Cosa de dos
Columna
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Mentiras

Los políticos no mienten por vicio. Cuando mienten, lo hacen por piedad. Estos días circula una hermosa mentira: los Gobiernos de Washington y Londres, y espero que pronto el de Madrid, anuncian medidas contra las "remuneraciones excesivas" de los altos ejecutivos. Esa mentira piadosa fue muy útil hace unos seis años, cuando el cataclismo de las compañías de Internet, las llamadas puntocom. Las stock options, creadas justamente para soslayar los límites salariales de los ejecutivos, habían creado una burbuja bursátil que, como todas, acabó pinchando. Durante unos meses, la gente se enterneció escuchando la mentira. Luego se olvidó todo.

Nadie puede imponer topes a las "remuneraciones excesivas". Siempre habrá una manera de saltarse esos límites. Sólo existe un fenómeno que acorta la distancia entre los sueldos más altos y los más bajos. Además, reduce la actividad bursátil y hace casi imposible la especulación financiera.

Ese fenómeno provocó en 1979 una célebre portada de BusinessWeek, el ¡Hola! de las finanzas mundiales. El titular de la portada: "El fin de las acciones". Entonces llegaron las liberalizaciones y la globalización y accedimos al mundo contemporáneo. Este mundo en el que un despido masivo conlleva un alza automática de la cotización bursátil.

El fenómeno del que hablamos es la inflación. Ahora parece increíble, pero en los años setenta, cuando las hipotecas eran escasas (no se podía inventar dinero ficticio, como ahora) y para adquirir un piso había que firmar letras, la inflación permitió que millones de trabajadores compraran una vivienda. Los intereses de las letras eran fijos; los precios, y en menor medida los salarios, subían con rapidez. Eso favorecía a los deudores y perjudicaba a los acreedores.

No quiero que se dispare la inflación. Me limito a recordar que antes la inflación no era el único parámetro. Ahora sí. Ahora, sube la inflación y el Banco Central Europeo aumenta los intereses para estrangularla. En cambio, se asiste a la subida del paro como se asiste a una catástrofe natural: no se puede hacer nada, es ley de vida. Sepan que no lo es. En fin, ya sé que lo saben.

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