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Reportaje:OPINIÓN

Batiburrillo en Lisboa

El nuevo tratado reformado de Lisboa es una porquería, pero da libertad a la Unión Europea para hacer cosas más importantes

Los dirigentes de la Unión Europea congregados el jueves pasado en el monasterio de los Jerónimos de Lisboa para firmar lo que, en algún momento, se pretendió que fuera una Constitución europea, se reunieron en un glorioso edificio del característico estilo manuelino portugués, fueron recibidos por un primer ministro llamado Sócrates y, después, dieron su aprobación a un auténtico batiburrillo.

Yo que ellos, me habría concentrado en la arquitectura. Y en la buena comida que celebraron después, en la antigua escuela ecuestre de un palacio real. Una ciudad maravillosa, Lisboa. Es una lástima lo del tratado. En la versión inglesa que me he descargado de la página oficial de la Unión Europea, veo que tiene 175 páginas de texto, más 86 de los protocolos de acompañamiento, un anexo de 25 páginas que vuelven a numerar los artículos de los tratados existentes, y un "acta final" de 26 páginas que incluye nada menos que 65 "declaraciones" separadas. Y eso no es más que la versión en inglés; hay que difundirlo en las 23 lenguas oficiales de la UE y -un detalle enterrado en la declaración 16- también en varias no oficiales. Dado que la mera impresión del tratado en todas esas lenguas va a suponer la destrucción de varios bosques, es difícil conciliar ese dato con su compromiso, en un nuevo artículo 2, de proteger el medio ambiente.

El nuevo tratado reformado de la UE parece el manual de instrucciones de una carretilla elevadora

Y, sin embargo, se mueve; el legendario suspiro de Galileo parece ser el verdadero lema secreto de la UE

Muchas de las "declaraciones" que matizan el texto son resultado de las intervenciones del grupo de los indisciplinados, que, en la época de negociación del tratado, estaba formado por Gran Bretaña y la Polonia de los gemelos Kaczynski, y ahora consiste sólo en Gran Bretaña. Varias son las traducciones a la jerga comunitaria de las llamadas "líneas rojas" del primer ministro británico, Gordon Brown, concebidas para protegerle de avalanchas euroescépticas y evitarle tener que convocar un referéndum (Dinamarca también ha contribuido, con su decisión de no celebrar dicho referéndum). Entre ellas, unas reservas molestas y más bien sin sentido respecto a lo que tendría que ser uno de los elementos más positivos de este tratado: los mecanismos para dotarse de una política exterior europea más firme y mejor coordinada.

En otros pasajes (declaración número 52), 16 Estados miembros proclaman que todavía les gustan los símbolos de la UE: la bandera, el himno, el lema ("unidos en la diversidad", por si lo habían olvidado), el euro y el Día de Europa, que se celebra el 9 de mayo. Pues me alegro por ellos. En la lista de firmantes no figura Francia. ¿Quiere eso decir que Francia no aprueba esos símbolos? Y, si estamos "unidos en la diversidad", ¿por qué se unen sólo 16 de los 27 miembros para apoyar ese lema?

No obstante, me encanta ver que ha sobrevivido mi elemento favorito de las versiones anteriores del proyecto de Constitución. Por la presente otorgo el premio Salvador Dalí a la declaración más surrealista en el tratado de la UE a la número 58, en la que los Gobiernos de Letonia, Hungría y Malta declaran solemnemente que la ortografía del nombre de la moneda única en los billetes y monedas "no tiene ningún efecto sobre las normas actuales de las lenguas letona, húngara y maltesa". ¿Qué tiene la palabra euro -me pregunto- para que trabe tan horriblemente las lenguas de letones, húngaros y malteses? ¿Y qué se pretende con esta declaración? ¿Es por miedo a que, sin este conjuro preventivo, la palabra euro pueda convertirse en una especie de polonio semántico que devore poco a poco la sustancia orgánica del letón, el húngaro y el maltés? Me parece que deberían explicárnoslo.

A mi izquierda tengo este inmenso mamotreto de 312 páginas y varios ejemplares de tratados anteriores, sin los que es imposible entenderlo; a mi derecha, un elegante volumen rojo de bolsillo, de sólo 60 páginas, que contiene la Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos de América, aprobada hace 220 años, con todas las enmiendas posteriores. "Nosotros, el Pueblo de Estados Unidos, con el fin de formar una Unión más perfecta, establecer la Justicia, asegurar la Tranquilidad interna, mantener la defensa común, promover el Bienestar general y obtener las Bendiciones de la Libertad para nosotros y para nuestra Posteridad...", así comienza. "Su Majestad, el Rey de los Belgas...", empieza el tratado europeo, y después se adentra en un matorral de presidentes y cabezas coronadas y, tras una referencia a que hay que completar "el proceso iniciado por el Tratado de Amsterdam y por el Tratado de Niza", llega a este prometedor primer artículo: "El Tratado de la Unión Europea se enmendará de acuerdo con este artículo". Luego, añade al preámbulo del tratado actual parte de la horrible palabrería desarrollada por Valéry Giscard d'Estaing para la Constitución que nunca fue. ¡Ach Europa!, como dijo el escritor Hans Magnus Enzensberger en una ocasión.

Resulta doloroso recordar que hubo un tiempo en el que nuestra Constitución quería ser lo mismo que la estadounidense: una afirmación noble e inequívoca de lo que es nuestra Unión, cómo funciona y qué valores representa, en una prosa enérgica. Al menos, ésa era la esperanza que tenían algunos cuando Europa emprendió este viaje, hace seis años, y no sólo los miembros de las élites europeístas. En una encuesta realizada por el Eurobarómetro en otoño de 2001, dos tercios de los entrevistados respondieron que, en su opinión, la UE debía tener una Constitución. En la propia Gran Bretaña, ésa fue la respuesta del 58%. Qué deterioro hemos sufrido desde entonces. Empezamos con la intención de darnos un banquete constitucional y hemos acabado con un tentempié de tres al cuarto.

Y, con todo, la Unión Europea sigue funcionando y creciendo. "Y, sin embargo, se mueve", eppur si muove: quizá el legendario suspiro de Galileo es el verdadero lema secreto de la UE. Una destacada experta en las instituciones europeas, la profesora Helen Wallace, acaba de publicar un informe sobre el funcionamiento de la UE desde la gran ampliación hacia el Este de mayo de 2004. En contra de las sombrías predicciones de paralización, su conclusión es que ha seguido funcionando bastante bien, mediante adaptaciones pragmáticas y reformas de aspectos ajenos al tratado. Este tratado reformado de Lisboa, pese a ser modesto y estar plagado de matizaciones, debería permitir que la Unión funcione un poco mejor cuando entre en vigor -suponiendo que lo ratifiquen los 27 Estados miembros-, en enero de 2009. Ahora bien, un noble documento constitucional, comparable al de Estados Unidos, no es. Se parece mucho más al manual de instrucciones de una carretilla elevadora.

El tratado, por sí solo, no va a ayudar a convencer a los ciudadanos de Europa, ni del resto del mundo, de que la Unión Europea sirve para algo. Pero sí ayudará a la UE a hacer cosas que puedan servir para convencer. Ahora que, por fin, se ve en el horizonte el final de este largo y decepcionante debate constitucional, deberíamos tener libertad para concentrarnos en lo que hace esta Unión, y no en lo que es o dice que es. Es más, la UE definirá lo que es con lo que haga. ¿Va a ayudar a crear empleo, fortalecer un mundo con libertad de comercio, promover el desarrollo y combatir el cambio climático? ¿Qué puede ofrecer a los vecinos que no sean miembros, en medio de la crisis que nos rodea, desde Murmansk hasta Casablanca? No podemos aguardar a enero de 2009 para abordar estas cuestiones. Entonces habrá ya en Estados Unidos un nuevo presidente que querrá oír nuestras respuestas.

A escasa distancia del monasterio de los Jerónimos, a la orilla del estuario que se abre hacia el Atlántico, está la magnífica torre de Belém, una reluciente fortaleza blanca de estilo manuelino junto a la que pasaban los primeros exploradores europeos cuando se hacían a la mar para descubrir nuevos mundos. Confío en que, después de su comida, que sin duda fue excelente, algunos de los líderes europeos de hoy se dieran un paseo hasta Belém para hacer la digestión y contemplar horizontes más amplios. -

www.timothygartonash.com Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford; su último libro es Free World. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de diciembre de 2007