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Reportaje:CINE

Aventuras a la sombra de Indiana Jones

Las hazañas del intrépido arqueólogo, cuya cuarta entrega se estrena este jueves, están forjadas con la misma pasta que los clásicos de un género que atrapa al espectador.

El ladrón de Bagdad

Raoul Walsh (1924)

Con sus arriesgadas acrobacias, su porte atlético y su alegre vitalismo, Douglas Fairbanks fue el héroe preferido por el público norteamericano en las primeras décadas del siglo XX. Se metió sucesivamente en la piel de D'Artagnan, de Robin Hood, de El Zorro... Pero su obra maestra es sin duda El ladrón de Bagdad. La película es un derroche de imaginación y de fantasía llena de vuelos en alfombras mágicas, caballos voladores y aventuras submarinas. William Cameron Menzies, que años después fue el director artístico de Lo que el viento se llevó, diseñó unos exóticos decorados inspirados en el modernismo y el art déco, y Raoul Walsh, que con el tiempo se convertiría en todo un especialista en el género de aventuras, la dirigió siguiendo todas y cada una de las pautas marcadas por Fairbanks. Sobran las palabras, y nunca mejor dicho.

King Kong

Cooper y B. Schoedsack (1933)

Una isla misteriosa, peligrosos indígenas, animales prehistóricos, cineastas sin escrúpulos... Y, sin embargo, la verdadera aventura en King Kong es el trágico amor imposible de un gorila gigante por una bella aspirante a actriz, interpretada por la inolvidable Fay Wray. De la larga y compleja producción del filme destaca el trabajo de Willis O'Brien, un maestro de los efectos especiales, que fue el creador del cuerpo (en realidad eran seis miniaturas de tan sólo 45 centímetros) y el responsable de los movimientos del gran simio que vemos en la pantalla. Sólo disparándole desde un aeroplano pueden los hombres acabar con esa fuerza de la naturaleza que es King Kong encaramado en lo más alto del Empire State Building pero, como se dice en la frase que cierra la película, "no fueron los aviones. La belleza mató a la bestia".

Tarzán y su compañera

Cedric Gibbons (1934)

Fue la segunda película de la serie, con la misma selva, parecidos lances y el mismo despliegue atlético por parte de Johnny Weissmüller. Pero, a diferencia de Tarzán de los monos, en ésta el erotismo y la sensualidad sorprenden agradablemente. Jane, Maureen O'Sullivan, luce un atrevido biquini de piel, se baña desnuda en las aguas del río y la vemos desvistiéndose a contraluz en una tienda de campaña. Tan osado atrevimiento tuvo una contundente respuesta de la oficina de censura que recomendó a los productores que eliminaran la sensual escena del baño o que, al menos, sombrearan el cuerpo desnudo de Jane. Como resultado, en las siguientes películas de Tarzán vimos a una Jane mucho más recatada en el vestir, sin su selvático biquini. No era lo mismo, claro, aunque como ella misma decía en una escena, "la mejor arma femenina es la imaginación de los hombres".

Capitanes intrépidos

Víctor Fleming (1937)

Esta adaptación de la novela de Rudyard Kipling ha emocionado a lo largo de los años a generaciones y generaciones de espectadores. Y seguirá haciéndolo porque son pocos los capaces de desatar ese nudo que se forma en las gargantas cuando se ve a Manuel, el marinero portugués al que da vida Spencer Tracy, desapareciendo entre las aguas del océano.

La historia no es otra que un proceso de aprendizaje, el viaje hacia la madurez de un pobre niño rico, Freddie Bartholomew, que cae al mar desde un lujoso transatlántico y es rescatado por un modesto barco de pesca. A bordo del velero el chico dejará atrás definitivamente su caprichosa infancia, se enfrentará cara a cara con la dureza de la vida, y se dará de bruces con la realidad de la muerte. ¿Hay acaso mayor aventura?

Las cuatro plumas

Zoltan Korda (1937)

Los hermanos Korda, Alexander y Zoltan, húngaros de nacimiento, viajaron por media Europa hasta que recalaron en el Reino Unido, en donde fundaron una productora, la London Films, que se convirtió en la piedra angular de la moderna industria cinematográfica británica. Las cuatro plumas, basada en la novela de A. E. W. Mason, es una de sus más famosas producciones. Ensalza la época colonial británica mostrando un heroísmo sin límites pero también su amargo reverso, la cobardía. "Sea cobarde y viva feliz", le dicen al protagonista en un momento del filme. "He sido cobarde y no he sido feliz", responde él. Ese joven oficial británico que decide renunciar a su carrera militar antes de que comience la guerra luchará, en definitiva, por encontrar una paz interior perdida devolviendo una a una esas plumas que sus amigos y su novia le han entregado.

El cisne negro

Henry King (1942)

Gracias a películas como El Capitán Blood o El Halcón del mar, habíamos visto a los piratas como héroes románticos, seres en perpetua rebeldía contra el orden establecido. En El cisne negro, adaptación del libro de todo un especialista en el género, Rafael Sabatini, nos encontramos, por el contrario, con un corsario, Jamie Waring, interpretado por Tyrone Power, que vive en la fina frontera que delimita dos épocas: la de la piratería tradicional y una nueva en la que filibusteros, amnistiados por el rey de Inglaterra, ocupan cargos de responsabilidad política. "Los piratas ya son historia, tienen que ceder paso al progreso", dice nada menos que Henry Morgan, convertido por gracia de Su Majestad en gobernador de Jamaica. Una de piratas, sí, con batallas navales, duelos e historias de amor, pero con un trasfondo amargo, como si asistiéramos al crepúsculo de un tiempo que ya no volverá.

El tesoro de Sierra Madre

John Huston(1948)

Para John Huston la vida en sí ya era una aventura y muchas de sus películas reflejaron su inagotable vitalidad, su ansia por exprimir hasta la última gota de la existencia. En El tesoro de Sierra Madre Humphrey Bogart, Tim Holt y Walter Huston encarnan a unos desarraigados perdedores que sueñan con encontrar oro en las montañas de México. Su insaciable sed de riqueza va alimentando su codicia y la desconfianza mutua. "El oro es una cosa francamente diabólica, cuanto más tienes, más quieres", se dice en el filme. El resultado final es un amargo retrato de la condición humana. Unos personajes que pasan ante nuestros ojos desde la ternura más profunda a la más absoluta mezquindad. Una película que a Jack Warner, el productor, nunca le gustó del todo. Bogart parecía un vagabundo, no había apenas mujeres y para colmo los bandidos mexicanos hablaban en español.

El halcón y la flecha

Jacques Tourneur (1950)

En una entrevista a Cahiers du Cinema, el propio director reconocía su cariño por este filme pero lo definía simplemente como "una buena película menor". Y sin embargo, cada vez que volvemos a verla nos parece más y más grande, una absoluta obra maestra. Quizá porque tiene todo aquello que se echa en falta en el cine de hoy: talento y diversión. Con ella Burt Lancaster pretendía relanzar su carrera, marcada por una serie de películas de cine negro. Y su apuesta no pudo tener un resultado más luminoso. El Dardo que interpreta es a la vez valiente e intrépido, infalible con el arco y capaz de hacer mil y una piruetas y acrobacias. Pero es también un ser íntimamente herido, marcado por el abandono de su mujer. A su lado, el fiel Piccolo, el inolvidable Nick Cravat, su silencioso compañero de aventuras y volteretas.

Mogambo

John Ford (1953)

"Eso pasa en todos los safaris", explica Clark Gable. "La mujer se enamora del cazador blanco y nosotros nos aprovechamos". Lo que pasa es que en Mogambo no hay una mujer, sino dos. Y vaya dos. Una sofisticada y aparentemente glacial Grace Kelly y una volcánica y felina Ava Gardner. Por si esto no fuera poca aventura, en España la censura en el doblaje convirtió a Grace Kelly en hermana y no en esposa. Se quería así ocultar el posible adulterio pero el resultado fue peor porque se insinuaba un incesto. Rodada en África, lejos de su querido Monument Valley, y con unos actores que no eran de su cuadrilla, puede parecer a priori el menos fordiano de los filmes de John Ford. Pero escarbando un poco encontramos fácilmente la fina ironía y esa inequívoca camaradería que están presentes en muchas de las películas del genial director.

El salario del miedo

Henri Georges Clouzot (1953)

Cuatro hombres, mitad aventureros mitad desesperados, transportan una carga de nitroglicerina en unos destartalados camiones, atravesando un inhóspito país latinoamericano con la misión de apagar un pozo petrolífero que ha ardido. H. G. Clouzot, el célebre director de Las diabólicas, adaptó la novela de Georges Arnaud y consiguió hilvanar una historia en donde el peligro por el posible estallido de la carga se va mascando no ya minuto a minuto, sino casi segundo a segundo. Pero, por debajo de esa tensión subterránea, el director ofrece al espectador una metáfora del capitalismo más salvaje y despiadado, así como una visión profundamente nihilista de la existencia humana. El salario del miedo ganó en 1953 la Palma de Oro del Festival de Cannes. En 1977, con los mismos hilos, William Friedkin realizó una nueva versión de la historia, titulada Carga maldita, que fue un sonoro fracaso.

Cuando ruge la marabunta

Byron Haskin (1954)

Una vez más la eterna lucha entre el hombre y la naturaleza. De una parte, un rico propietario, dueño de una plantación de cacao en plena selva suramericana. De otro, un devastador ejército de hormigas. En medio, una hermosa mujer que se ha casado por poderes con el latifundista. El atractivo de la película radica por una parte en ese enemigo difuso, la marabunta, que va apareciendo de forma gradual ante el espectador. Y por otra, en la tensión sexual entre el personaje interpretado por Charlton Heston, experto en el cultivo del cacao pero poco versado en mujeres, y una viuda a la que da vida una magnífica Eleonor Parker, y que deja para el recuerdo una memorable contestación cuando Heston se entera de que no es virgen. "Si usted supiera más de música, se daría cuenta de que un piano suena mejor cuando se ha tocado".

Los vikingos

Richard Fleischer (1958)

Kirk Douglas explica en sus memorias que en realidad la película no deja de ser un western que se desarrolla en tiempos de los vikingos. Pero lo cierto es que la explosión de traiciones, conquistas y saqueos que nos depara este filme es difícil de encontrar en una historia que transcurra más allá de Río Grande. Fue producida por el propio Douglas, que contrató a expertos nórdicos para que le asesoraran históricamente, construyó un poblado vikingo en Noruega y se hizo con los servicios del mayor número posible de remeros noruegos para que guiaran los drakkars. Pero viendo al propio Douglas enfrentado a su hermanastro, Tony Curtis, por el amor de Janet Leight, o saltando de remo en remo, o ese funeral, con la nave vikinga alejándose mar adentro mientras se incendia, magistralmente fotografiada por el operador Jack Cardiff, se le perdona cualquier anacronismo que cometiera.

Hatari

Howar Hawks (1962)

En Hatari, que significa peligro, un grupo de cazadores, con John Wayne a la cabeza, sale por las mañanas dispuesto a cumplir con su trabajo, que no es otro que capturar animales para los zoológicos, y regresa por la tarde a casa con la satisfacción del deber cumplido. El rodaje en sí del filme ya fue toda una aventura, como se puede deducir viendo las arriesgadas escenas persiguiendo a las fieras. Pero, sobre todo, la película es un hermoso canto a la amistad, la camaradería, la solidaridad y a la valentía personal y colectiva. La presencia de una mujer en ese grupo de hombres, esa fotógrafa interpretada por Elsa Martinelli, hará que se resquebraje por momentos esa sólida y pétrea unión. Pero como ocurre en muchas de las películas de Hawks, al final el grupo saldrá fortalecido y más unido si cabe.

Dersu Uzala, el cazador

Akira Kurosawa (1975)

Dersu Uzala nació después de que el director japonés superara una profunda depresión que le llevó a las mismas puertas del suicidio. Quizá por ello el filme es un hermoso canto a la vida y a la naturaleza. Ese viejo cazador nos enseña lo imprescindible que es cada ser que habita en la taiga, a interpretar el sonido del viento y el crepitar del fuego por la noche. Todo en la naturaleza tiene su lógica y romperla caprichosamente es quebrar una armonía universal. Dersu Uzala es también la historia de una profunda amistad entre dos hombres aparentemente muy distintos: el capitán Arseniev, que representa la inteligencia cultivada y el progreso, y ese pequeño guía dotado de un conocimiento natural e intuitivo. Y es también un canto nostálgico de un mundo condenado a desaparecer irreversiblemente, y de los hombres, que como Dersu Uzala, lo habitan.

El hombre que pudo reinar

John Huston (1975)

Aislados en mitad de las montañas, gastando el último leño con el que combaten la nieve y el frío, los pícaros soldados que interpretan Sean Connery y Michael Caine comprenden resignados que su muerte está cercana. Es entonces cuando repasan su vida, recuerdan algunas de sus hazañas y comienzan a reírse de forma estruendosa. Las carcajadas provocan un gran alud que les permitirá seguir su aventura en busca del reino de Kafiristán. Ninguna escena mejor que ésa puede resumir el espíritu de esta película, basada en un relato de Rudyard Kipling, alegre y vital como pocas. "No somos dioses, somos ingleses, que es casi lo mismo", grita Sean Connery a un grupo de indígenas. Y viendo la película estamos a punto de creer, efectivamente, que el arrojo y la voluntad del hombre lo pueden todo, hasta convertir a dos soldados del ejército imperial británicos en reyes.

En busca del arca perdida

Steven Spielberg (1981)

Cuando parecía que el cine de aventuras había caído en la mediocridad, cuando no en el olvido, George Lucas y Steven Spielberg decidieron homenajear las antiguas producciones de serie B y crearon a un inagotable arqueólogo que busca tesoros ocultos, ya sea el arca perdida o el mismísimo Santo Grial, con la misma ansia que un niño disfruta de sus juguetes una mañana de Reyes. Harrison Ford da vida a este Indiana Jones, un héroe vulnerable, que siente un pánico incurable ante las serpientes, pero dotado de una picardía y un carisma que le hacen inmediatamente cómplice del espectador. Cada vez que vemos una de las películas de la saga, subimos a una especie de atracción de feria; dejamos que Spielberg juegue con nosotros desde el prólogo, y nos mueva, acelere y frene a su antojo. Una montaña rusa de la que desearíamos no bajarnos nunca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de mayo de 2008