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Reportaje:NOSTALGIA

Cuando el tecno se hizo pijo

Las cantaditas, temas machacones con melodías ñoñas, lo fueron todo en la ruta del bakalao. Y se convirtieron en el género español más exportado. 15 años después, se reivindican entre la devoción real y la ironía posmoderna.

Al final de una sesión en un club ecléctico-moderno de Bilbao, Madrid o Barcelona. Como nota simpática en una discoteca pija. En un after hours donde la música desmonta prejuicios y cabezas. Durante la actuación de Guru Josh en la mastodóntica inauguración del Space de Ibiza del 31 de mayo. En el festival Made in Valencia del 27 de junio. En pleno Creamfields almeriense el próximo agosto, bajo la pirotecnia que montará el masivo dj holandés Tiësto. En el festival alemán del próximo noviembre We love the 90s. Incluso en las eventuales apariciones televisivas de Chimo Bayo y en los últimos politonos que te intentan vender. A través de todas estas esencias, hoy, las cantaditas pueden llegar hasta ti.

"La gente quiere disfrutar como hicieron sus hermanos mayores: como en una fiesta de costa en la que cualquiera puede encajar" (Víctor Pérez)

"La mayoría de voces la hacían vocalistas a sueldo que luego en el escenario se sustituían por chicas monas haciendo 'play back" (Mónica X)

Día a día, como una nueva gripe, se extienden igual que hace 15 años, cuando las cantaditas eclosionaron en las discotecas. Su invocación actual es el mazazo desprejuiciado que quiere acabar a la vez con la agonía del minimal, el inacabable culto a los ochenta y los rescoldos del primer revival del tecno noventero: la nu rave. "Con las cantadas, hoy, la gente quiere disfrutar como les contaban sus hermanos mayores: con las manos en alto y los ojos cerrados, tarareando, sin freno, pero en plan fresco, como en una fiesta de costa en la que cualquiera puede encajar". Víctor Pérez, presidente de la Asociación de Productores y Disc Jockeys de la Comunidad Valenciana, sabe bien de lo que habla. Fue pinchadiscos residente de The Face —la discoteca de cantaditas clave— y es miembro de Contraseña Records, el sello madre de este invento.

Esta discográfica, precisamente, lanza ahora un grandes éxitos en formato digital de New Limit, el grupo español por excelencia del asunto: sus letras en inglés aprendido de memoria y sus melodías de euforia colectiva son vindicadas en MySpace por modernos de diversa índole. Hasta hay un club social de cantaditas en Facebook. "Ahora uno tiene que conseguir piezas vocales. De cada cuatro temas pinchados, tres ya tienen que ser cantados," explica Pascal Kleiman, reconocido disc jockey que ha protagonizado un premiado documental sobre su gesta vital (Pascal nació sin brazos).

Contra la crisis, el público reclama alegría; contra los sonidos hipnóticos, se imponen la verbena y el jolgorio estival. Y lo hacen con uno de los pocos géneros que, hasta hace nada, ha sido más ultrajado, humillado y despreciado por los amantes de la música —electrónica, rock, folk, la que sea—. Lo sarcástico del caso es que lo que antes provocaba vómitos, ahora hace gracia. Ironías del revival. Y de los bucles comerciales.

Pero ¿qué son las 'cantaditas'?

No es fácil definir lo que se llama cantadita (o pastelito, a causa de su supuesta ñoñería). En esencia, se suele designar así a toda aquella música de baile pergeñada a toda prisa por productores varios que incorpora voces melódicas empalagosas —normalmente de chicas— sobre bases de caña y tralla. Algunas cantaditas incluso parecen un cruce imposible entre Front 242 y Soraya. En Bélgica y Alemania, el nombre habitual para referirse al género es eurobeat o eurodance. En Italia, italian style o italodance. En Reino Unido, hard house o hard dance. Y en Holanda, el electro house y el trance se han unido íntimamente con el concepto pastelito.

En España, lo normal es que muchas estuvieran hechas por dj's locales, productores y técnicos de sonido y fueran grabadas en el estudio durante la noche para despachar el resultado por la mañana. Algunas con inesperado éxito: un anuncio estadounidense de Pepsi protagonizado por Eva Longoria en 2006 tenía por banda sonora Streamline, un veterano pastel del proyecto ibérico Newton. Y es que las cantaditas españolas siempre han tenido un toque tórrido.

¿Cómo nacieron?

Si bien hay quien enlaza el eurobeat continental con el nacimiento de grupos de finales de los ochenta como Technotronic, más correcto sería, en el caso español, situarnos en la Valencia de 1994, hace 15 años.

Durante la década anterior, Juan Santamaría fue el primer disc jockey que impulsó desde esta ciudad una mezcla de música guitarrera y protoelectrónica que, sin anglicismos a mano, acabó conociéndose como bakalao. Programó música en las mejores salas y luego la sirvió a través de dos tiendas de discos de importación, Zic Zac y Radical. "Pensé en pinchar una música rara que había conocido en Londres. Música rara, pero que yo creía que tenía ritmo y podía bailarse", explica.

La cosa cuajó. Discotecas como Barraca, Chocolate, Spook Factory, N.O.D. o ACTV la hicieron célebre, enlazando sus horarios unas con otras —entonces era posible— hasta, virtualmente, prolongar la fiesta desde el viernes noche al martes por la mañana. En pocos años se pasó de pinchar para unos 600 elegidos a hacerlo para 6.000 entes anónimos. Los clubes no dejaron de ampliarse hasta convertirse en macrodiscotecas. Y la música perdió su sentido inicial. "Se empezó a dar cancha a todo tipo de sonido que resultara a la vez comercial y trallero", apunta Santamaría. "Las cantaditas se gestaron en las cabinas mezclando el sonido new beat belga con el pop cantado en inglés", revela. En 1991, el dj local Chimo Bayo había obtenido un éxito internacional con su maxi Así me gusta a mí (el del ripio "exta-sí, exta-no"). "Los dj's se pusieron a ello ayudados de ingenieros, pero sin tener casi ni idea de música", considera Santamaría.

¿Por qué arrasaron?

Para las melodías, se eligió el inglés de academia intensiva. Pronto, los habituales temas épicos de The Mission o los himnos de tecno industrial empezaron a convivir en las pistas de Valencia con el nuevo invento. Bautizadas finalmente como cantaditas, pegaron en afters que abrían más de doce horas seguidas en domingo como Puzzle, Heaven o ACTV. Y al final se impusieron a todo.

El secreto de fiesta sin fin en Valencia se corrió a voces. Un domingo tarde, según estimaciones de 1993-1994, podía haber en la zona hasta 50.000 personas en órbita llegadas de toda la Península. La atención de los medios de comunicación provocó un escándalo enorme. Ciertamente, todo el mundo reconoce —aunque sin asumirlo públicamente— que la popularización del éxtasis ayudó a la de las cantaditas. Una comunión que acabó consumiéndose en las discotecas por el gran público. En el País Vasco, Aragón, Andalucía o Madrid, "las cantadas atrajeron masivamente a las chicas a las discotecas del momento", explica la dj Mónica X, valenciana que se estableció en Barcelona y difundió el género.

Pronto la proliferación de radios dance comerciales y de sellos dedicados a recopilatorios —Blanco y Negro, Divucsa, Max Music, Vale Music— hizo que tuvieran un sitio fuera de la pista. A partir de 1994, y durante toda la década, surgieron incontables grupos. New Limit veían cómo sus canciones Smile o In my heart se convertían en hits perfectos para ser coreados en las terrazas al amanecer. "Llegamos a actuar cada fin de semana por toda España y editamos un montón de maxis", recuerda José González, parte de la banda.

Sensity World, Double Vision, Just Luis y muchos otros proyectos explotaron desde España el concepto. En muchos casos, facturaban meros covers (versiones) de viejos temas, una fórmula que garantizaba que la melodía sonara a todo el mundo. Ni el American pie de Don McLean se libró. "Se versionaba cualquier tema y sólo se pagaban derechos de autor", explica Mónica X. Durante los noventa, hasta Mark Shaw, cantante de la banda inglesa Then Jerico —representado en España por Juan Santamaría— viajaba a Valencia para que sus propios temas fueran remezclados en clave cantadita.

¿Cómo cayeron en desgracia?

El paroxismo no duró mucho. Hasta 1997-1998 hubo incluso un modo de vestir relacionado con el género. Ellos, mezclando chalecos de cuero con botas espaciales; ellas, uniendo el look profesora de aerobic con el de gogó futurista. "A partir de esa fecha, hubo demasiados grupos copiándose unos a otros", explica José González, de New Limit. En el caso de su grupo, la cantante, Amparo Ríos, sí cantaba. "Pero la mayoría de voces la hacían vocalistas a sueldo que luego en el escenario no salían, se sustituían por chicas monas haciendo play back", explica Mónica X.

"Todo se gestionó fatal", recuerda Juan Santamaría, "al final había demasiado producto, y todo demasiado malo". "No supimos unirnos, no creamos una plataforma fuerte que mejorara el modelo", explica Víctor Pérez, de Contraseña, el sello valenciano que sobrevivió a muchos otros. La fuerza del tecno y el house americanos se imponía desde el Sónar barcelonés e Ibiza, y los creadores de pasteles se quedaron en bragas. La policía, además, presionaba a las discotecas del género con inspecciones y controles constantes. El público, agotado, se marchó. A finales de los noventa, el bakalao y su hermana pequeña, la cantadita, parecían historia.

¿Por qué han resucitado?

Pero el legado de las cantaditas vive. Al inicio de esta década fue recogido en la adaptación a las pistas españolas del hard house potenciado por el club gay inglés Trade. En la actualidad hace gracia hasta a los más reacios. "Va por ciclos. Lo retro ahora está de moda, y las cantadas son parte ineludible de una sesión de house", explica Mónica X. "El remember [el afán nostálgico por recuperar los primeros himnos] empezó con los ochenta, pero ya ha llegado a los noventa, y ahí refulgen los pasteles", explica Víctor Pérez.

YouTube, Internet y todo tipo de foros difunden sus excelencias para las nuevas generaciones. Los dj's más masivos —Armin van Buuren, David Guetta, Steve Angello— bordean el género con intensidad cultivando lo más pop del dance; ésa es ahora la conexión comercial más deseada. Hasta vuelve la moda de los covers, y Ministry of Sound le ha dedicado a la tendencia un recopilatorio. "Nunca hemos dejado de actuar, pero ahora lo hacemos más", explica José González en relación a New Limit. "Usamos play back con micro abierto", detalla. Cobran unos 1.300 euros, y, durante 20 minutos, ofrecen lo más intenso de una época que, para González, "no debe perderse".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 29 de mayo de 2009