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Reportaje:

Congoja y ukelele

Scott Matthew, rapsoda afincado en Nueva York, rubrica las canciones más doloridas de la temporada

Casi nada en el advenimiento madrileño de este australiano barbado y depresivo llamado Scott Matthew se ajustaba ayer a los parámetros predecibles. Ni el horario, aún con luz diurna; ni el lugar (Le Swing, club para sibaritas del jazz donde sólo entran socios y enchufados); ni mucho menos la estampa de este cantautor del tormento.

Matthew es un cuadro viviente de El Greco que sustituye la típica guitarra por el exótico ukelele y trabaja en lo que trabaja pese a tener inválido el dedo corazón de la mano izquierda. Anotan sus allegados que se lo desgraciaron en una trifulca por las calles de Nueva York, pero él se las apaña con los restantes. Chico listo, chico tozudo.

Ni siquiera acata Matthew la ortodoxia a la hora de escoger título para sus discos. El segundo, que está despertando la fascinación internacional, se conoce como There's an ocean that divides, pero su título completo desafía el diseño gráfico y la memoria del seguidor más irreductible: Hay un mar que divide y con mi deseo puedo cargarlo con un voltaje de tal potencia que cruzarlo supondría la muerte.

"He encontrado una felicidad razonable como persona"

"Empiezo a sentirme cómodo en mi pellejo. No soy tan triste"

¿Aún no se ha convencido de que nos encontramos ante un tipo peculiar? En tal caso, esgrimamos el argumento definitivo: ya hay quien lo compara con Antony & The Johnsons. O con aquel David Bowie dandi de los primeros años ochenta, cuando Ashes to ashes.

Espigado, con esas barbucias de chivo a lo Cat Stevens ("hace 11 años descubrí el placer de no afeitarse"), flequillo imposible y una pañoleta étnica guatemalteca en torno al cuello, Matthew constituye la nueva gran sensación en esa escena gay, refinada y cultureta neoyorquina en la que también crecieron no sólo Antony Hegarty, sino Rufus Wainwright o Chris Garneau.

Apenas 40 personas pudieron estremecerse ayer de cerca con sus quejidos lastimeros. Un silencio sepulcral, como de homilía, acompañaba ese repertorio doliente (Community, White horse, Friends and foes, el No surprises de Radiohead, hasta un villancico tristísimo) que Scott desgrana con los ojos comprimidos. Como quien intenta reprimir una llantina devastadora.

"No soy tan triste como los temas que canto", admitía en un rinconcito justo antes de actuar, apurando esa copa de vino tinto que jamás puede faltar en su camerino.

"He encontrado una felicidad razonable como persona, he crecido y empiezo a sentirme cómodo en mi pellejo. Existe esa parte acongojada en mí, pero estén tranquilos: ¡No pienso suicidarme!". Mejor así. Tal y como está el cotarro, ésta es, por fin, una magnífica noticia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de mayo de 2009