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COLUMNA

¡Qué teatro!

De entre los muchos padecimientos que aquejan a nuestra Comunidad no habrá de ser el de menor importancia el que afecta a la situación de nuestros teatros públicos, que ha logrado escalar sin prisa pero sin pausa desde la nada las más altas cimas de la miseria. Entras en la página web de Teatres de la Generalitat y es como para ponerse a llorar, al menos en lo que respecta a la programación de diciembre en la ciudad de Valencia. Apenas un sin duda meritorio montaje de PTV Clowns en el Rialto y un Cascanueces del eterno Ballet Nacional de Cuba en el Principal, al módico precio de 35 euros la entrada. Por lo que le cuesta la fiesta a una familia con dos hijos, se hacen unos buenos centollos en los restaurantes de la playa y tienen resuelta la comida navideña. Pero no es sólo eso. El Teatro de los Manantiales, donde desde hace 15 años Ximo Flores sacaba adelante un trabajo decente y alternativo, parece que se verá forzado a bajar la persiana debido a que su estatus de sala concertada ha sido puesto en entredicho mediante la argucia de no abonar 65.000 euros de nada que vienen a ser como el chocolate del loro respecto de los gastos devengados por la ya inexistente Ciudad de las Artes Escénicas, uno de los sueños de la gloriosa Consuelo Císcar. Y ni siquiera es sólo eso. La sala L'Altre Espai, ahora chapada, era un escenario ideal para montajes de danza de mediano formato, ya que existe por aquí un Centre Coreogràfic de la Generalitat Valenciana, y ni siquiera ese emblema han respetado. Veremos lo que ocurre con otras salas, como el Olympia, uno de los teatros de programación más astuta de Valencia, que también es, o era quizás a estas horas, un teatro concertado.

Invito al lector a que repase la programación de estas fechas en los teatros públicos de Madrid, Barcelona, Sevilla o Bilbao, además de la importancia en esas plazas de un sinfín de actividades escénicas de las instancias públicas. Aquí, por no haber, no hay ni un maldito Instituto del Teatro que llevarse a la escena, y conviene señalar que por el de Barcelona ha pasado la flor y nata de la nutrida troupe de teatreros catalanes, primero como alumnos en todas las disciplinas que atañen a la creación escénica, y después en calidad de profesores. ¿Hacer Historia del Teatro? Para qué, si se da ya por sabida, y en cualquier caso el que quiera saber que vaya a Salamanca. ¿Un Museo del Teatro, a fin de conservar maquetas escenográficas, figurines, cuadernos de dirección, Historia, en fin? Aquí da la impresión de que Teatres se desprende cuanto antes de todo eso o lo almacena bajo siete llaves a fin de que nadie pueda verlo. Lo mires como lo mires, feo asunto. Como no sea que el espectáculo se ubica ahora en las Cortes Parlamentarias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de diciembre de 2009