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Reportaje:MODA

PUNK DEL SIGLO XIX

El steampunk era un subgénero sci-fique recreaba la visión del futuro que se tenía en tiempos de Julio Verne. Ahora es un estilo de vida cuya estética se aplica hasta a los iPods.

¿Quién no se ha preguntado alguna vez qué hubiera pasado si el progreso hubiese continuado por la senda del vapor? La respuesta no es "nadie", sino "el steampunk", un movimiento que imagina un futuro ambientado en la época victoriana, en el que iPods y televisiones de plasma conservan su función pero no su forma, revistiéndose con elementos decorativos que hacen referencia al pasado, como marcos de latón o peanas de mármol. En resumen, la expresión estética de un anacronismo.

Legitimado por novelas como La máquina diferencial —escrita en 1990, sitúa el nacimiento de la informática en 1855, durante la segunda revolución industrial—, y por películas como Wild wild west y La liga de los hombres extraordinarios, el steampunk nació como subgénero de la ciencia-ficción sin mayores pretensiones que la de convertirse en una alternativa al cyberpunk, esa corriente que en los años ochenta mezcló la alta tecnología con la vida de los bajos fondos.

"Queremos restaurar la capacidad que tuvo el hombre de maravillarnos con su inventiva"

El término steampunk (punk de vapor) lo acuñó en 1987 el escritor K. W. Jeter, deseoso de encontrar una etiqueta que diera sentido a las obras que no sitúan su acción en sociedades posapocalípticas, sino en un tiempo que nunca fue: aquel futuro lleno de locomotoras, dirigibles y protosubmarinos con el que fantasearon Julio Verne y H. G. Wells a finales del siglo XIX.

Sin embargo, en los últimos años, el steampunk ha dado el salto a la vida real convirtiéndose en un movimiento omnívoro que se propaga a través de la Red. En un modus vivendi al margen de la literatura y el cine que se alimenta de cualquier cosa que haga referencia a un pasado de color sepia: parasoles, sombreros de copa, crinolinas, corsés, gafas de aviador... Sus seguidores han construido un mundo a su medida por el que se mueven con las maneras galantes de los caballeros y las damas victorianos. En el que el imposible de viajar en el tiempo deja de serlo.

"Para mí, es la intersección entre la tecnología y el romance", resume Sean Slattery (35 años), un técnico de informática de Boston que bajo la identidad de Jake von Slatt crea modificaciones steampunk: las teclas de su ordenador, por ejemplo, pertenecieron a una máquina de escribir de los años cincuenta, y su televisión está embellecida con filigranas de cobre. Porque Slatt le ha declarado la guerra a la producción en masa y ha dotado a todos sus aparatos tecnológicos de un aire victoriano. "No me gusta el progreso recién salido de un molde de plástico que venden Ikea o Microsoft", cuenta. Paul de Filippo, autor de La trilogía steampunk, habla así del carácter obsoleto intrínseco a las nuevas tecnologías: "Hay museos en los que se preservan máquinas de vapor y relojes mecánicos, pero cuesta imaginar que en el futuro vaya a haber un museo en el que se expongan blackberries y GPS".

Las máquinas de Josep Manel Rey, como las de Slatt, son las chapuzas con estatus de obras de arte que ponen el punk en el steampunk. "No se trata sólo de estética. En el steampunk subyace una lectura ética. Recupera valores como el de la artesanía y el 'hazlo tú mismo'. Busca la belleza en lo cotidiano", opina este español, administrador de alrededordelmundosteamunk.com, el primer blog en castellano dedicado al tema. Tiene 38 años y vive en Barcelona. En un piso del Ensanche que es el marco perfecto para su afición, pues esta subcultura tiene capacidad de adaptación a la zona. "De incorporar elementos estéticos locales. Aquí es el modernismo", explica.

En España, el steampunk todavía está en fase de pruebas. Según Rey "nos falta un éxito al estilo Harry Potter o Blade runner que nos saque a la superficie, que nos dé a conocer ante el gran público".

El pasado 8 de febrero se celebró la primera reunión de entusiastas del steampunk. La organizó Elisabeth Roselló, creadora del foro Steampunk SP. "Asistieron diez personas, así que no se puede llamar convención. Fuimos de excursión al parque del Laberinto de Horta de Barcelona". La visita la guió ella misma, estudiante de segundo año de historia. El steampunker celtibérico se las apaña como puede. Incluso en Inditex: "A veces he encontrado ropa con reminiscencias victorianas en Stradivarius", dice.

Heroica o no, el steampunk tiene una misión. Rey la explica así: "Restaurar, en parte, la capacidad que tenía antes el hombre de maravillarnos con su inventiva. Hoy, el planeta parece tan pequeño... ¿Dónde está ahí la aventura?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de abril de 2009