Reportaje:EUROCOPA 2008 | Semifinales: Rusia-España

El oro de Moscú

Arshavin y compañía se repartirán siete millones de euros en primas si llegan a la final

Dicen que el fútbol es un estado de ánimo. El estado anímico de la selección rusa se disparó como las acciones de Google en la madrugada del 10 al 11 de junio. Sucedió en un popular hotel alpino llamado Krallerhof, en el valle de Leogang. El equipo acababa de regresar de Innsbruck tras perder contra España (4-1) en el debut en la Eurocopa y los hombres que gobiernan el fútbol de Rusia organizaron una cumbre para impulsar un proyecto en el que, por encima de los intereses deportivos, prevalecían los de carácter político. En el conciliábulo se citaron un delegado de Roman Abramóvich, fundador de la petrolera Sibneft y principal fuente de financiación de la Unión Rusa de Fútbol; un representante de Leonid Fedum, accionista mayoritario de Lukoil y dueño del Spartak de Moscú, y un vicario de Aleksander Dyukov, presidente de SIBUR, filial petroquímica de Gazprom y propietario del Zénit de San Petersburgo, entre otros. A la reunión también acudieron el seleccionador, Guus Hiddink, y su gran enemigo, Vitaly Mutko. Mutko, que ejerce al mismo tiempo de presidente de la URF y de ministro de Deportes, Turismo y Juventud, estaba obsesionado con una idea: la destitución fulminante de Hiddink.

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La propuesta de Mutko, que se manifestó escandalizado con el método liberal del entrenador holandés, consistió en buscar otro técnico para que dirigiera al equipo en el partido contra Grecia. No consiguió su objetivo porque los petroleros decidieron revalidar a Hiddink. La amistad que une al técnico con Abramóvich jugó un papel importante. No sólo para defender su puesto, sino para firmar las primas. Sus incentivos económicos y los de toda la plantilla. Este punto, que todas las federaciones resuelven antes del primer partido, no se había terminado de negociar en la selección que más valora el dinero.

En Rusia, el sueldo medio ronda los 400 euros mensuales. La brecha entre pobres y ricos es cada vez más grande. Quien tiene recursos goza de privilegios impensables para la mayoría. Los futbolistas de la selección, constituida por figuras de los clubes de Moscú y San Petersburgo, pertenecen a una pequeña clase afortunada. Son millonarios. Esto les confiere una condición social que suelen exhibir con arrogancia aristocrática. Para un futbolista ruso, el capital es el estímulo por excelencia. Por eso, la madrugada del 11 de junio supuso un paso fundamental. Las primas oficiales por alcanzar los cuartos de final se establecieron en 500.000 euros por cabeza. Un volumen inalcanzable para cualquiera de las selecciones de Europa. Una cantidad que triplica los premios que recibirán los españoles si ganan el torneo.

La inyección de petrodólares justifica la sonrisa permanente de Pavlyuchenko, símbolo de la predisposición desaforada de su equipo. Si el acuerdo de las primas anticipó las victorias sobre Grecia y Suecia, el paso a los cuartos reabrió las negociaciones. Antes del partido contra Holanda, los jugadores empezaron a recibir gratificaciones extraoficiales de empresarios. Pavlyuchenko, el goleador del Spartak, ingresó miles de euros extra por sus goles. Arshavin, la estrella del Zénit, también se convirtió en un beneficiario indirecto de la subida del barril de crudo. Fedum y Dyukov, presidentes del Zénit y el Spartak, respectivamente, no han dudado en estimular a sus muchachos para que completen una Eurocopa memorable. Lo consideran una inversión que esperan recuperar a fuerza de traspasos.

En diez días, los jugadores rusos han pasado de valer unos pocos millones de euros, en el mejor de los casos, a convertirse en verdaderas fuentes de especulación. El negocio tiene contentos a todos. Incluso a Mutko, que ha pasado de reclamar el despido de Hiddink a proponer su ciudadanía rusa con carácter honorífico. En Rusia todo es voluble y todo se improvisa. El día en que la selección derrotó a Suecia y se clasificó para los cuartos, el equipo se vio buscando un hotel para dormir. La federación no había hecho reservas ni plan de traslados. Hasta hace diez días el fútbol ruso era presa de un extendido sentimiento de fatalismo. Nadie creía en el éxito. Las primas se dejaron para última hora.

Hoy, los jugadores tienen 500.000 euros en el bolsillo y han llegado a un acuerdo para repartirse siete millones más en caso de derrotar a España. ¿Y si ganan la final? Ayer en Rusia, ante la idea, nadie descartaba reabrir negociaciones para establecer nuevas primas. El escenario ha desatado la codicia. La táctica de Hiddink vale el oro de Moscú.

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