Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Chulazo

Los políticos que se taparon los ojitos al otorgar luz verde a los encorbatados piratas para que robaran lo inimaginable, imagino que sin olvidarse de las fastuosas comisiones de los que gobiernan e imponen leyes a conveniencia de los intereses de sus amos, llaman populista al moreno que corta el bacalao porque ha prescindido de la fraseología hueca que caracteriza a su gremio, e imitando a Wayne, Cooper y Mitchum ha declarado algo tan entendible y desafiante como: "Si quieren pelea, la tendrán".

Qué lenguaje en boca de un presidente, qué irresponsable usar expresiones de western convencional, qué osadía amenazar a los intocables cerebros de la economía privada, qué actitud tan anacrónicamente rojeras en el paraíso del libre mercado, qué chulería tan adolescente, qué desplome en las racionales Bolsas, qué escándalo.

Lo que no está claro es que esa pelea vayan a ganarla los buenos, su legitimado poder siempre será una broma al lado del que acumulan los dueños de la pasta. Pueden contraatacar con ella comprando lo incomparable, manejando elecciones, sobornando sindicatos, forzando las máquinas de sus infinitos medios de comunicación. Y si todo esto no basta para que el mestizo osado y soñador ponga los pies en la tierra, renuncie a la reforma sanitaria, deje de tocarle los genitales a los sagrados banqueros, se olvide de esa cosita tan prescindible de los derechos humanos, siempre existirá un francotirador eficiente capaz de burlar cualquier servicio de seguridad. Como aseguraba el filósofo Michael Corleone: "Si algo nos ha enseñado la historia es que se puede matar a cualquiera".

Obama también se toma en serio lo de echar mil manos a los haitianos. Lo arduo es que la ayuda no se quede donde siempre. A Somoza le salían los dólares por la cabeza después del terremoto de Managua. Cuentan que Haití es una selva por la que deambulan caravanas de niños insomnes y perdidos. Cuentan que las redes de trata de niños, esa forma superior de la infamia, huelen negocio de altura. Hay demanda para comprarlos eludiendo papeleos. Si esos críos tienen suerte. De lo contrario, sus órganos poseen sabrosa demanda en el mercado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de enero de 2010