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Crónica:TOUR 2009 | 14ª ETAPA

La frustración de Armstrong

Primer contratiempo para el tejano, al que el pelotón priva de su regalo a Hincapié, el 'maillot' amarillo

No sólo los escritores son capaces de fabricar metáforas aprovechando el valor evocador de las palabras, también las gentes del ciclismo, mentirosos profesionales como buenos publicitarios que son, juegan falsificándola con la leyenda asociada a un nombre propio, de la multitud de significados que hay detrás de una cadena de sonidos. Bernard Tapie, uno de los hombres más oscuros y retorcidos que ha pisado el mundo del deporte en general y el ciclismo en particular, creó en 1984 un equipo para Hinault. Lo llamó La vie claire, la vida clara. No anunciaba nada en particular, el nombre, tan evocador de una ecología rústica, escondía un negocio que consistía en inundar el mundo de pedales automáticos Look, por entonces la gran novedad tecnológica. Para venderlos en Estados Unidos fichó el año siguiente a Greg LeMond, dando cobijo bajo un maillot tan claro que el diseño era puro Mondrian, que nunca usó el verde, cuadrados que evocaban limpieza, claridad de líneas, a una de las más tormentosas y falsas buenas relaciones de la historia reciente del ciclismo.

El viejo e inoxidable Ivanov ganó la última etapa de transición antes de los Alpes

Katiusha, dicen los propagandistas del equipo ciclista que Vladimir Putin, uno de los personajes más siniestros de la actualidad, ha puesto en marcha bajo el paraguas de una serie de empresas gasísticas rusas, es el diminutivo de Katia, uno de los nombres más populares en Rusia. Lo dicen y evocan la imagen de una campesina con trenzas rubias y mofletes sonrosados, sonriente gavillando trigo en las orillas del Don apacible. La realidad, claro, es otra. La realidad es un ciclista con nombre de zar, mirada y pedaladas terribles, maillot con el perfil de las torres del Kremlin, que arranca como un obús a 11 kilómetros de la meta y destroza la escapada de una docena en la que estaba incluido. La realidad, confirma google, es que los katiushas que de verdad le gustan a Putin, los que inspiran a su equipo, son las parrillas lanzacohetes montadas en remolques de camiones que tanta devastación artillera siembran desde la II Guerra Mundial.

Ganó Serguéi Ivanov, viejo e inoxidable clasicómano que ya en abril se había impuesto en la Amstel Gold Race, la última etapa de transición antes de los Alpes que llegan hoy, y su entrada estruendosa en Besançon señaló el primer instante de este Tour en el que Lance Armstrong no ha visto sus deseos convertirse en realidades. Quería que su viejo amigo George Hincapié, que corre en otro equipo, llevara hoy orgulloso el maillot amarillo en la apertura de los Alpes, pero el pelotón, o, más bien, la sarta de especulaciones absurdas que motivan las decisiones de los conductores de los coches, los directores, que se toman por mariscales, y no tanto profundas conspiraciones geopolíticas, frustró sus designios: la televisión es más peligrosa que el pinganillo.

En la fuga de 12 estaba Hincapíé, el mejor en la general de la docena, a 5m 25s, y Bruyneel llamó a Contador al coche. "Nos interesa que George

[Hincapié, neoyorquino hijo de colombiano que se hizo ciclista en Central Park] sea el líder mañana", le informó. "Nos vendrá bien el trabajo que hará su equipo, el Columbia". También habló Bruyneel con Lavenu, el director del líder de plástico, Nocentini. "Hoy os quedáis sin jersey. Os ayudaremos para dejar a la fuga en 7m y así se hará". Lavenu asintió y dio las órdenes oportunas a sus chicos, pasad a tirar pero mirad el reloj y os quitáis dentro de nada. Sin embargo, Lavenu estaba viendo la tele y oyendo al locutor que ensalzaba el gran trabajo del Ag2r, su equipo, intentando defender el maillot perdido de Nocentini. "No os quitéis, no os quitéis", les voceó entonces a sus corredores, "que en la tele os están poniendo muy bien".

Y para compensar los segundos que robaba por detrás, ordenó a Nicolás Roche, el hijo de Stephen, ganador de Giro, Tour y Mundial en 1987, el corredor que llevaba en la fuga, que se los devolviera por delante, que acelerara locamente para llevar a Hincapié hasta el amarillo. Y así habría sido si no hubiera intervenido un nuevo factor, los celos del Garmin, el segundo equipo norteamericano en liza, que consideraba escandaloso ese regalo a los prepotentes del Columbia. Como locos tiraron y fue surrealismo puro detrás del cohete Ivanov, el único que lo veía claro. Y por 5s Hincapié se quedó sin regalo y Armstrong con la sensación de que sus poderes no son los de antes, y de que el pelotón es capaz de desmagnetizarse de su influjo paralizante, de mirada de boa constrictor hipnotizando a su víctima antes de machacarle los huesos, lo que no deja de ser una buena noticia la víspera de los Alpes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de julio de 2009