DIETARIO VOLUBLEColumna
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El último en hablar

1 - Un amigo, de viaje por Alaska, estaba leyendo a finales del mes pasado The Anchorage Daily News -actividad, según me dijo, completamente inédita para él, cosa que comprendo perfectamente, pues no todos los días mis amigos o conocidos se dedican a leer semejante periódico-, cuando dio con una noticia local que le llamó mucho la atención, y más hallándose él mismo en el centro de Anchorage, la ciudad donde había ocurrido tan curioso y llamativo suceso. De hecho -explicó mi amigo-, se trataba de una noticia que destacaba por encima de todas en un lugar donde, por otra parte, no faltaban las noticias, la mayoría relacionadas con los alces, los animales que habitan los bosques que rodean a la ciudad y que sienten la atracción de la vida urbana y crean ciertos problemas. Pero la noticia que había llamado tanto la atención de mi amigo era más bien extraordinaria. La noche anterior había muerto en la ciudad la última persona del mundo que hablaba la lengua eyak. La señora Marie Smith Jones, nacida en 1918 en Córdoba (Alaska) había vivido sus últimos años en Anchorage y era la última eyak de pura raza y jefa de su decreciente tribu, a la que había dirigido en una batalla legal contra las grandes empresas madereras que talaban bosques en tierras ancestrales. Según Leonard Smith, nieto de Marie, su abuela había muerto en la cama, mientras dormía.

-Es horrible quedarse sola -había declarado Marie Smith Jones hacía tan sólo unos días.

La soledad de hablar una lengua que ya nadie conoce tiene que ser una experiencia extraña. Tal vez la conoció James Joyce cuando escribió su Finnegans Wake, invención de un idioma propio, intransmisible, final de recorrido. Pensando en todo esto, he recordado que en los años noventa había caído yo sobre una noticia parecida a la de Marie Smith Jones y la había anotado. He buscado en mi dietario y he visto que fue en noviembre de 1995, cuando en la región de Mambila, en la provincia de Adamawa, Camerún, se extinguió para siempre la lengua kasabe, llamada Luo por los hablantes de las lenguas vecinas.

Luego, mirando aún más atrás en el dietario, he encontrado otro caso de último parlante de una lengua muerta. Con fecha de septiembre de 1987 había registrado yo la defunción en Pala (California) de una anciana de 94 años que había sido la última del mundo en hablar cupeño, antiquísima lengua norteamericana. Y también había registrado la peculiar historia de la población yaaku, cuya lengua se había hablado, hacía más de 80 años, al norte de Kenia. Al lado de esa población había otra, la de los masais, los mismos que aparecen en Memorias de África, de Isak Dinesen, los mismos que encandilaron a la escritora: "Qué hermosas eran las noches en la reserva masai cuando llegábamos después del crepúsculo al río...". Por lo visto, la cultura de los masais comenzó a ejercer sobre los yaaku una influencia tan grande que al final los yaaku empezaron a casarse con los masai, y hasta cambiaron su estilo de vida por el de sus admirados masai, dándose el insólito y sin duda extravagante caso de que hacia finales de los años veinte decidieron incluso abandonar su lengua, y todo porque anhelaban abrazar la de sus queridos vecinos.

2

- "Habla también tú, aunque fueras el último que hablase" (Paul Celan, Alocución de Bremen).

Ha de ser extraño hablar para nadie, y aun así tomar la palabra. Ha de ser extraño ser el último en hablar, sentir toda la extrema tensión de una lengua concentrada en uno mismo en el momento en el que ésta desaparece. Ha de ser extraño ser el último, y luego escuchar el largo adiós del silencio eterno. Recuerdo la escena final de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, cuando el Cónsul ha entrado en El Farolito, el último bar de su vida, adonde ha ido a buscar las cartas de Yvonne que había allí olvidado. Se trata de uno de los ejes del libro: las cartas extraviadas que han llegado sin embargo a su destino. Cuando las ve, comprende que sólo podían estar allí y que al final va a morir por ellas. El Cónsul bebe un poco más de mezcal. "Es este silencio lo que me aterra... este silencio...".

Esta mañana, pensando en aquel murmullo último del Cónsul, he evocado otros silencios. Por ejemplo, el de aquel viejo desdentado con problemas de dicción y sordo como una tapia que se llamaba Tuone Udaina (Antonio Udina en italiano), la última persona que habló la lengua dálmata. Matteo Bartoli, un lingüista italiano, obtuvo de Udaina en 1897 una serie de informaciones últimas sobre esa lengua que iba a extinguirse cuando Udaina desapareciera. Lo recogió todo en un libro de imponente título (Das Dalmatische: altromanische Sprachreste von Veglia bis Ragusa und ihre Stellung in der apennino-balkanischen Romania), que es un extenso réquiem por aquella lengua difunta, el dálmata: lengua romance, hermana del español y de mucha menor fortuna que éste; lengua que fue importante y que se habló en la costa dálmata, en la actual Croacia, y que san Jerónimo, por citar a un dálmata célebre, hablaba en la intimidad familiar, aunque para escribir prefiriese el latín de la Vulgata.

Tuone Udaina, cuando era pequeño, oía a sus padres que hablaban el dálmata a escondidas, y lo fue aprendiendo. Cuando conoció a Matteo Bartoli, tenía ya 80 años. A los pocos meses, una mina enterrada estalló a sus pies, y el pobre desdentado, último parlante de su lengua, voló por los aires, sin tiempo siquiera para pronunciar la última palabra dálmata. A Matteo Bartoli sólo le quedó certificar que el 10 de junio de 1898, a las seis y media de la mañana de aquel día, había ocurrido la defunción de Udaina y con él había desaparecido para siempre una lengua con muchos siglos de historia. Luego, siguió un silencio eterno, no sé si emocionante. Queda en todo caso claro que las cartas extraviadas del Cónsul llegan siempre a su destino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0016, 16 de febrero de 2008.