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El PSOE va al notario

El fenómeno cristalizó a partir del año 2000, cuando un Aznar montado en su mayoría absoluta cual Cid españolizador a lomos de Babieca se puso a maltratar los sentimientos identitarios de varios millones de ciudadanos, en nombre de un megalómano proyecto de refacción de España, de reforzamiento del Estado y de laminación de los nacionalismos periféricos. Dado que, paralelamente, Jordi Pujol había preferido al Partido Popular y desdeñado a Esquerra Republicana como socio parlamentario imprescindible en Cataluña, el rechazo al PP se convirtió desde ese momento en bandera y ariete de las izquierdas catalanas, en el primer cimiento de sus futuros acuerdos de gobierno. Si el PSC, Esquerra e Iniciativa alumbraron por entonces una propuesta común de reforma del Estatuto fue para visualizar que Convergència, rehén del PP, no podía sumarse a ella. Después, en diciembre de 2003, el Pacto del Tinell formalizó la voluntad del primer tripartito de aislar al PP tras un cordón sanitario que, excluyéndole de la formación de mayorías de gobierno en la Generalitat, garantizase a las izquierdas larga hegemonía.

Cuando el martes Patxi López sea investido 'lehendakari', el PSOE habrá absuelto al PP de sus pecados políticos

Los acontecimientos del invierno de 2004 -de Perpiñán a Atocha- y sus consecuencias político-electorales llevaron hasta el paroxismo la demonización y el aislamiento del PP en Cataluña, y luego la actitud de éste respecto del nuevo Estatuto lo confirmó en la condición de apestado. Ése fue el contexto en el que, con los comicios catalanes de noviembre de 2006 a la vista, Artur Mas tuvo que acudir al notario para sellar solemne compromiso de que no pactaría nunca, jamás, con el PP. Pese a ello, PSC, Esquerra e Iniciativa se pasaron aquella campaña poniéndolo en duda y alimentando la sospecha de una alianza monstruosa CiU-PP, si era aritméticamente posible. A lo largo de los últimos 30 meses, los partidos integrantes del Gobierno de Montilla -y en particular el PSC- han seguido agitando el espantajo del PP y extrayendo de él no sólo pingües escrutinios, sino eficaz munición dialéctica. Basta recordar las veces que, cuando CiU exigía al PSC más firmeza ante Rodríguez Zapatero, José Zaragoza ha respondido, con su sonrisa más intencionada: "¿Qué pasa, que el señor Mas preferiría un Gobierno presidido por Mariano Rajoy?".

Pues bien, este filón está a punto de agotarse. Cuando, el próximo martes, el socialista Patxi López sea investido lehendakari del Gobierno vasco no gracias al apoyo circunstancial del PP, sino merced a un pacto de legislatura escrito y rubricado con el PP, en ese momento el PSOE habrá absuelto al Partido Popular de todos los pecados políticos acumulados en la última década, lo habrá blanqueado de todas sus manchas ideológicas. El partido de Rodríguez Zapatero certificará con la mayor solemnidad que el PP es un socio legítimo y aceptable para gobernar con él o con sus votos no ya en ese municipio o en aquella diputación provincial, sino en una instancia de tan alto contenido político y simbólico como la comunidad autónoma del País Vasco. Y ello, aunque algunos se resistan a admitirlo, tiene consecuencias significativas para el escenario catalán.

Sí, porque, ¿cuál es el terreno sobre el que socialistas y populares han levantado su acuerdo para Euskadi? Desde luego, no es el de la lucha contra la crisis económica, que el documento suscrito por el PSE y el PP soslaya con un puñado de tópicos y obviedades. ¿Cómo podría serlo, si en Madrid los de Rajoy tachan al Gobierno de impotente ante la escalada del paro, mientras Zapatero acusa al PP de querer salir de la crisis a base de medidas antisociales? No, el sedicente "constitucionalismo" va a gobernar en Vitoria con un programa común de Kulturkampf, de combate ideológico contra el discurso y los valores, contra la cosmovisión y el relato del nacionalismo vasco, combate a librar en las instituciones culturales públicas, en el sistema de enseñanza y en los medios de comunicación. Con ello, el PP vasco impone a los socialistas buena parte de sus fobias y, además, consigue que éstos le acrediten (cito a Jesús Eguiguren en EL PAÍS del pasado 5 de abril) como "un partido plenamente democrático".

En tales condiciones, ¿cómo podrá el PSC, en el futuro, seguir propugnando el ostracismo del PP catalán? ¿Cómo podrán los Iceta, Zaragoza, etcétera, cultivar otra vez el miedo a la derecha -descrita como una amenaza para las libertades- y presentar de nuevo al partido socialista como el valladar frente a esa amenaza? ¿Con qué argumentos podrán los estrategas de la calle de Nicaragua condenar a Convergència i Unió, si ésta negocia o pacta con los populares, ya sea en Madrid o en Barcelona? De que lo intentarán no me cabe duda, pues son gente de recursos. Pero no va a resultarles fácil ser creíbles.

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Visiblemente incómodos ante el nuevo escenario vasco, algunos portavoces del PSC le han buscado dos justificaciones. Una es el terrorismo; pero la situación agónica de ETA y la debilidad de su entorno político-social lo hacen poco verosímil. La otra coartada consiste en decir que era preciso castigar el radicalismo y la estrategia rupturista de Ibarretxe; pero esto, en boca de quienes llevan cinco años y medio gobernando con un partido independentista además de republicano, no resulta muy convincente.

En suma, gracias al PSOE y a su política vasca, el PP catalán está a punto de salir del lazareto en el que se encerró y le encerraron hace casi una década. Con todo, para que los populares alcancen la plena normalidad en nuestro biotopo político será preciso algo más; más que la prosodia de Blanes en el catalán de Alicia Sánchez-Camacho y más que la presencia de Mariano Rajoy en Barcelona por Sant Jordi. Poner a Vidal-Quadras de número cuatro4 en la lista europea no supone un síntoma muy alentador.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

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