PEKÍN 2008 | Faltan 137 días para los Juegos

Una 'enferma' de la competición

La yudoca Isabel Fernández se multiplica para entrenar 11 veces a la semana, dirigir un gimnasio y trabajar de concejala

El mundo de Isabel Fernández viaja revuelto en el interior de un bolso negro coronado por aros metálicos. Allí se esconden una agenda y dos papeles doblados. En la libreta, línea a línea, se amontonan los compromisos de una mujer de 36 años, doble medallista olímpica, subcampeona mundial en 2007 y concejala de vivienda del Ayuntamiento de Alicante: a las 8 de la mañana, diana y desayuno; luego, hora y media de entrenamiento; inmediatamente, la vespa color manzana camino del Ayuntamiento; a las tres, comida y siesta; después, más trabajo, más papeles y la merienda de las siete. El quimono se suda combatiendo contra hombres de 20.30 a 22.30. Y al final, 11 de la noche, la cena como preludio de un último repaso a los deberes del día siguiente. Dos papelitos recogen sus tablas de carrera y pesas: 66 kilos en press banca, 65 en tracción... las armas con las que asaltar el oro olímpico con un cuerpo de 57 kilos.

"Ya era medallista y cargaba vacas en el camión de su padre", recuerda su técnico
"Me dejo la piel. Hay que estar al pie del cañón. Si te tiran te tienes que levantar"

"Tengo la sensación de vivir con alguien que está enfermo", resume Javier Alonso, marido y entrenador de Isabel. "Cuando llega el fin de semana está tan agotada, tan cansada, que hemos tenido que condenar muchas cosas", cuenta. "De las 14 sesiones de entrenamientos posibles a la semana, una de mañana y otra de tarde al día, Isabel hace 11: todas de lunes a viernes, más una sesión el fin de semana", añade. "Lo que otros usan como ocio ella lo ha tenido que condenar a dormir como una marmota, a competir, a ver vídeos de rivales y tomar notas. Un día nuestro es complicado. Todo gira en torno a la edad de Isabel, que ya tiene 36 años. Tiene algo más que su deporte: un negocio, que es su gimnasio, y una vida profesional, ser concejal, que tiene que compaginar con ser deportista de élite".

En el mundo del yudo, Isabel es un mito. En su gimnasio -que recibe a los niños con la foto de la patrona como abanderada de España en los Juegos de Atenas 2004-, una yudoca más. Allí suda Isabel la gota gorda con su coleta alta de combate y sin sus pendientes de perlas. La preparación es rigurosa. Agobiante. Los combates eléctricos se separan con tres minutos de descanso para medir las pulsaciones y beber agua. Resuena el pito de Javier sobre el tatami. Truenan las bromas contra el techo: "¡Te está ganando una chica!", le dicen al contrincante de Isabel. Y lucha por el suelo, agarrada al rival con la fuerza de un cepo, la hija de los tratantes de ganado, la niña preferida del pueblo, la guerrera incansable.

"Isabel es excepcional", argumenta su entrenador. "Es insustituible. Hay un chiste de Mafalda. Miguelito va y dice, 'Mira, la estatua del luchador incansable'. Y Mafalda le contesta: 'Así no tiene mérito. Era incansable'. Eso ocurre con Isabel. Es un coco, una máquina de competir".

"Hay que entender", continúa Alonso, "que desde pequeña vio a sus padres trabajar de lunes a lunes, sin vacaciones: las vacas las tienes que ordeñar y el campo hay que cuidarlo sea lunes o domingo", añade. "Cuando ya era medallista olímpica, su padre le despertaba a las cuatro de la mañana porque necesitaba alguien que le ayudase a subir las vacas al camión. Nunca protestaba. Y luego se entrenaba. Ya era medallista olímpica y un día me la encontré en lo alto de un camión a las cuatro de la tarde, la hora de su siesta, bajando balas de paja. Es producto de todo eso: salió porque tenía que salir".

"Yo soy competidora", coincide Isabel, la amabilidad hecha yudoca. "Tengo las cosas claras", sentencia. Y desgrana paso a paso un listado de pensamientos que es un resumen de frases de autosugestión. "Sé que a veces las rutinas cansan, pero eso pasa en todos los trabajos. Hay que estar al pie del cañón. A veces, si lo piensas mucho... pero no hay que pensar, sino ponerse el quimono y entrar dentro del tatami. Me adapto bien a las cosas. Cuando eres competidor sabes que la vida es así. Si te tiran te tienes que levantar e intentarlo otra vez. Me dejo la piel. Eso también me sirve en el trabajo: la competición es una forma de vida y en todos los trabajos, con unos y con otros, compites. Si quieres subir, tienes que estar al día y hacerlo lo mejor posible para estar por delante. No me afecta la presión. Yo entreno y lo doy todo, pero compitiendo soy el doble. Rindo mucho más".

¿Qué hay detrás de una medalla? Isabel remueve el café con leche, en vaso largo y ya frío. No lo prueba. Y contesta.

"Hay competiciones, entrenamientos, calentamientos, pesajes, acreditaciones, salidas, viajes, preparar cada combate, un montón de cosas... ¡un jaleo! Terminas una competición y enseguida tienes la siguiente. No puedes pararte. Y eso es una motivación".

En la agenda de Isabel, que se plantea la retirada tras los Juegos Olímpicos de Pekín, hay una página señalada: el 11 de agosto arranca la prueba de yudo en la capital china. Cuando llegue ese día, tras horas de estudiar vídeos de sus rivales, Isabel no habrá hablado con ningún psicólogo deportivo. Sí habrá puesto el despertador, eso son nervios, eso es estrés, para no caer en el peligro de quedarse dormida. Y una vela crepitará en la ermita de la Virgen del Rosario, entre los Arenales y Santapola, frente a la playa. No habrá pedido la victoria. Eso, confiesa, lo hacía antes. Ahora, cuando ya ha firmado una carrera de leyenda, cuando ya es doble medallista olímpica, sólo pide una cosa. "Volver a casa como me he ido".

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