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COLUMNA

Aminetu y la sinceridad

Los seres humanos son algo más que animales. Su dignidad tiene que ver con el derecho a vivir de acuerdo con una conciencia cívica. Cuando un poder injusto le niega su condición de ciudadanía, entra en la lógica de la dignidad humana la decisión de renunciar también a sus necesidades animales. Para vivir no basta con comer. La huelga de hambre de Aminetu Haidar es un testimonio de la dignidad humana.

Es imposible asistir a su muerte con tranquilidad, ni siquiera en nombre de la dignidad humana. La conciencia cívica llama a la conciencia cívica, la interpela, pide soluciones. Cuando éstas resultan imposibles, el vacío exige al menos un compromiso de rabiosa sinceridad intelectual. La conciencia laica, que sólo considera sagrada la vida de un ser humano, necesita decírselo todo ante el testimonio de la muerte, por digna que sea.

Yo necesito decirme una vez más que la vergonzosa situación del pueblo saharaui es responsabilidad del patriotismo hueco de la dictadura franquista y del cinismo, bien relleno de intereses comerciales, de la democracia occidental. Detrás de los patrióticos emblemas del imperio y el caudillo, la España de Franco era un país ridículo, sin capacidad para marcar los pasos de una descolonización sensata y humanamente digna en el Sáhara. ¿No es éste un asunto de Memoria Histórica?

Necesito decirme que los intereses generales de la democracia española la han llevado a cerrar los ojos ante una situación de verdadera indignidad. Marruecos es una dictadura en la que se violan los derechos humanos. Intereses comerciales, la conveniencia de llevarse bien con el país vecino, las contradicciones de la inmigración, el miedo a una discusión clara sobre Ceuta y Melilla, la preocupación por la posible actividad del fundamentalismo islámico en el Norte de África y el deseo de que un paulatino desarrollo económico haga madurar unos tejidos sociales democráticos en Marruecos, han justificado el cinismo de cerrar de ojos no ya ante la injusticia cometida con el Sáhara, sino a la hora de suavizar las consideraciones políticas sobre un sistema totalitario que humilla a su propia ciudadanía. Sólo la rutina del cinismo explica que el Gobierno español se hiciese cargo de una ciudadana sin documentación legal, expulsada injustamente de El Aaiún.

Yo necesito decirme que algo huele mal en nuestra razón democrática si debemos convivir con la violación de los derechos humanos.

Como ocurre en todas las dictaduras, Marruecos utiliza la cuestión nacional para conseguir el consenso de su población. No es extraño que los marroquíes participen de las demandas nacionalistas sobre el Sáhara. Escritores españoles muy expertos en la lucha contra el franquismo, se muestran comprensivos y bien instalados en las peculiaridades sociales de Marruecos. Del mismo modo que el recuerdo de las crueldades del nazismo ha permitido que muchas conciencias sean comprensivas con las barbaridades del Estado de Israel en Palestina, hay luchadores que, por miedo al racismo tradicional contra el moro, conviven sin demasiados problemas con las costumbres de un rey temible.

Yo necesito decirme que la contradicción ética de estos escritores no puede hacerme olvidar los problemas verdaderos del racismo y lo que ellos han hecho para denunciar situaciones de injusticia y miseria.

Necesito decirme y preguntarme más cosas. La mala conciencia y el cinismo político han consagrado una situación de parálisis sin futuro para los saharauis. La responsabilidad más grave es la ausencia de resoluciones claras. Los campos de refugiados sufren así una condena a la degradación sin futuro. ¿Merece la pena seguir?

Si merece la pena seguir, me atrevo a decirle a Aminetu Haidar que no lleve su huelga hasta el final. Este mundo no necesita héroes, sino activistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 2009