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COLUMNA

El error sin recompensa

Hace un par de semanas recibimos una noticia demoledora: no se aprende de los errores. El Massachusetts Institute of Technology (MIT) publicaba en la revista Neuron que, tras numerosos experimentos en monos, ha descubierto que "sólo tras el éxito se produce proceso cerebral y mejora el rendimiento del animal". Y tratándose del MIT uno tiende a pensar que los primates sometidos a la prueba eran más listos que muchos humanos.

Así que no hay consuelo. El lenitivo mensaje que nos mandamos tras cometer un fallo: "Ya lo sé para la próxima vez", "de algo me servirá", "he aprendido la lección"... es mentira. Nuestro cerebro no registra el dolor, la frustración, la pena, la rabia ante la equivocación. La mente enseguida olvida la orografía de la vida y vuelve a tropezar con la misma piedra.

Septiembre se asoma en la fecha de los yogures, acecha el momento donde los neones relevarán al sol

Quizá deberíamos haberlo intuido nosotros mismos sin necesidad de leer la conclusión del MIT. Este verano, sin ir más lejos, muchos hemos vuelto a planificar tarde las vacaciones consiguiendo unos billetes de avión caros, hemos acudido a la misma agencia que nos recomendó un mal hotel y otra vez nos hemos olvidado en casa el cargador del móvil. O hemos regresado a la playa de siempre confiando injustificadamente en que el agua estuviese más clara y menos parcheada de toallas que el año pasado. Y, por supuesto, nos comeremos los atascos de la Operación Retorno a Madrid aun pegándonos el madrugón el 31.

Estamos atrapados en una espiral de errores. Mientras que los aciertos quedan registrados en el cerebro y nos ayudan a progresar, a obtener un segundo resultado positivo, el fallo nos devuelve a la casilla de salida y borra de nuestra memoria el giro fatal. Atinar no sólo nos alimenta el ánimo, sino que enriquece las neuronas. Lo han visto los norteamericanos en unas instantáneas fabulosas realizadas por un microscopio electrónico, una especie de diapositivas en color de la galaxia compleja y fascinante del cerebro de los monos listos que contrasta dolorosamente con el microcosmos simple y fundido de los chimpancés que escogían la puerta tras la que nunca estaba el plátano.

Ya entrados en la última quincena de agosto no podemos dejar de pensar en la vuelta al trabajo. Septiembre se asoma en la fecha de caducidad de los yogures, acecha el funesto momento donde los neones relevarán al sol. Uno de los consuelos para curar esta desazón es dibujarnos un nuevo e ilusionante proyecto de vida. Comenzar la temporada con un serio propósito de subsanar los defectos morales y físicos, de sobreponernos a nuestras carencias y debilidades, seguros de que existe un yo mejor tras el verano, la versión 2.0 de nosotros mismos.

Pero ese plan de superación estaba basado en la erradicación de la pifia. Y ahora parece que no hemos aprendido nada de todo lo que hicimos mal, de nuestra vida sedentaria, de nuestro egoísmo, de nuestra abulia, de nuestros vicios y nuestra torpeza. La conducta fallida es insuficiente. Hasta que no demos el primer paso en el buen camino no nos reavivaremos, sólo la recompensa es estimulante, no basta querer huir del castigo. Aunque dentro de este nuevo descubrimiento neuronal también se esconde un alivio. Pensar que nuestros reiterativos batacazos en el amor, en las relaciones personales, tomando el desvío equivocado en la M-30 no se deben a una ceporrez crónica, sino a que la mente no aprende del error. No somos tan gilipollas como nos temíamos después de todo. Quien progresa es porque tuvo suerte la primera vez y su cerebro evolucionó y se reactivó para elevar sus posibilidades de éxito ante la siguiente encrucijada. Y así aumentó su fortuna vital, exponencialmente, un acierto hacía bullir su cerebro proporcionándole nuevos comodines.

Mientras que los que una y otra vez le damos al botón de apagado de la cámara cuando queremos hacer una foto, los que seguimos comprando los discos de Bowie, quienes continuamos pinchando en el icono de Explorer cuando pretendemos abrir Mozilla, los que reiteradamente cogemos suavizante cuando deseamos llevarnos el bote de detergente, los que aún confiamos en Florentino Pérez, quienes nos obcecamos en abrir la mermelada girando la tapa en el sentido de las agujas del reloj y los que todavía creemos que, a pesar de los estudios con los monos en Massachusetts, podemos ser felices, en realidad no tenemos remedio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de agosto de 2009