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Crítica:CIRCO

Oníricus Infantilismo innecesario

El Circ d'Hivern de 9Barris ha dado productos buenísimos a lo largo de su esforzada trayectoria y tras haber rozado el cielo con Circus Klezmer (2004) y haber ganado el Premio Nacional de Circo de la Generalitat con Rodó (2005) los últimos espectáculos parecen deslizarse vertiginosamente por la decepcionante pendiente de la mediocridad. Fue el caso el año pasado de Click! y es el caso de esta 13ª edición con Oníricus. Puede que la imaginación y la creatividad necesiten de obstáculos para desarrollarse y que, ahora que las administraciones han decidido apoyar el sector, estas facultades se hayan relajado con exceso. La cuestión es que, así las cosas, la excursión de toda la familia hasta el Ateneu de 9Barris ya no vale la pena.

Oníricus pretende ser un invento, una máquina de soñar que ha de posibilitar la materialización de los sueños de todo aquel que la utilice, pero no acaba de funcionar y la trama se va en arreglarla. Un aparato enorme con palancas y engranajes ocupa gran parte del escenario, pero tanto el aparato en sí, como la aproximación de los intérpretes a sus personajes, ya desde el mismo vestuario que lucen, tienden hacia un infantilismo estúpido y, lo que es peor, casi insultante, de ese que confunde ser niño con tonto, cuando los más pequeños han demostrado en ediciones pasadas ser perfectamente capaces de participar y disfrutar del mismo circo que sus padres, pues ésa es precisamente una de las virtudes de esta disciplina, a diferencia de otras como el teatro y la danza, que necesitan ser adaptadas: el circo es por definición para todos.

Lo de tener que dar con un producto contemporáneo no parece ayudar mucho, pues es en la dramaturgia y en la fusión de lenguajes escénicos donde el espectáculo de este año también se pierde. Así Oníricus viene a ser una propuesta de circo musical fallida, una payasada con canciones de letras forzadas, números flojísimos y ritmo dilatado a cargo de unos personajes exasperantes, como el doctor chiflado y su torpe ayudante -los artífices del invento-, o la maléfica bruja que intenta sabotear la máquina y sus nulos secuaces. Hay otros personajes que rellenan la función: un bicho muy raro, más propio de una cabalgata que de un escenario; una pareja de ratones, los más simpáticos; un gato o un conejo, no sabría decirles, que se aguanta sobre el cable. Y mientras todos ellos desfilan, la máquina sigue sin funcionar. Oníricus tampoco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de enero de 2009