Crítica:PURO TEATRO
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Me llamo Vera Waltser, como todo el mundo

La que dice ser y llamarse Lidia González Zoilo, el que dice ser y llamarse David Franch y la que dice ser y llamarse Mónica Pérez te dicen que forman parte del Colectivo 96º (exacto, la graduación del alcohol etílico) y que fueron a Marsella, en febrero de 2008, para entrevistarse con Vera Waltser. Las luces de sala están encendidas, como si el espectáculo no fuera un espectáculo. Un encuentro, una charla, un juego. La sala es Versus Teatre, de Barcelona; antes se estrenó en el ciclo Radicals Lliure. El espectáculo (o encuentro o charla o juego) se llama Dar patadas para no desaparecer, gran título. Te dicen que Vera Waltser, quizás prima lejana de Robert Walser (la "t" se le cayó a Robert durante un bombardeo y nunca volvió a recuperarla), es una escritora suiza especializada en biografías. Te dicen que le han pedido que imagine las biografías de la que dice ser y llamarse Lidia González Zoilo y del que dice ser y llamarse David Franch. La frase que utilizo antes de sus nombres no es una cláusula retórica, porque a los diez minutos veremos una entrevista en la que David Franch habla de teatro en el Canal 33, y el David Franch televisivo no se parece en lo más mínimo al que está ante nosotros esta noche, de lo que se deduce que uno de los dos no es David Franch. ¿Es Franch, por cierto, un apellido judío? Lo sería plenamente con una "k" final, pero igual su padre la perdió también durante un bombardeo. David Franch (el que dice ser y etcétera) elige, a petición de Vera Waltser, una obra artística a modo de autorretrato: el busto de un soldado (judío, probablemente) que combatió contra los nazis en 1943, y que se encuentra en un parque de Marsella. Vera Waltser hace preguntas oblicuas, encarga tareas y, a partir de todo ello, escribe las biografías de L y D: posibles falsas autobiografías verdaderas que ellos recitan con la naturalidad extrema del actor no profesional, o, mejor, con la naturalidad extrema del actor profesional. Vera Waltser describe a DF describiéndose como "una montaña de historias escritas por otros, con bandas sonoras compuestas por otros. Deshumanizado, como una pieza fabricada en 1972 con las ideas, los sueños, y las actitudes de su generación, diseñada por las industrias de la música y la moda". Mientras M (o sea, Mónica Pérez) lee los textos de Vera Waltser (es decir, se convierte en Vera Waltser), L cubre el cuerpo desnudo de D con pasta de papel mojado (páginas de libros, carátulas de discos) hasta convertirlo en una estatua. La acción de VW pedía: "Describe tu cuerpo". D dijo: "Mi cuerpo es como un vertedero". L dijo: "Mi espalda está llena de marcas familiares, como un álbum de familia". Una luz/lupa amplía las imágenes de ese álbum, mientras L habla de todos ellos, su cuerpo descuartizado entre influencias familiares, los ojos del padre, las manos de la madre, la apatía, el mal genio, los sueños: "Heredé sus sueños, los sueños que tenían para mí y también los sueños que no tuvieron". Vemos los rostros familiares. ¿Ésa es realmente su familia? Y esa niña... sí, podría ser ella, desde luego. Pero no, seguro que me están engañando otra vez, aunque si vuelvo a mirar esa imagen y la comparo con el rostro de L, quizás... Querría saber más de esa familia, de esa novela familiar. ¿Por qué pienso también en una familia judía? Una familia de infelices niños prodigiosos, como los Glass o los Tanembaum. Ahora hay, magia potagia, dos espectáculos: el que sigue desarrollándose en el escenario del Versus Teatre, una noche de verano, y el que empieza a crearse en mi cabeza, en las cabezas de cada uno de nosotros. Mientras ellos bailan para Waltser y ella les construye identidades, nosotros somos un caleidoscopio gigante que las combina, descompone, reajusta o difumina, y las mezcla con las nuestras. Ése es el gran logro de Dar patadas para no desaparecer, por encima del narcisismo de eternos adolescentes (¿falso narcisismo verdadero?), de las otras ventanas que entreabren para mostrar un paisaje abortado o previsible o metafóricamente redundante (L convertida en un cuerpo ciliciado por alambre de espino, D emulando a Bruce Lee para no desaparecer), de los juegos fáciles ("Vera Waltser está esta noche entre nosotros, en el extremo de la tercera fila, junto al pasillo") paliados por los juegos ingenuos y felices: llamar a nuestros móviles, contarnos un secreto, pedirnos un adjetivo que les defina. Y en el tercio final, la filmación que vuelve a recolocar las piezas y descolocar dudas y certidumbres: el vídeo del viaje a Marsella, los lugares que creíamos imaginados, la estatua (¿real, ficticia?) en el parque, la casa de Vera, su nombre y apellido en el buzón, sube M por la vieja escalera, llama al timbre, la puerta se entreabre, una voz francesa (¿con un leve acento suizo?) la saluda desde dentro, la puerta se abre del todo, la claridad blanca ciega el objetivo, fundido en blanco, fin. Notas dispersas antes de cerrar y dar carpetazo al archivo del Moleskine veraniego. Una: Stockholm, en el Borrás. Versión barcelonesa, contemporánea, de Mirando hacia atrás con ira, dirigida por Marc Martínez. Se llama Stockholm porque es el nombre de una cama de Ikea. Fantásticos actores, sobre todo el trío protagonista, Andrés Herrera, Rosa Boladeras, Juan Carlos Vellido, pero los lamentos nihilistas de Jimmy Porter siguen siendo tan pelmazos como hace cincuenta años. Dos: Girafes, en el Lliure. Clausura de la trilogía animalística de Pau Miró. Una idea sensacional, narrada de refilón: un niño presuntamente abducido por extraterrestres vuelve a la Barcelona de los cincuenta convertido en enigmático vendedor de lavadoras para salvar a su madre de un destino esclavo. Soberbios Anna Alarcón y Carles Flaviá en ambos roles; función desballestada por una segunda trama con travestís en cabaret ramblero que no pega ni con cola. Tres: Decepción grande, también en el Lliure: Jordi Casanovas inventa un género prescindible, el grunge-camp, en Julia Smells Like Teen Spirit, impensable cruce entre La señorita Julia y la versión cutre de La (olvidadísima) leyenda de Lylah Clare, de Aldrich.

Hay, magia potagia, dos espectáculos: el que sigue en el escenario y el que empieza a crearse en las cabezas de cada uno de nosotros
Vemos los rostros familiares. Querría saber más de esa familia, de esa novela familiar. ¿Por qué pienso también en una familia judía?

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