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Reportaje:

Stanic vale por dos

El base argentino del Obradoiro, segundo en asistencias en la ACB, reflexiona sobre los valores del juego en equipo y la experiencia que le brinda

Cuando repasa el tiempo que lleva en Europa, va para ocho años cada uno de ellos nueve meses lejos de su casa en Argentina, reconoce Maxi Stanic que en ocasiones le puede la añoranza. Tiene nombre de patricio romano o de archiduque austriaco y apellido que delata orígenes balcánicos, pero el cerebro que conduce al Xacobeo Blu:sens en su regreso a la ACB es un argentino fetén. Como todos quiso ser Maradona, pero acabó con el balón en las manos; como la mitad más uno es de Boca. Allí jugó para la sección de baloncesto antes de saltar a Europa. Tenía 22 años. "No fue demasiado pronto. Aquí puede parecer que eres un chaval, pero en Argentina te hacen crecer a golpes, no hay paciencia. Te ponen en la cancha y no miran si tienes 30 o 18 años, sino el rendimiento. Queremos resultados, por eso criticamos a Messi en el fútbol y no nos damos cuenta de que en la selección no tiene a Xavi, que le da la pelota redonda. Buscamos resultados, vivimos de ellos y ese es el problema. A Bilardo le fue mejor que a Menotti", reflexiona.

"Si juegas 30 minutos no puedes ser todo lo intenso que se requiere"

Lleva cinco meses en Santiago y no sabe quién es Caneda. Se le ve feliz

El discurso de Stanic fluye con el tamiz de la experiencia, de lo que le ha dado Europa: tratar con otra cultura, con otro punto de vista. "Aquí he crecido como persona, se me abrió la cabeza". Lo dice un tipo que acaba de cumplir los 31 y que es fruto de un curioso mestizaje. Los antepasados de su madre son italianos y sus abuelos paternos vivían en Istria, una península que pende sobre el Adriático y que pasó de mano en mano desde tiempos inmemoriales. En el siglo XX comenzó austriaca, siguió italiana, giró a yugoslava y acabó eslovena. Por el camino los Stanic acabaron en Hurlingham, el barrio inglés del gran Buenos Aires, feudo de arboladas avenidas y suntuosas villas de adinerados dueños, del polo y el críquet. "Sólo es una parte de un municipio de 160.000 habitantes, mis padres son de clase media-baja, unos currantes", aclara Maxi Stanic, que de crío era un fuguillas que quemaba horas en Defensores, un club deportivo que le quedaba a 200 metros de casa. "Allí estaba de dos a nueve y hacía todos los deportes que había. Se dio la casualidad de que un tío de mi madre era entrenador de baloncesto y empecé con él, también jugaba a fútbol, a voleibol, a balonmano..., pero cuando tuve que elegir me fui a la canasta", recuerda.

Él y su hermano Nicolás, que también sella una estimable trayectoria en Italia, hicieron feliz a su madre, que desconfiaba del ambiente que rodeaba el fútbol en Argentina, y desarrollaron un sentido grupal respecto al deporte. "Se pueden lograr resultados jugando bien o mal, pero lo principal es formar un grupo, con mucho o poco talento, pero en el que la idea colectiva sea la misma". Eso es lo que ha encontrado Maxi Stanic en el Obradoiro, donde llegó tras dejar este verano la Scavolini de Pesaro y despreciar una oferta de la Virtus de Bolonia.

Perdonó bastante dinero para buscar en Santiago sensaciones aparcadas, para volver a disfrutar del juego en equipo. "En Italia estaba muy a gusto, pero el último año fue complicado", apunta. El equipo entró en play-off, se ganó el derecho a jugar competición europea, pero Stanic, pese a sostener la batuta, no acabó de disfrutarlo. Tenía seis americanos en el equipo y una única pelota que entregarles. Ahora es el segundo jugador de la ACB que más asistencia da por partido y se siente parte de una piña. Por eso no duda en reclamar menos minutos. "Jugar 30 por partido es casi una locura porque no puedes ser todo lo intenso que se requiere".

Pero Stanic es el alma del equipo y se faja. Nunca lo tuvo fácil. Con 16 años estuvo más de 15 meses sin poder jugar porque en su club no le daban la carta de libertad. Su caso sentó un precedente y cambió la legislación en Argentina para que ningún otro joven jugador volviera a ser prisionero. Regresó y a los seis meses ya jugaba al más alto nivel en su país. Cuando se le presentó la primera opción para salir, una en Italia, otra en Alicante, decidió quedarse y a los tres meses le sorprendió el corralito. "Crecí con los golpes y siempre tuve claro que iba a llegar. Luego el baloncesto me dio una estabilidad económica y la oportunidad de conocer otras culturas, y darme cuenta de lo bueno y lo malo de la mía".

Vivió en el norte, el centro y el sur de Italia ("los napolitanos son argentinos empeorados"), conoció dirigentes con pistola en el cinto, vivió en Francia en una casa con césped que le cortaban día sí, día no. Y acabó en Santiago, donde con su mujer cría a una niña de 14 meses mientras planea patear un tramo del Camino. Espera que cese la lluvia, que los días se hagan más largos. Lleva cinco meses en Compostela y no sabe quién es Caneda. Se le ve feliz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de febrero de 2010