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LIBROS | Inédito

Larsson narra el Día D

Stieg Larsson, el autor del fenómeno Millennium, fue un gran periodista antes de lanzarse a la novela negra. En este texto, inédito en españa, relata el desembarco de Normandía con el estilo vibrante y la capacidad para jugar con los detalles que marca su narrativa

El 6 de junio de 1944 permanecerá para siempre en los libros de historia como el día en que tuvo lugar la Operación Overlord, la invasión por parte de los aliados de la Europa bajo el poder de Hitler.

El desembarco se llevó a cabo a lo largo de un tramo de costa de 80 kilómetros en las proximidades de la ciudad normanda de Caen. En pocas horas, varias de las sencillas aldeas de la zona entraron a formar parte de la historia mundial.

Junio de 1944. La Segunda Guerra Mundial llevaba causando estragos casi cinco años. Europa se encontraba devastada y destrozada por las bombas, inmensas urbes soviéticas habían quedado reducidas a ruinas y en el desierto del Sáhara vehículos acorazados neutralizados por el enemigo se cubrían de herrumbre.

Decidió cambiar de nombre, Stig por Stieg, y se trasladó a Estocolmo, e hizo de la ciudad la base de un guerrillero sin armas

En varias islas apenas divisables del Pacífico, Estados Unidos y Japón libraban algunas de las batallas más cruentas de la guerra. Que habría una invasión en Europa era algo anunciado. La Unión Soviética llevaba tiempo exigiendo un segundo frente para aliviar el del Este. Las potencias occidentales habían iniciado ya el asalto de Italia, pero estaba claro que resultaría imposible avanzar hacia Alemania cruzando los Alpes. La invasión debía venir desde la costa atlántica. Dónde y cuándo era un secreto bien guardado.

DESINFORMACIÓN

Las especulaciones sobre el desembarco abundaban. En Suecia la preocupación era palpable: los altos mandos de la Armada sueca temían que la invasión tuviera como escenario Dinamarca, lo que llevó a mantener el estado de alerta durante toda la primavera. Hitler, por su parte, estaba convencido de que se produciría cerca de Calais, al ofrecer el Canal de la Mancha la distancia más corta. Los servicios de inteligencia británicos se empeñaron a fondo en labores de desinformación para mantener a Hitler en esa creencia. Alemania llevaba ya un año tratando de contrarrestar esa amenaza con la Fortaleza Europa, un sistema de búnkeres que se extendía desde Dinamarca hasta la frontera española.

Hitler había asignado al mariscal de campo Erwin Rommel, héroe de guerra del desierto del Sáhara, la misión de defender la costa del Atlántico. Rommel era de la opinión de que la suerte de Alemania se decidiría durante las primeras horas de la invasión, por lo que intensificó hasta el extremo las tareas de fortificación.

EL FRACASO DE LA INVASIÓN: UNA CATÁSTROFE

El plan de invasión fue diseñado por un restringido círculo en torno a Dwight Eisenhower, el comandante en jefe, al que se había encomendado una misión apenas envidiable. Una vez puesto en marcha el desembarco sería imposible detenerlo. Si el asalto se malograba, las consecuencias podían ser catastróficas; en el peor de los casos, la derrota en la guerra. La invasión requería de una planificación minuciosa para la casi inconcebible misión de trasladar al otro lado del mar, con la ayuda de 6.000 embarcaciones, unos 200.000 soldados con sus correspondientes tanques, cañones y demás equipamiento.

Eisenhower se vio también obligado a mediar entre los dos geniales divos de la contienda: el mariscal de campo inglés Montgomery y el general norteamericano Patton, ambos deseosos de dirigir la invasión. Tras ciertas dudas, acabó asignando la tarea a Montgomery.

UN FUERTE TEMPORAL

Ni el propio Eisenhower conocía el momento exacto de la invasión, que dependía de una serie de condicionamientos: un nivel de marea favorable para el desembarco, una noche oscura sin luz de luna y una fecha veraniega para poder aprovechar al máximo la luz del día.

Las mencionadas circunstancias se cumplieron el 5 de junio, pero justo entonces se desató una tormenta con vientos huracanados a través del canal que a punto estuvo de dar al traste con toda la invasión. Ya se habían hecho a la mar unos diez mil soldados, apretujados en las embarcaciones que debían llevarlos al otro lado y que habría que devolver a tierra en caso de cancelarse la operación.

Rommel dio gracias al cielo por la tempestad y se mostró tan convencido de que no habría invasión que se dirigió a Berlín. En la tarde del 5 de junio, Eisenhower reunió a sus colaboradores más cercanos para tomar la crítica decisión. Un aplazamiento implicaría como mínimo un retraso de un mes, periodo que Rommel aprovecharía para reforzar las playas, pero, por otra parte, la meteorología adversa y las olas de gran tamaño podían aniquilar toda la operación.

Los meteorólogos pronosticaron para el 6 de junio una transitoria mejoría, lo que no impidió que la lluvia siguiera cayendo a cántaros. El impaciente Montgomery mostró su opinión favorable a la invasión y, no sin dudarlo un buen rato, Eisenhower finalmente dio su visto bueno.

EL PUENTE PEGASUS

El primer contacto con el continente tuvo lugar justo antes de la medianoche del 5 de junio, cuando un centenar de soldados de comando ingleses tomaron atropelladamente tierra con ayuda de tres planeadores en una franja de 200 metros sobre un prado de Bénouville, junto al canal del Orne. Ya eso fue toda una hazaña. Las aeronaves eran sencillas construcciones de madera de balsa y tela de saco. Carecían de motor, siendo transportadas a remolque por aviones Hércules, a los que iban unidos mediante cables a la manera de una sarta de perlas. Al llegar a la costa francesa se cortaron los cables, los pilotos tuvieron que guiar sus aparatos siguiendo su curso en medio de una compacta oscuridad y un intenso viento. Más que aterrizar se estrellaron de forma más o menos controlada.

Se trataba de un comando seleccionado con esmero y encabezado por el mayor John Howard, experto en operaciones especiales. Se consideró como una de las misiones más delicadas de toda la guerra. De hecho, Howard llevaba varios meses entrenando a sus hombres con el solo objetivo de conquistar un puente fuertemente defendido sobre el canal del Orne y mantenerlo hasta la llegada de una fuerza de rescate.

Al puente se le asignó el nombre en clave Pegasus. Había sido minado y los alemanes tenían la orden de volarlo en caso de invasión. Este pequeño puente, con una importancia prácticamente nula hasta entonces, resultaba ahora clave en el conjunto de los planes bélicos de los aliados. Por una parte, las tropas germanas podían emplearlo para la llegada de refuerzos y, por la otra, era por aquí que los aliados debían pasar para extender la batalla fuera de Normandía. Era necesario tomarlo intacto, ya que su destrucción podía ocasionar un retraso fatídico en el avance de las tropas aliadas.

LA HUIDA DE BONCK

Minutos antes de la medianoche, el soldado raso Bonck atravesó el puente y se detuvo en seco. No daba crédito a sus ojos. Un comando de 22 soldados ingleses se aproximaba rítmicamente a la carrera en dirección a él, con la cara pintada y armados hasta los dientes. Tras pensárselo apenas un segundo, Bonck optó por lo único razonable: poner pies en polvorosa. Como con todos los planes militares, en el Día D muchas cosas no salieron conforme a lo previsto. Más de 18.000 paracaidistas estadounidenses fueron lanzados sobre el flanco izquierdo de la zona de invasión. Su objetivo principal era el pueblo de St. Mère-Eglise, que haría las veces de punto de reunión de las tropas desembarcadas.

Justo después de las doce de la noche, los paracaidistas aterrizaron en St. Mère-Eglise y de inmediato se vieron envueltos en una refriega con la guarnición local. La toma propiamente dicha de la aldea fue lo único que, en líneas generales, salió según los planes. Por lo demás, la unidad se dispersó a los cuatro vientos y tuvieron que pasar unas doce horas para poder recomponerla.

Se desconoce el número de paracaidistas que perecieron ahogados en los anegados lodazales bajo los 50 kilos de su equipamiento o por ir a parar al canal. El resto pasó la noche vagando de un lado a otro en medio de la oscuridad en un irreal juego del escondite con las patrullas alemanas.

OMAHA BEACH

De puertos de todo el sur de Inglaterra acudieron miles de embarcaciones para participar. A la medianoche confluyeron en una zona bautizada como Picadilly Circus, en las proximidades de Portsmouth, para luego poner rumbo a la costa de Normandía.

Llegado el amanecer del 6 de junio, las condiciones meteorológicas habían mejorado, pero las olas seguían siendo altas. Las embarcaciones con demasiado cargamento volcaban y se iban a pique. Miles de soldados, lanzados al agua con los rostros aún verdes por el mareo, iniciaban su camino arrastrándose hacia la playa.

Aunque la sorpresa fue total se entablaron duros combates. En Omaha Beach, 34.000 soldados norteamericanos quedaron atrapados en las barreras de alambre de espino y sometidos a un fuego mortífero. En sólo una hora, 2.000 habían perecido y bastantes más resultaron heridos. De las 2.400 toneladas de material previstas, sólo unas cien llegaron a tierra. A las diez de la mañana la situación era tal que tanto alemanes como aliados pensaban que la invasión había fracasado. En otras playas las cosas salieron mejor. Desde Utah Beach las fuerzas norteamericanas avanzaron rápidamente hasta St. Mère-Eglise, mientras que las británicas, partiendo de Juno y Sword Beach, consiguieron abrirse paso rápidamente hasta Caen.

El mariscal de campo Rommel acertó de pleno con su análisis de que Alemania perdería la guerra si sus tropas no eran capaces de detener la invasión en el primer día.

Antes de que la jornada finalizara se había establecido una cabeza de puente en la costa más fortificada del mundo y sólo dos meses más tarde los aliados hacían su entrada triunfal en París.

Traducción del sueco de Joaquín Moya. Este artículo de Stieg Larsson (1954-2004) fue difundido el 31 de mayo de 1994 por la agencia sueca de noticias TT.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de enero de 2010