba el día por Jerez de la Frontera. Tras una larga gira por el extranjero, Fernando Terremoto hijo desayunaba en el bar Volapié en la Asunción, una de las más señeras barriadas de la ciudad de los gitanos, según Federico García Lorca. El olor a café y el guiso de Manuela se fundían en el ambiente, mientras se mostraba feliz. Se sabía señalado, elegido tal vez, para ser portavoz por todo el mundo de una cultura ancestral, la flamenca, de la que había heredado la capacidad para conmover, para quejarse con dignidad y belleza a un mismo tiempo. Fernando Fernández Pantoja contaba en ese momento con 40 años y se hallaba en la plenitud de su carrera con un disco a punto de salir al mercado. Miembro de una amplia dinastía cantaora, comenzó como guitarrista, pero pronto el cante le prendió en las carnes y se dedicó por entero a su ejercicio como profesional. Paso a paso, se hizo un hueco importante en el escalafón flamenco y estaba considerado como una de las grandes voces del género. Su corta pero rutilante carrera lo hizo merecedor de los más importantes premios nacionales y, lo que es más importante, del afecto y la admiración de su propia ralea.

Aquella mañana, la muerte fue a por él, sin contemplaciones, y le envío dos derrotes traicioneros que lo revolcaron por el albero de la sinrazón. Aun así, tan poderosa, no pudo con Fernando; había alguna cuenta pendiente por el camino. No en vano, ya conocía la aspereza de su negro tacto cuando se llevó a su pare Fernando, apenas siendo un niño, y a su mare Isabel, cuando más falta le hacía. Al ir derecho por él, al mirarlo frente a frente, el artista la pudo esquivar milagrosamente; tenía guardado un cante en la última alcoba de su alma, como el exiliado que guarda un puñado de su tierra perdida.

Desde aquel momento, a Fernando le sobrevino un fatigoso calvario por salas de hospital y amargas sesiones de radioterapia. Su familia le insufló las fuerzas necesarias porque aún tenía algo que cantar, y eso lo mantenía vivo con sus dos ojos chiribitas abiertos a la vida como ascuas de carbón. Tras la recuperación, llegó el coraje, su entereza humana, y Fernando le plantó cara a la muerte. No se lo podía llevar sin testamentar ese último cante heredado de sus mayores, reflejo mismo de los temblores de la tierra.

Cierto es que se sabía enfermo, pero tiró de casta y convocó a todos en la peña flamenca que lleva el nombre de su padre, allá cuando la vendimia perfuma los pagos jerezanos: compañeros de profesión, amigos, periodistas, familiares, vecinos, pescaeros, tratantes... La vieja Parca rondaba con su manto opaco aquella noche señalaíta; mas Fernando ya se había cogido el pecho para cantar por siguiriyas, el supremo gesto del dolor. Cantó con rebeldía y se derramó invocando las penurias de siglos de una raza que bien sabe lo que es sufrir y resignarse al destino más cruel. Como gruta, de su boca salieron unos tercios con sabor a sangre. Le cantaba a la vida y no quería irse de ella, de ahí esos ayes afilados y profundos que no eran sino desafíos a una muerte que ya le había tomado de un brazo, pero no aún del otro. Cuando culminó aquella siguiriya, Fernando soltó un suspiro hondo, como de rabia contenida. Lo había logrado. Luchó lo imposible para dejar un testimonio único en forma de cante que traspasará el tiempo y hará que nadie olvide ese monumento postrero al sentimiento humano con letras mayúsculas. Sí, se lo ha llevado sin misericordia, quedaba toda una vida por delante para seguir demostrando que era uno de los grandes del arte jondo, un disco por presentar, una proyección inigualable, pero no estoy tan seguro de que la muerte le haya ganado la partida por entero.

José María Castaño es director de Aula Flamenco de la Universidad de Cádiz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de marzo de 2010