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Reportaje:

Postales de Asia y África

El fotógrafo coruñés Luis "Gabú" extrae los colores de los dos continentes en muestras cargadas de misticismo

Dice que no lo planeó, pero dos colecciones muy distintas estarán colgadas en dos salas gallegas hasta finales de octubre. El fotógrafo coruñés Luis Gabú, recién aterrizado de África, inauguró esta semana en Moretart, en A Coruña, la muestra Asia, deseando amar, un homenaje en instantáneas a la película del mismo nombre de Wong Kar Wai (In the mood for love, 2001). Dos semanas antes presentaba en el Museo do Pobo Galego, en Santiago, el testimonio gráfico de su inmersión en las escuelas coránicas, las madrasas africanas.

Retrata las luces y las sombras de los lugares a los que va. A los que vuelve. Los focos que pone Gabú en África desprenden humildad, sacrificio e inmovilismo. Los de Asia, casi vértigo. "En cada viaje de vuelta descubría que aquel barrio que me cautivó había sido absorbido por un rascacielos", cuenta. Con las dos muestras regala dos trabajos totalmente diferentes. Uno documenta con imágenes una realidad tan compleja como las escuelas coránicas en Guinea, Marruecos, Senegal o Etiopía. Otro recrea, casi a modo de fotogramas, la atmósfera con que le cautivó la película china. "Yo quería vivir esa Asia cutre, esos colores, esos olores que te llegan en la cinta".

Su obra está hecha de casualidades, rincones, luces y sombras

Le gusta llamarse artista y comparar su obra con la de los pintores

Llegó con la banda sonora en la cabeza. "Por casualidad descubrí los mismos barrios en los que se rodó la película", explica, "me iba perdiendo por las callejuelas y en ellas me encontraba centenares de rarezas". Rarezas que se convirtieron en un retrato de exótico del continente, fiel a sus tradiciones. En sus cinco viajes, la mayor parte del tiempo, Gabú se quedó en Bangkok. Allí robó fácilmente, "con naturalidad y por azar" (muy lejos de los obstáculos que encontró en África), instantáneas perdidas, casi coloreadas, en dorados, verdes y rojos intensos. Mezcla la China de la corte imperial, escondida en los suburbios del mundo moderno, con la "cutredad" de los barrios con menor categoría. Los arrabales repletos de pequeños comercios en Myanmar o Indonesia, los prostíbulos de lujo, las paradas de autobús y los portales.

Esa insólita aristocracia se saborea en fotografías como El juego del tiempo, donde dos prostitutas de lujo se juegan la vida en un billar de tela rojo intenso. Van vestidas de princesas. "Era una fiesta nacional muy importante. En realidad volví al burdel para despedirme y me topé con ellas", cuenta. "Tuve que volver a por la cámara y no perder esa imagen". Lo casual también acompañó a Gabú cuando se topó con una ópera callejera (Tras el telón), de la que sólo le interesaron las bambalinas. "Como la vida, como en la película, donde sus personajes viven disimulando".

Le gusta llamarse artista y comparar su intención con la de los pintores. Ora abstracto, ora realista. Y suele participar en cada puesta en escena en la sala de exposiciones. En Asia, Deseando Amar, cedió 14 instantáneas y dos cartelones de supermercado que cogió en China. En las madrasas africanas Gabú expuso, colgando del techo como plumas, las tablillas entintadas con los textos del Corán que consiguió en sus viajes. Alrededor de estos retablos cuelgan 34 instantes congelados en movimiento.

La belleza vulgar cargada de artificio de Asia se desnuda en la otra exposición sobre África. "Gabú refleja la tristeza de los ojos y la miseria", apunta la comisaria, Mercedes Rozas. El autor peleó con un carácter islámico especialmente hermético con sus costumbres religiosas. Solventó como pudo las discrepancias con los líderes espirituales, los marabaut. "Resultaba desmoralizante y agotador viajar durante días para de localizar madrasas y luego no poder entrar".

Pero consiguió captar emociones e historias, como la que cuenta la pequeña mano del niño que, con una pluma y tinta natural, hace pequeños arañazos en las tablas en que aprende los textos sagrados en Intimidad. Los personajes que enmarca, sin apenas luz o color, crean distintas postales de las escuelas, por fuera y por dentro.

Gabú retrata emociones, maestros y almas. Pero también retiene con el carrete los elementos que la rodean, como las del pavor en el rostro de un grupo de adolescentes, en Terror a las fotos del infiel extranjero.

En el paseo por las salas, en cuyas paredes se esconden frases del periodista polaco Ryszard Kapuscinski, el visitante se topa con imágenes como La Virgen Negra. "Le interesa mucho el contraste de las fotos y busca los matices de luz", explica Rozas, "trata de impulsar los centros". Busca los centros que informen y que emocionen, a partes iguales. Su obra es "testimonial", explica Gabú, y estas dos exposiciones son dos caras del mismo artista: "África son mis manos y mis pies, y Asia, mi corazón".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 28 de septiembre de 2009