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COLUMNA

El feísmo

Hace unos años se celebró en Galicia el primer congreso sobre el feísmo. Era tan clamorosa la devastación estética del litoral y del medio rural, que un grupo de arquitectos le puso ese nombre a un nuevo fenómeno urbanístico que habían detectado, esas construcciones y edificaciones que provocan un estrepitoso deterioro del entorno. El escritor Manuel Rivas lo describió así: "Después de años de lo que los modernos paisajistas denominan violencia catastral, hay un consenso general para denominar el efecto final de la dejación urbanística y medioambiental: el feísmo". El campo se había llenado de edificaciones que humillaban el paisaje, de casas sin revestimiento ni acabados ni remates, de viviendas donde se podía ver el bloque de hormigón, o de chalés en medio del campo con ornamentaciones exageradas y de dudoso gusto.

El feísmo es un término urbanístico tan asumido en Galicia que del sarcasmo de sus impulsores pasó a los documentos oficiales. Los expertos dicen que se trata de un fenómeno que se circunscribe a esta comunidad y que termina en la frontera con Asturias, León y Portugal, pero creo que se equivocan. El feísmo avanza que es una barbaridad. Y el efecto final de la dejación urbanística y medioambiental que ha traído el boom de la construcción inundó primero el litoral de feísmo y luego los campos y el casco urbano de muchos pueblos de Andalucía.

Entre los elementos presentes en la arquitectura del feísmo figura la coexistencia no armoniosa de órdenes y estilos arquitectónicos. Sólo hay que pasear por los pueblos andaluces para ver que las tradicionales casas encaladas conviven con edificaciones de varias plantas en ladrillo sin recubrir y donde se mezclan todo tipo de materiales de construcción. Muchas de estas nuevas viviendas en los cascos urbanos no mantienen tan siquiera la línea de la acera, ni tampoco respetan un mínimo alineamiento en altura. En ellos, el blanco de la cal ha sido sustituido por los zócalos alicatados y las fachadas se rematan de colores ocres o burdeos.

El campo en los pueblos andaluces se ha llenado de chalés con piscina y de estructuras de hormigón. Estas últimas pueden permanecer sin terminar durante décadas, o directamente no concluir nunca. Muchos chalés se han levantado con una licencia de aperos de labranza y no son la vivienda habitual de nadie. Se utilizan para pasar el fin de semana, y ahora, sobre todo, para venderlas a jubilados ingleses. Al escritor Suso de Toro -los escritores gallegos han descrito muy bien este fenómeno- no le gusta el término feísmo. Lo considera estúpido, ya que, a su juicio, "oculta la necesidad y el sufrimiento de la gente de pueblo, también su esfuerzo y su capacidad para salir adelante. La valentía de quienes no esperaban a que les pusiera el Estado una vivienda, sino que se la construyeron a pulso". Por eso no le gusta que se diga feísmo cuando se quiere decir especulación y desastre urbanístico.

A esto último me estoy refiriendo. El feísmo no es la detención de un alcalde por trincar. Eso se llama corrupción. Ni levantar una segunda planta para el hijo que se casa, eso es supervivencia. El feísmo es la consecuencia de que haya alcaldes que entienden que el desarrollo urbanístico es la única salida para su pueblo, y por ello renuncian a imponer una disciplina que comprometa su futuro electoral. Un fenómeno asociado a la falta de control, a la especulación, a la ambigüedad legal o a la ausencia de ella. Las conclusiones del congreso del feísmo iban precedida de una frase del arquitecto Cesar Portela: "Los edificios no son feos, son malos. Son fruto de una sociedad desnortada, atrapada por la especulación y el mal gusto". El feísmo lleva tiempo instalado en el litoral y el campo andaluz. Y aunque no hemos celebrado todavía un congreso como en Galicia, tenemos ya en Andalucía el emblema del feísmo: el hotel de El Algarrobico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de marzo de 2009