Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
me cago en mis viejos II

CINCO

El segundo pez lo envenené echando en el agua unas porciones mínimas de detergente, de modo que un día amaneció nadando de lado, como si le pesara más una parte del cuerpo que la otra, y a las pocas horas palmó. Yo fingí pena, pero la fingí mal porque mi vieja me miró de un modo raro, como si hubiera descubierto en su hijo algo que no estaba previsto en el diseño original. Fue una mirada que duró más segundos de lo normal, una mirada en la que había desconcierto, confusión, quizá pánico. Yo sentí pánico también (de mí, creo, más que de ella) y volví a echarme a llorar. Entonces mi vieja dejó de mirarme de ese modo y me abrazó, pero algo se fue a la mierda entre ella y yo en aquel instante. No hubo más peces de colores, nunca, y a mí no me gusta el pescado.

Al poco de la llegada de Dedo, una mañana, de camino al colegio, el hombre invisible me preguntó cuánto vivía un perro. Le dije que 13 o 14 años, a veces quince o 16 (es lo que había leído en Internet), y echó cuentas de los años que tendría él cuando Dedo se muriera. ¿Sabes cuántos años tendré yo cuando te mueras tú si te mueres a los 70?, preguntó luego. ¿Y por qué me tengo que morir a los 70?, dije. Porque mucha gente se muere a esa edad, dijo él. ¿Y si te mueres tú antes que yo?, dije yo. No es normal, dijo él. No es normal a menos que acabe contigo de una hostia, dije yo.

Al volver a casa Dedo se había cagado en el pasillo. Con el estómago en un puño, porque no soporto las mierdas, sean de pez o perro, le acerqué el hocico a la plasta, gritándole, y luego lo saqué a la calle, pero no hizo nada el cabrón. Ya en casa, buscando en Internet algún modo de enseñarle a hacer sus cosas fuera, tropecé con un truco para que aprendiera a hacerse el muerto. Entonces volví a acordarme de los peces de mi infancia y me pregunté si sería capaz de cargarme también a Dedo. Mientras me respondía, preparé una tortilla de patatas para la cena. Al hombre invisible le gustaba sin cebolla, pero yo la disfrazaba de tal manera que ni se notaba. Mientras cortaba la cebolla me eché a llorar y mientras lloraba no podía dejar de pensar en el modo de acabar con Dedo. Puto animal.

eduardo estrada

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de agosto de 2009