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Reportaje:PEKÍN 2008 | Esgrima

"Soy un poco bruto"

Abajo, conocido como 'Pirri', logra el bronce en espada y dice que su brusquedad y agresividad suplen sus deficiencias técnicas

El bronce llegó tras ocho segundos espasmódicos, romos y sacudidos por los chispazos de dos espadas. José Luis Abajo sudaba a chorros bajo su máscara y miraba de frente al desenlace gracias a los designios de la ventura: en la prórroga, con siete tocados iguales, tiraba contra el húngaro Boczko sabiendo que el sorteo ya le había declarado vencedor en caso de empate. Empezaron a caer uno a uno los ocho segundos, tintineantes, largos y cortantes como el filo de las espadas. Miró al frente Abajo. Escuchó el retumbar de los gritos de los españoles. Y recordó las dos palabras que impidieron que su derrota en semifinales acabara con toda su maravillosa campaña. "La doctora y mi maestro consiguieron animarme", recordó. "Me dijeron un par de palabritas que eran básicas. Que mi hija de cuatro meses me está esperando en Madrid. Que tenía que ir a buscarla con una medalla colgada al cuello. Que esto es una vez, y hay que aprovecharlo".

Empezó con 12 años y fue su padre, militar del Ejército del Aire, quien le inició

"Cuando ganas una medalla olímpica te haces inmortal", asegura Pirri

El asalto definitivo recibió a los espadistas con oscuridad de discoteca. Entre luces de neón apareció Abajo, firme y agigantado, sus 194 centímetros de estatura ocupando la sala con imperiales aires de deportista lanzado. El español se sacudió las piernas como queriendo espantar fantasmas. Toqueteó la punta de su arma, cargada con un sensor para determinar la certeza de sus golpes. Y buscó la mirada cómplice de Ángel Fernández, su maestro. Al choque de espadas del saludo le siguió la verbena. "¡Ese Pirri!, ¡Ese Pirri, eh!", le gritaba una veintena de españoles, con su madre tapándose los ojos con la bandera de España. "Yo soy español, español", le animaban, mientras Abajo, Pirri, el Pirracas de su abuelo, les escuchaba. Fue un gesto explícito. El chico miró al húngaro como cuando esperó a Matteo Tagliariol, su vencedor en semifinales y luego campeón. Con la cara descubierta, mirando fijamente a los ojos escondidos tras la rejilla de una máscara. Puro instinto. Pura corazonada. Abajo puro e inmortal.

"Cuando ganas una medalla olímpica te haces inmortal. Soy un poco bruto, y tengo una mano que de rápida a veces me perjudica", se sinceró luego envuelto en una bandera y convertido en el ganador de la primera medalla de España en su deporte más antiguo, la número 100 entre Juegos de verano e invierno (98 y 2). "Soy brusco y muy agresivo. Eso es lo que me ha hecho llegar hasta aquí: así puedo suplir algunas deficiencias técnicas", cerró mientras repasaba su asalto.

A cada tocado propio respondió el español con un puño y un grito lanzados al aire. La tensión recorrió a los dos rivales. Entre el bronce y la nada se impuso el miedo. Abajo bloqueando y bloqueando. Abajo con su juego de piernas flexionadas, tip tip y arranca, siempre a un paso de la reacción desatada. Y Abajo con la suerte de su lado. Bronce triunfal acompañado por 38 llamadas a su teléfono móvil y 96 mensajes de texto felicitándole por su éxito.

"Es la primera medalla que logramos en esgrima", resumió a sus 30 años. La esgrima, el único deporte de origen español, creado allá por 1470. "A mí me llega en el mejor momento. Estoy centrado... y cansadísimo". Abajo lleva con una espada en las manos desde los 12 años, cuando su padre, militar del Ejército del Aire, le inició en su deporte.

Su especialidad exige muñeca, ojo y planta. Bajo la máscara, las protecciones de las manos y el mono de combate, el calor es asfixiante. Cada espadista se ve obligado a elegir entre la iniciativa y el contraataque, llevando siempre hasta el límite cada fibra y cada nervio. La vista es auxiliar. En un deporte de alta velocidad, los expertos prefieren hablar de la intuición fruto de la repetición continua. Del momento de inspiración suprema. Jorge Pina, campeón de Europa de sable, lo llama "las sensaciones". Abajo, elegir entre ser y perecer. "Fue un combate a vida o muerte", les reveló por teléfono a sus Altezas Reales los príncipes de Asturias. Ya puede estar tranquilo. Lucía, su hija, le verá con una medalla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de agosto de 2008