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COLUMNA

La fiesta no termina nunca

El principal problema que debe afrontar la Comunidad Valenciana en estos momentos no es, como se ha dicho, la corrupción que padece el Partido Popular. El asunto más serio al que hemos de hacer frente los valencianos es la falta de una alternativa política en la Comunidad. Esa es la cuestión más urgente que, al día de hoy, nadie sabe cómo se resolverá. En este panorama, la caída de Ricardo Costa carece de importancia. El PP la utilizará para decir que aparta las manzanas podridas de su cesto; pero el gesto no es más que una maniobra destinada a ganar tiempo en espera de que la situación pueda escampar.

Costa no es el responsable del estado del Partido Popular, como no lo es Vicente Rambla: la responsabilidad es de Francisco Camps y tanto da que su implicación en la trama Gürtel fuera voluntaria o inconsciente. En cualquier caso, su conducta revela un presidente sin cualidades democráticas para dirigir la Comunidad. Que carezca de ellas no afecta, sin embargo, a su aptitud para ganar elecciones, como ha quedado demostrado. Son las paradojas de la política. La historia está plagada de embusteros que han ejercido una innegable fascinación sobre sus electores, un fenómeno que la sociología política aún no ha logrado explicar de manera convincente.

Los resultados de la encuesta que este diario publicó el pasado día 9 no han constituido una sorpresa, pues confirman una situación que muchos presentíamos. Con alguna pequeña diferencia de matiz, reflejan lo que cualquier espectador de la vida política valenciana presumía: si hoy se celebrasen elecciones, el Partido Popular volvería a ganarlas por una amplia mayoría. Sólo los socialistas parecen discrepar de esa opinión; los socialistas han construido un mundo tan a su medida que tiende a ignorar cualquier realidad que no sea la propia. El subjetivismo de estos hombres resulta arrebatador.

A Jorge Alarte le sobran motivos para pedir la dimisión de Francisco Camps, pero su falta de convicción es demasiado evidente para que podamos tomar en serio sus palabras. Para el elector, la política es, sobre todo, una cuestión de credibilidad y -ética al margen- poco importa cómo se obtenga esta. Si la oposición deja todo el trabajo en manos de la corrupción, confiando en el desgaste que ésta produzca, su influencia social será escasa. Los especialistas han mostrado que la corrupción tiene un efecto muy débil en nuestra sociedad. El político corrupto rara vez pierde apoyos, y la mayoría de ellos son reelegidos en cuanto se celebra una votación. Para ganar la voluntad de los electores, un partido debe hacer algo más que denunciar la corrupción; por diferentes motivos, los socialistas no han logrado elaborar un discurso con atractivo electoral.

En este punto, el lector podrá alegar que olvidamos el trabajo de Ángel Luna en las Cortes Valencianas. Luna ha hecho, ciertamente, un trabajo excelente; sus intervenciones han tenido el tono, la intención y la profundidad que exige la política cuando se practica de un modo real. Por eso han incomodado tanto al Partido Popular. Pero Ángel Luna ha debido enfrentarse a un obstáculo insalvable: el escaso -podríamos decir nulo- interés que los asuntos de las Cortes despiertan entre los valencianos. Los socialistas tampoco han sido capaces de vencer este inconveniente y, cada vez, tienen más difícil contactar con la sociedad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de octubre de 2009