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Entrevista:Jacques Delors | Ex presidente de la Comisión Europea | ENTREVISTA

"Si Europa no se integra, mandarán EE UU y China"

A este tipo no le envejece el cerebro. Cumplidos los 84 años, le sigue titilando a través de los claros, traviesos ojos azules de siempre. Si acaso, se toma más respiro entre párrafo y párrafo, escucha más pacientemente, se deja interrumpir. Pero sigue siendo el Jacques Delors químicamente puro. El que no para, el que acaba de publicar su enésimo libro, Invertir en lo social, el que predica con ocasión y sin ella por una Unión Europea (UE) más fuerte, más articulada, más unida.

Delors es un mito, por la simple razón de que casi todos los logros decisivos alcanzados en los últimos decenios han llevado en uno u otro grado su impronta: desde el mercado interior a la moneda única; desde la política de cohesión a las grandes redes de transporte; desde la ciudadanía europea al programa Erasmus; desde la ampliación mediterránea, con España y Portugal, a la reunificación alemana y continental tras la caída del muro, hace ahora veinte años. Un mito agrandado por la comparación de su liderazgo con los actuales, ejercicio que desemboca en la melancolía o en la irritación. Y eso que sólo presidió la Comisión Europea durante diez años.

"Crear valor se convierte en una ideología y se desprecia el riesgo; hoy se crea riqueza antes de que se produzca"

"El dólar es corrosivo e indispensable. Conviene un sistema monetario mundial basado en una cesta de monedas"

"Alemania gobierna en Berlín, Francia va de 'gran Francia' y el Reino Unido es cada vez más antieuropeísta"

"La UE no ha conseguido aún mi esperanza: un espíritu de auténtica cooperación. Hay que dar la voz de alarma"

"La crisis de valores consiste en que en este mundo todo se compra. Defendamos los sueños que el dinero no compra"

"Necesitamos líderes que no barran para casa, que tengan visión a largo plazo y defiendan los intereses comunes"

En esta entrevista, realizada en la sede parisiense de su fundación Notre Europe, una gran cocina de ideas europeístas, se muestra muy crítico, pero optimista sobre el futuro continental. A condición de que la UE produzca no sólo bomberos, sino también arquitectos; de que opte claramente entre "supervivencia o declive", de que los gobiernos dejen de barrer para casa y piensen a largo plazo, si quieren que, entre EE UU y China, Europa exista.

Se batió en favor de una gobernanza económica mundial. Y contempla ahora al actual G-20 como un esbozo, insuficiente, de la misma. Sostiene que la actual crisis económica deriva de haber convertido la "creación de valor" en una ideología más y de haber perdido la noción de riesgo. Cristiano y socialista, considera que aunque la socialdemocracia pierde en las urnas ha ganado en el terreno de los hechos, y clama por recuperar sus valores originales.

Pregunta. Europa está superando la crisis, pero la recuperación será lenta y débil. ¿Qué debe hacerse?

Respuesta. Efectivamente, en el segundo y tercer trimestre hemos notado un repunte en las economías, sobre todo en China y en Europa. Que esta recuperación continúe depende en parte de cuántos bancos oculten todavía activos tóxicos. Prefiero ser prudente, para evitar sorpresas, y un poco desconfiado. Prudencia, porque los activos tóxicos se extendieron mucho. No sólo están en el sector inmobiliario de Estados Unidos. Influyen en otros ámbitos: todo lo relacionado con la especulación en Bolsa o los precios de las materias primas. Pero aunque la recuperación continúe, no impedirá que el paro siga aumentando y seguiremos con demasiado endeudamiento.

P. Por tanto hay que seguir siendo keynesianos.

R. No diría que los gobiernos hayan sido muy keynesianos. Keynes no creía que el mercado pudiera tomar las mejores decisiones. No lo reduzcamos a su visión sobre la intervención de los Estados. Lo básico es que no confiaba en la capacidad del mercado para alcanzar los arbitrajes y equilibrios necesarios. Pensaba que los hombres actores no eran en conjunto lo bastante sabios como para evitar las crisis. De hecho, hay muchos paralelismos entre la crisis de 1929 y la de 2008.

P. ¿Por qué la banca se deslizó hacia la especulación sin límites?

R. Porque la "creación de valor" se convirtió en una ideología, que, al mismo tiempo, motivaba y justificaba el comportamiento de las finanzas. Algunos banqueros me decían: "Usted no comprende lo que es la creación de valor; es el aumento de las cotizaciones de Bolsa". Esta ideología se había vuelto tan potente que perdieron la noción del riesgo, individual y sistémico. Quizá añoro el capitalismo de antes, basado en el trabajo. Hoy en día se crea riqueza incluso antes de que se produzca.

P. El G-20 ha amenazado a los paraísos fiscales y ha discutido los bonus de los banqueros. ¿Es suficiente?

R. La opinión pública considera escandaloso que algunos ganen tanto dinero. Limitar los bonus contribuye a recuperar la conciencia de riesgo. El sistema financiero debe ser consciente del riesgo y financiar la innovación económica. Nada de eso está garantizado porque algunos líderes sólo piensan en el interés de su posición financiera. No hemos hecho más que empezar. Queda mucho por hacer.

P. Se discute aún quién fue el responsable de la recesión, si los bancos o la Reserva Federal, por laxa y desreguladora.

R. La responsabilidad no es sólo de EE UU, ése es un argumento europeo demasiado fácil. Cierto que su política monetaria fue acomodaticia y laxa. Cierto que derogaron la distinción entre un banco comercial y un banco de negocios. Pero la crisis ha contaminado a Europa. Por culpa del Consenso de Washington, cuyo mensaje a los países en vías de desarrollo ha sido: "Tenemos las soluciones para permitir que muráis, eso sí, bien curados". Ese consenso propició la desregulación, la desconfianza hacia el gasto del Estado... Y los Estados aceptaron ese orden financiero, fueron sus cómplices.

P. O sea, las decisiones del G-20 todavía no construyen una alternativa.

R. Todavía no. Falta abordar algunos problemas, como la agricultura. ¿Es una actividad de ámbito mundial? ¿O de orden regional-nacional, indispensable para cada país? Si decimos que los países en vías de desarrollo tienen que asegurar entre un 60% y un 70% de sus necesidades alimentarias, entonces hay que cambiar el sistema de las grandes sociedades comerciales que hegemonizan el mercado. La mejora de estos países requiere tecnología avanzada, que permite utilizar menos agua y obtener mejores resultados. O cuando les alertamos por su laxitud presupuestaria, ¿distinguimos entre los gastos que favorecen su futuro, como la educación y la sanidad, o les pedimos, como hizo el FMI, que recorten todo gasto sin distinción? O, si hay grandes potencias emergentes, ¿no tienen que cargar también con su parte de la responsabilidad mundial? Eso afecta también a las monedas, sobre todo a la china.

P. Ahora resucita el debate sobre el no-sistema monetario universal.

R. El dólar sigue siendo indispensable y corrosivo al mismo tiempo. Deberíamos plantearnos ya un sistema monetario mundial basado en una cesta de monedas. Porque el dólar es un yoyó y los estadounidenses se han aprovechado de eso para endeudarse más allá de lo razonable. Ahora están en cierto modo en manos de los chinos. Los responsables de la unión monetaria y económica europea tienen que asumir su responsabilidad, no para que el euro sustituya al dólar, sino para que contribuya a crear un sistema monetario mundial más equilibrado. ¿Cuántos gobiernos están sufriendo por la caída del dólar o por razones vinculadas únicamente a la especulación?

P. China tiene mayor responsabilidad.

R. Pero nosotros no proponemos nada. Para proponer algo tiene que haber mucha más cooperación entre nosotros. No, cada uno está en lo suyo. Alemania gobierna en Berlín; Francia se ha convertido en "la Gran Francia", el Reino Unido cada vez es más antieuropeísta.

P. China es hoy el gran mito. Pero también lo fue Japón en los ochenta. Y se esfumó.

R. Se desplomó por razones no económicas. China también puede toparse con dificultades sistémicas. Pero está siendo gobernada de forma razonable y con sentido del largo plazo. Es una economía de mercado con un sistema político centralizado, un caso único. Aguanta. Y si Europa no va con cuidado, dentro de 10 años puede que tengamos un mundo dirigido a dos manos: EE UU y China.

P. No es seguro que la contribución de ambos a la cumbre de Copenhague vaya a ser positiva.

R. Pero hay que felicitar a los europeos porque se han comprometido en la lucha contra el deterioro del medioambiente. Eso implica que tendremos un crecimiento más sobrio. Y los resortes de un crecimiento sobrio y sostenible no son los mismos que los de la sociedad de consumo. ¿Cómo encontraremos fuentes de empleo alternativas? Es necesario que la revolución ecológica cree muchos puestos de trabajo. Además, hasta el año 2030 la población activa de la Unión Europea disminuirá en 20 millones y los mayores de 65 años aumentarán en 40 millones. Tenemos pues un problema, si queremos mantener los valores y los logros del Estado de bienestar. Endeudamiento, crecimiento sobrio y Estado de bienestar constituyen nuestro triángulo de las Bermudas para los países europeos en los próximos años.

P. Usted siempre defendió no sólo un sistema de gobierno europeo, sino también un esbozo de sistema de gobierno económico mundial.

R. En 1983 propuse crear un consejo de seguridad económica en el que estuvieran representados los principales países del mundo y las zonas regionales. Que podría debatir con los grandes organismos internacionales y monetarios, el Banco Mundial, el FMI o la OMC, para alcanzar un diagnóstico compartido. Pero entonces sólo un jefe de Estado me apoyó.

P. Ahora tenemos el G-20.

R. Sí, y empieza a corresponderse con la idea que propuse. Es un esbozo, no de gobierno mundial, pero sí de regulación mundial. Algo es algo. Me alegro de este paso. La prioridad jurídica en nuestro orden internacional es la ONU. Por tanto, creo necesario que se establezca entre Naciones Unidas, que ostenta la máxima legitimidad, y este G-20 económico y financiero. De lo contrario será difícil avanzar. La gente dirá: ¿es legal?, ¿es aceptable?

P. ¿No nos olvidamos velozmente de las lecciones recientes? Aunque el G-20 ha dado pasos que eran impensables hace algunos años, los resultados de la secuencia de sus tres últimas cumbres han sido declinantes.

R. Tiene usted razón. Pero eso se debe a que de la noche a la mañana no se pueden borrar los intereses nacionales. Y a que la UE llega ahí con más proyectos nacionales fragmentados que comunitarios. La UE no ha conseguido aún lo que era mi esperanza y mi empeño: un espíritu de auténtica cooperación, que es lo que nos permite maximizar nuestra ventaja colectiva.

P. Falla su viejo lema: "La competencia que estimula, la cooperación que refuerza y la solidaridad que une".

R. La competencia del mercado único fue bien hasta la crisis. Pero con ella cada país tomó medidas divergentes, como en la industria automovilística, que sigue siendo parte esencial de nuestra potencia industrial. Cada uno ha barrido para casa, hemos ido sumando distintos programas. Y sin cooperación no hay integración, así que la UE carece de un punto de vista unificado y de instrumentos económicos adecuados para trabajar por un gobierno mundial. Muchos Estados alaban su propia labor diciendo que han desempeñado la función de bomberos. Hay bomberos. Pero no arquitectos. Europa todavía no ha escogido seriamente entre la supervivencia o el declive. Mientras, vea cómo progresan China, India, México, Suráfrica o Brasil. No suscribo un nacionalismo europeísta exacerbado, pero quiero que mis hijos y mis nietos vivan en un continente que sepa hacerse respetar y que tenga una cierta influencia. Hay que volver a dar la voz de alarma.

P. Acaba de decir "supervivencia o declive".

R. La demografía es el parámetro económico más seguro. Europa suponía un 15% de la población mundial a principios del siglo pasado; un 6%, actualmente, y descenderá al 3% en 2050. Necesitamos un liderazgo con visión a largo plazo y no con discurso cortoplacista.

P. Muchos sienten nostalgia de la época Kohl-Mitterrand-Delors.

R. Y González. Y Lubbers. Hubo otros. Es falso eso que dicen algunos: "Delors se ponía de acuerdo con Kohl y Mitterrand, y el resto lo único que podía hacer era callarse". Quiero relativizar mis propios méritos. Los belgas Maertens y Dehaene, los luxemburgueses Santer y Juncker, el portugués Cavaco Silva, los italianos Andreotti y Ciampi..., todos jugaban un papel. Hoy es distinto.

P. Hoy proliferan los líderes débiles, enfermos de nacionalismo estrecho. ¿Por qué?

R. Porque la crisis económica es también del modelo de crecimiento, basado en la adquisición de riquezas, endeudándose, más que en las rentas, y una crisis de valores. Los líderes se refugian en las raíces, vuelven a los egoísmos nacionales de los años treinta, para justificar ante sus ciudadanos las medidas a corto plazo. Nadie pone de relieve la acción de Europa. Todos dicen que han ganado en las cumbres frente a los demás, y encima a los pocos días se reclaman partidarios de una Europa fraternal. Los medios de comunicación se apuntan al corto plazo, olvidan la tragedia del día anterior, lo que aboca al trastorno de la jerarquía, de lo que es importante, lo que es grave, lo que concierne a nuestra existencia, a nuestra moral. El tren de los valores ha descarrilado.

P. La UE parece haber perdido una década hablando de tratados, de Amsterdam a Niza, a la Constitución y a Lisboa, y de programas como la agenda de Lisboa, que no han funcionado.

R. Hemos perdido tres grandes ocasiones. Una fue el Consejo Europeo de Lisboa de 1992: antes de ampliarse, la Unión debió ordenar su casa y preguntarse cómo funcionar con 25 Estados miembros. Luego, en la crisis yugoslava, los gobiernos se dividieron. Y finalmente no han querido equilibrar la política monetaria, el euro, con la política económica. Eso habría expandido el espíritu integrador, nos mostraríamos al mundo como un instrumento sólido y ejemplar. Eso permitiría a los europeos reencontrar el optimismo. La opinión pública dejaría de pensar que Europa no protege. Claro que protege, pero no estimula. No estimula ni la innovación, ni el crecimiento, ni la creación de empleo.

P. ¿Por qué la unión económica sigue en mantillas?

R. Debiera haber una auténtica coordinación de las políticas económicas nacionales. Nunca han querido hacerla, porque los ministros de Finanzas, cuando se reúnen, no revelan todos sus programas, no quieren que se les proponga lo que pueden hacer. Y apenas sale nada.

P. Al menos el euro aguanta y ya es irreversible.

R. Por supuesto. Hemos vivido casi un milagro, que fue llegar en Maastricht a un acuerdo -con la excepción del Reino Unido- para la creación del euro. Es un hito de la historia europea. Alemania y Francia tenían sensibilidades distintas en cuanto a la crisis yugoslava y las dejaron de lado.

P. Escribió usted en sus memorias. "La Comunidad Europea es el centro de gravedad de la historia de Europa". Algunos le creímos. Pero ya no sabemos si sigue siendo así.

R. Sí, todavía es posible. La ampliación al Este no se realizó en las condiciones adecuadas. Pero nuestros viejos países tuvieron la valentía de abrir sus puertas a sus hermanos del Este después de décadas de regímenes totalitarios. Podrían haberlo hecho mejor, pero lo hicieron. Demostraron que Europa sigue siendo generosa a veces, que comprende a los demás. Los europeos se dijeron que Europa no se define sólo por nosotros mismos, sino en relación con los retos de nuestra historia. La incorporación de Grecia, España y Portugal fue un milagro, fueron unos socios perfectos, entusiastas, incitadores. Ese periodo fue magnífico. Con los países del Este quizá ha sido más difícil. No nos conocíamos tan bien. Pero al fin y al cabo eso subraya que Europa es capaz de hacer grandes cosas.

P. Es más difícil porque no se profundizó, no se modificaron las reglas al mismo tiempo que se ampliaba.

R. Está claro. No habíamos decidido cómo funcionar con 27, pese a las advertencias que lanzamos algunos. Y ahora, los nuevos miembros, pero también otros como la Alemania de Merkel, desdeñan utilizar las cooperaciones reforzadas, la diferenciación. Hagámonos esta pregunta: "¿Habría existido Schengen, la libertad de circulación de las personas con unanimidad?". Es normal que, en cierto momento, haya algunos que vayan más allá, respetando la opinión general. Hay muchos ejemplos. Establecer el equilibrio entre lo económico y lo monetario es una cooperación reforzada. Crear una comunidad de energía entre los países productores, también.

P. Al final Europa es un club con reglas para entrar, pero no para expulsar.

R. Sí, porque está triunfando la mentalidad de la OCDE, una organización útil, pero que funciona bajo el principio de la intergubernamentalidad. Si la Unión hubiera funcionado así, no habría registrado ningún progreso en los últimos 30 años. Ahora los gobiernos arrinconan el método comunitario, según el cual la Comisión desempeña una función clave, el derecho de iniciativa, y el Parlamento toma decisiones conjuntas con el Consejo. Están amarrados a lo intergubernamental, a los intereses particulares. ¿Quién se preocupa a diario de los intereses comunes? Eso facilita los secuestros de la voluntad mayoritaria común. Para evitarlos, ni siquiera habría que cambiar el tratado. Bastaría aplicar la diferenciación. Y si hubiera que cambiarlo, habría que poder prescindir de los que siempre frenan. Porque un Estado miembro puede decir, "me voy". Pero falta una disposición que diga: "Querido amigo, no está de acuerdo en nada, así que fuera". Hay que revalorizar los valores. La crisis de valores consiste en que vivimos en un mundo en el que todo se puede comprar. Los surrealistas defendían los "sueños que el dinero no puede comprar". Hay que volver a soñar.

P. En estas condiciones seguir ampliando sin límite a todos los candidatos puede resultar suicida.

R. Tenemos algunos deberes históricos, por ejemplo en los Balcanes. La motivación de los padres fundadores era establecer la paz. Es posible gestionar una Unión a 32 si lo hacemos con el método comunitario y ordenando la casa, emprendiendo las reformas necesarias con carácter previo. Si lo hacemos como ahora, acabaremos como la Sociedad de Naciones, diluidos, porque cualquier país puede bloquear. Y la alternativa no son los triunviratos en los que sueñan los países grandes, los demás no lo aceptarían.

P. No facilita las cosas la total desorientación de la socialdemocracia.

R. La socialdemocracia no gana ahora en las urnas. Pero ha ganado en el terreno de los hechos. La crisis habría sepultado a Europa si no hubiese tenido el Estado del bienestar: es la base de la UE, y la UE lo refuerza. La socialdemocracia tiene un problema con la globalización. Sus pilares eran: reformismo frente a la revolución; equilibrio entre Estado y mercado; compromiso entre el capital y el trabajo. Tuvo éxito. Hoy es más difícil encontrar nuevos márgenes para el equilibrio entre Estado y mercado. Sólo pueden ser supranacionales, por eso la socialdemocracia es europeísta. Y aún es más difícil el compromiso entre el capital y el trabajo, porque desciende la afiliación sindical, los trabajadores están más individualizados. El individualismo y las concesiones que ha hecho la socialdemocracia han roto el equilibrio básico al que ésta aspiraba, el equilibrio entre individuo y sociedad. La sociedad no debe aplastar al individuo y el individuo no debe desarrollarse en detrimento de la sociedad. Para recuperar ese equilibrio los socialdemócratas deben evitar adoptar los valores dominantes en la sociedad, el éxtasis del consumo y del mercado, el cortoplacismo. Hay que recuperar los valores de la cordialidad, de la reflexión, del tiempo, de la comunidad, de la familia y de la solidaridad. ¿Cuántas personas se han quedado sin tiempo para vivir, reflexionar y realizarse?

P. La derecha está también descolocada, pero gana.

R. Ésta no olvida jamás quiénes son sus electores. Y ha adoptado el pragmatismo, a saber, cuando le conviene utiliza los conceptos de la izquierda para desarbolarla. De manera que la izquierda ya no es siquiera dueña de su propio vocabulario. Debe esforzarse en recuperarlo.

P. Y mientras, en EE UU la izquierda se ha abierto paso.

R. Cuando Barack Obama salió elegido yo no era tan entusiasta como algunos. Pero le apoyo. Conozco las dificultades a las que se enfrenta. Mantengo mi confianza, por su experiencia personal, por su labor de solidaridad en Chicago, por su conocimiento de la gente y su nueva visión de su país, por ese aire fresco que era indispensable para que EE UU siguiese desempeñando una función en el mundo. La mantengo, no como tantos medios de comunicación que, después de quedar fascinados y situarle en un pedestal, le atacan sin piedad por sus dudas en Afganistán y sus problemas para implantar la reforma sanitaria. Los medios están inmersos en el cortoplacismo y en el sensacionalismo, juegan a lo instantáneo de las emociones. ¡No caigan en eso!

P. ¿Podrán concertarse esta UE y estos EE UU?

R. De momento, salvo en los Balcanes, Europa apenas ha demostrado su capacidad para alcanzar esa concertación. Pero la deseo y la espero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de diciembre de 2009