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Reportaje:El calendario

2009 y... la melancolía de 2008

La emoción en un año de resaca girará en torno al duelo de Alberto Contador contra Lance Armstrong y el Tour y a los de Usain Bolt contra los límites de la velocidad humana

Alentados por el aire de crisis general que respiramos y después de un 2008 en el que lo excepcional se hizo cotidiano, no dudamos de que 2009 será, también en lo deportivo, un año triste. Será imposible ver de nuevo a Tiger Woods ganando cojo el Open de golf de Estados Unidos en un agonizante desempate de 18 hoyos y asistir a otra batalla de siete horas, hasta el crepúsculo, sobre el césped de Wimbledon entre Rafa Nadal y Roger Federer, los dos mejores especímenes que el tenis ha generado en la última década. No habrá Nido de Pájaro ni el mayor espectáculo del mundo adornado por falsos fuegos de artificio y verdaderas ocho medallas de Michael Phelps y récords estratosféricos de Usain Bolt. También será imposible que Alberto Contador gane un Giro para el que no se había preparado ni que vuelvan a batirse, el bañador mágico ya parece amortizado, 108 récords del mundo en las piscinas. La sensación de crisis se agudiza cuando aumenta el olor de gasolina quemada de los fórmula 1, un campeonato que de nuevo verá al mejor piloto, Fernando Alonso, con un coche por debajo de su nivel y que, novedad, sufrirá como ninguna otra especialidad la crisis económica que afectará a todos: se retiran los fabricantes como se borran los patrocinadores y las televisiones de los Juegos Olímpicos, el mayor y más rentable espectáculo deportivo. Lo que no será óbice para que la fábrica de ilusiones siga echando el humo que todo lo difumina y que el 2 de octubre, viernes, sea uno de los días más señalados del calendario deportivo, aunque en tal jornada no haya ninguna gran competición anunciada, sino una reunión del Comité Olímpico Internacional en Copenhague para elegir entre Madrid, Chicago, Tokio y Río de Janeiro la sede de los Juegos de 2016.

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Será, pues, probablemente 2009 un año melancólico, de suspiros apenas contenidos recordando al gran 2008 y comparando. No habrá la posibilidad de ver a una selección española, la de baloncesto, vivir otro momento único, otra final olímpica contra Estados Unidos, por lo que en el Europeo de Polonia (del 7 al 20 de septiembre) habrá que intentar emocionarse disfrutando una vez más de Ricky Rubio y Rudy Fernández y considerándolo una revancha del triste subcampeonato de Madrid 2007. Phelps, gordo y relajado, no se muestra dispuesto a los sacrificios que le valieron los ocho oros de Pekín, ni siquiera los siete de los Mundiales de 2007, y ya anuncia que en los Mundiales de Roma (del 19 de julio al 2 de agosto) quizás sólo se le vea en las distancias más cortas. La Roja no tendrá competición a su altura, más que la rutinaria fase de clasificación del Mundial de Suráfrica 2010, por lo que los ánimos futboleros volverán a volcarse en los clubes, en el Barça, que enamora ahora y que quizás lo haga en la primavera llegando a la final de la Champions (Roma, 27 de mayo); no habrá un Woods con aura trágica, por lo que habrá que pensar que quizás sea el momento único para que Sergio García, a falta de un grande, pueda escalar al número uno del ranking del golf. Después del Wimbledon de 2008, después del número uno, después del oro olímpico, después de haber borrado a Federer, nunca podremos mirar con los mismos ojos a Nadal. Perderemos el gusto de la aventura, el sabor del descubrimiento. Todo lo que venga después se dará por sabido: tendrá más valor (negativo) el error que (positivo) la repetición del éxito.

De ese destino injusto podrán escapar, al menos, Contador, el ciclista que a los 25 años ya había ganado el Tour, el Giro y la Vuelta, y Bolt, el atleta jamaicano que destrozó con 21 años en Pekín los récords de los 100 (9,69s) y los 200 metros (19,30s). Ante el chico de Pinto se alzará, regresado del pasado, el muro de Lance Armstrong, un personaje que convertirá en algo único el desafío del Tour (Mónaco, 4 de julio-París, 26 de julio) y que dará aún más valor a su segunda victoria. El desafío que espera al gigante de Trelawny no es de carne y hueso, sino que está construido de tiempo, de un puñado de segundos, de un suspiro. En los Mundiales de Berlín (del 15 al 23 de agosto) tratará de llevar un poco más lejos aún los límites humanos, de poner a prueba la tesis del biólogo de Stanford que ha fijado en 9,48s (velocidad: 10,55 metros por segundo) el tope al que un ser humano puede correr sin más ayuda que la de sus piernas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de enero de 2009