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Fútbol | Primera jornada de Liga

A peor

Ha comenzado ya la Liga y el Barcelona no ha regresado todavía a la cancha, sino que continúa extraviado, empachado de fútbol, a gusto con la grandilocuencia que le dedican los diarios entre semana y a merced el domingo de cualquier equipo que tenga un poco de apetito, como ayer el Racing, protagonista único de la contienda pese a que la hinchada había pedido el día antes la dimisión del presidente por la falta de refuerzos. Al final, a Marcelino incluso le sobró el último fichaje, el polaco Smolarek, expulsado por patear a Abidal.

El equipo cántabro completaron un partido tan interesante como reprobable fue el del catalán, que emitió señales propias de un plantel en decadencia. La actuación azulgrana fue especialmente preocupante porque incidió en los vicios que el curso pasado le llevaron a la perdición. Ronaldinho anda igual de fondón y dimitido, Rijkaard se raja en cada cambio con tal de no alterar el estatus de sus figuras y el equipo se pierde en un juego que suena a merienda campestre, alejado del área contraria, expuesto en la suya. Las cosas van a peor en el Barça y el momento parece exigir medidas de cierto calado, no contemporizadoras. Los azulgrana fueron un equipo tan acaramelado que apenas se ganaron un remate al palo de Henry.

Aunque Abidal mejora la defensa y Touré Yayá alivia a los dos volantes y labora en favor de los centrales, el Barcelona ofreció ayer la misma mala pinta que le llevó a tirar la última Liga. El equipo no se ha corregido y el entrenador no ha dado aún con la alineación ni parece dispuesto a combatir el acomodamiento. No es un asunto exclusivamente de jugadores, sino también de estilo y especialmente de estructura. Actuaba tan parado el Barcelona, sin tirar un desmarque ni cerrar los centros del Racing, que al descanso ya se imponían cambios. Apretaban los locales, organizados y bien puestos, al tiempo que reculaba el Barça, manso, destensado e inanimado.

Eximido Valdés, requerido por las disfunciones de los zagueros, la situación fue cada vez más comprometedora para los centrocampistas, incapaces de acortar el campo con la presión y de dar profundidad al juego, y especialmente crítica para los atacantes, con Ronaldinho a la cabeza. El brasileño no le daba continuidad a la jugada, sino que paraba el balón y centraba, sin encarar nunca al defensa ni buscar el uno contra uno con el desborde o el regate, orillado como falso volante zurdo más que exigido en calidad de punta.

El partido demandaba un golpe de mano: la entrada de un meido que aportara movilidad y llegada y la retirada de Ronaldinho por Henry, más profundo. Al técnico, sin embargo, le dio un ataque de pánico y quitó a Messi, el mejor, más punzante que el brasileño y que Eto'o, igualmente perdido y no discutido por el entrenador, convertido en mal gestor de los magníficos nada más empezar. La presencia de Henry no le alcanzó al Barça siquiera para contar más remates que un Racing en inferioridad. Así de estéril fue el equipo que presume de tener la mejor delantera. Al Barça le falta contundencia en todos los sentidos, justamente todo el futbol que en su día simbolizaba el mejor Deco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de agosto de 2007