Columna
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Emigrantes

En el Select de Montparnasse, café que ya frecuentaban Picasso y Hemingway, me encuentro con un viejo amigo parisino, cineasta, que acaba de regresar de Galicia. Lleva un tiempo realizando una serie de documentales sobre las culturas celtas. Y ha rodado en Irlanda, Isla de Man, País de Gales, Bretaña para concluir su periplo por Galicia.

Es la primera vez que visitaba nuestra tierra y regresa con sentimientos mezclados. Viene lleno de admiración por la belleza de los montes y por la vitalidad de las costumbres rurales y de las tradiciones populares, pero muy defraudado por la edificación salvaje y la destrucción de las costas. "Un horror ecológico", me dice.

Pero lo que más le ha sorprendido es la presencia de "minorías visibles" en las grandes ciudades gallegas. No esperaba hallar magrebíes y africanos en un terruño que creía étnicamente aislado. Algo así como una reserva de gaiteiros y muiñeiras. "Emigrantes en un país de emigrantes, no me lo imaginaba", me dice.

A mí lo que me sorprende es la reflexión de este amigo, un hombre comprometido con la causa humanitaria, y que aquí, en París, milita con los Don Quijote a favor de los sin techo y de los extranjeros sin papeles. Encuentra normal que urbes como París, Marsella, Londres, Barcelona o Berlin se hayan convertido en capitales multiculturales. Con poblaciones de orígenes étnicos diversos, donde el mestizaje de músicas, lenguas y gastronomías es la norma. Pero se resiste a aceptar que regiones como Galicia (o Auvernia, por ejemplo, en Francia) que, en el imaginario del gran publico, siguen teniendo una imagen marcadamente rural, se estén cada vez más pareciendo, por su composición demográfica, a las demás.

Galicia, le explico, ha cesado hace tiempo de ser un país rural. Y es normal que algunos africanos hayan decidido vender aquí su fuerza de trabajo. Lo cual además, como en otras partes, no les protege de las agresiones racistas. Agresiones que pueden aumentar, hacia todos los extranjeros pobres, en toda España con el fin del bum de la economía del ladrillo.

La crisis económica provocará una explosión del paro, sobre todo en los sectores de mano de obra barata y precaria ligados a la construcción. Y se cebara con los emigrantes. Provocando tensiones muy fuertes entre trabajadores de aquí y los de afuera. El racismo y la xenofobia van a extenderse a lo largo de este año de débil crecimiento económico. Y la extrema derecha se nutrirá de todos esos enfrentamientos y de todas las frustraciones para desarrollar un discurso de odio.

Tiempos sombríos se avecinan para los emigrantes que han recalado en nuestra tierra. En Galicia, muchos tienden a considerar a esos emigrantes venidos de África como agresores, delincuentes o hasta criminales. Algunos reclaman mano más dura para repeler a los intrusos, menos miramientos, y adopción urgente de medidas más radicales. Más vigilancia, más policía, más ejercito, más expulsiones... Sin parar a preguntarse por qué causas esas personas han salido de África y están dispuestas a correr tantos riesgos para, en definitiva, poner por precio vil, al servicio de nuestro confort y de nuestro alto nivel de vida, su fuerza de trabajo.

Hay que recordar que el África subsahariana es una de las regiones más empobrecidas del planeta. Con una pobreza extrema que se explica por diversos factores. En primer lugar, la trata de esclavos, crimen y genocidio que vaciaron durante siglos al subcontinente de millones de sus hombres y mujeres más jóvenes, sanos y fornidos, obligando a comunidades enteras a vivir escondidas y aisladas en las profundidades de la jungla, sin contacto alguno con los progresos de la técnica y de la ciencia.

Rememorar también que el continente africano ha sido, hasta hace apenas unos decenios, tierra de colonización. De una colonización impuesta a sangre y fuego, a base de guerras, exterminios y deportaciones. Todos los poderes locales que osaron oponerse y resistir a los conquistadores portugueses, británicos, franceses, alemanes, holandeses o españoles fueron aplastados.

Hoy día, a causa del calentamiento climático -provocado por nuestro inmoderado consumo de energía procedente de combustibles fósiles-, miles de agricultores africanos en el Sahel abandonan el campo para ir a amontonarse en los barrios de latas de las periferias urbanas desde donde la miseria y el hambre empujarán a los más atrevidos a tratar de emigrar a Europa. A bordo de cayucos hasta Canarias o atravesando el Sáhara e intentando después cruzar a Europa.

Éstas son algunas de las razones que explican por qué un o una joven del sur del Sáhara, en plena salud y a menudo con buena formación educacional, no desea seguir viviendo en lo que es el calabozo del mundo. En este momento, decenas de miles de estos emigrantes forzados están marchando hacia los vados que conducen a Europa, a Galicia, con la esperanza de poder vivir, por fin, una vida de persona normal.

Y quizá también con la reivindicación inconsciente de que algo les debemos nosotros, los gallegos, de nuestra riqueza actual.

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