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Reportaje:PURO TEATRO

Spacey y Goldblum ligan Jackpot

David Mamet triunfa en Londres con la reposición de Speed-the-plow, trama de trepas baratos de la industria del cine. La función es un trueno y cuando cae el imaginario telón todo el público se pone en pie, rugiente de entusiasmo

Tengo sobredosis de estrenos, y bienvenidos sean. Aún he de hablarles de La tortuga de Darwin, en la Abadía, y de El guía del Hermitage, en el Bellas Artes. Y todavía no he visto El círculo de tiza caucasiano, en el Nacional catalán, con la Lizarán como el juez Azdak, y La forma de las cosas, de Neil Labute, en el Lliure, y el Rey Lear de Vera, que me zamparé la semana próxima, pero en medio me he escapado a Londres y traigo tres piezas de caza mayor: 1) el Otelo con Chivetel Ejiofor y Ewan McGregor, que ha desbordado la Donmar Warehouse, 2) el no menos sublime Much Ado for Nothing, en el NT, con Zoe Wanamaker y Simon Russell Beale y 3) el revival de Speed-the-plow, en el Old Vic. Empiezo por ésta. Éxito descomunal. Por la obra, una de las menos repuestas de Mamet; por su director, Matthew Warchus, el artífice del triunfo internacional de Art (y coautor, por cierto, de la adaptación de The Lord of the Rings, en el Royal Drury Lane) y, ante todo, por la pareja protagonista: el enorme Kevin Spacey, director artístico del Old Vic, y Jeff Goldblum, que pisa por primera vez un escenario británico, pero arrasó la pasada temporada en Broadway con su trabajo en The Pillowman, del irlandés Martin McDonagh. El tercer nombre del reparto es Laura Michelle Kelly, recientísima Mary Poppins en teatro y Lucy Barker en el Sweeney Todd de Tim Burton. La noche del viernes pasado no pude verla: estaba resfriada y actuó en su lugar Emma Clifford.

Estamos en un teatro inglés (más inglés imposible), pero esto es el cielo de Broadway: energía, técnica y convicción químicamente puras

Speed-the-plow, un retrato del corazón de Hollywood pintado al vitriolo, se estrenó hace casi veinte años (mayo de 1988) en el Royale Theater de Nueva York, con Joe Mantegna, Ron Silver y Madonna en su debut (y despedida) teatral. En España ha tenido, que yo sepa, tres versiones: la de Ricard Reguant, flojísima, en 1991; la de Fermín Cabal, ¡Métele caña!, en la Abadía, con Santiago Ramos, en 1994 (que no vi) y, por último, un notable montaje de Ferran Madico (Taurons, 1999), con Homar, Benito y Mia Esteve en la Villarroel. Con Speed-the-plow (una frase hecha que podría traducirse como "¡adelante con los faroles!"), entró por primera vez la sátira negra y el humor centelleante en la obra de Mamet, hasta entonces recorrida por humores más elípticos. Gould y Fox, sus protagonistas, no son muy distintos de los chorizos de poca monta de American Buffalo, los vendedores de Glengarry Glen Ross o los timadores de Casa de juegos: la intriga es su carburante vital y la soledad y el miedo, sus pies de barro. Bobby Gould (Goldblum) acaba de conseguir un puesto de poder en el estudio, y su segundo de a bordo, Charlie Fox (Spacey), cuyo trabajo ha consistido en lamerle el culo durante diez años, le trae en bandeja de plata el negocio de sus vidas: producir una buddy movie con el Bruce Willis del momento. El primer acto contiene los ritmos verbales (y físicos) más veloces desde que Hawks marcó con metrónomo los diálogos de His Girl Friday: no puedes quitar el ojo ni el oído del extraordinario stacatto entre Goldblum y Spacey. Estamos en un teatro inglés (más inglés, imposible), pero esto es el cielo de Broadway: energía, técnica y convicción químicamente puras. Mientras calculan el diámetro de sus futuras piscinas, entra en juego Karen (Clifford), la nueva secretaria. Para ligársela, Gould le encarga el urgentísimo informe de un mamotreto sobre el fin de la civilización occidental, que la muchacha ha de llevarle a su casa esa misma noche. El segundo acto es un radical cambio de ritmo y de tono. Contra todo pronóstico, el cínico Gould queda desarmado por la presunta inocencia de Karen, que defiende apasionadamente la novela como "un canto sobre la necesidad de amar". Pregunta capital: ¿Karen es una trepadora, una mística new age o un ángel redentor? Ese segundo acto siempre ha sido un problemazo por el dificilísimo equilibrio del personaje: para decirlo a la manera de Madonna, no ha de quedar claro, ni para Gould ni para nosotros, si la moza está cantando Like a Virgin o Material Girl. El señor Warchus, su director, nos la mete doblada con un órdago a la grande. El vestuario nada secretarial de Karen/Clifford inclina la balanza hacia la palmaria opción lagartona, y la casa de Gould, un picadero de lujo en Mulholland Drive, con hileras de velones afrodisiacos y cama redonda en el centro, parece optar, igualmente, por el sendero del más descarado vodevil. Uno está con la ceja más esdrújula que Arturo Fernández (o que Zapatero) hasta que Warchus logra lo impensable con un remate de alto riesgo: la moza, de pie en la cama, bañada por la luz blanquísima de un cañón cenital que deja a Gould en una sombra megametafórica (noche oscura del alma, blablablá), culmina su discurso en un estado de trance que ni Juana de Arco con el fuego de la hoguera lamiéndole las plantas. Hasta tal punto de que, a la mañana siguiente, tercer acto, un Gould más vulnerable y desconcertado que nunca (olé Goldblum) le dice a Fox que no promoverá la buddy movie sino la temible alegoría apocalíptica. Nueva pregunta: ¿el tiburón ha visto la luz en el abismo o sus sueños son tan mediocres como él? Charlie Fox no tiene tiempo de dilucidar esas sutilezas: hay demasiado dinero en juego. Como Teach en American Buffalo, Fox es el pragmatismo en estado salvaje. El perrillo se convierte en mastín, dispuesto a no dejar escapar su bocado, y Kevin Spacey desmonta las ansias de regeneración espiritual de su jefe con la contundencia y la ferocidad de un abogado sureño, culminando la faena con un ataque de cólera creciente, imparable, arrasador: da más miedito que cuando interpretó al psicópata de Seven. Despejado el camino a la cima, y tras aniquilar a Karen con sus propias armas, Fox y Gould brindan por su venturoso futuro: una interminable ristra de infectas y millonarias buddy movies. La función es un trueno, y cuando cae el imaginario telón todo el público se pone en pie, rugiente de entusiasmo, cosa poco frecuente en las pasionales pero un tanto circunspectas plateas del Reino Unido. Reserven ya, que está hasta abril.

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Speed-the-plow. Teatro The Old Vic. The Cut. Londres. Hasta el 26 de abril.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de febrero de 2008