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Reportaje:42º FESTIVAL DE JAZZ DE SAN SEBASTIÁN

Adicto al triple salto sin red

El septuagenario Wayne Shorter huye de los lugares comunes para volver a los tiempos en que el jazz era un deporte de riesgo

Duke Ellington escribía sinfonías de tres minutos. Wayne Shorter necesita un mínimo de 30 para entonarse. El relato corto, dice, se lo deja a otros.

Por la mañana, el septuagenario jazzista acudió al acto en el que se le hizo entrega de la placa que le acredita como premio Donostiako Jazzaldia 2007, que se olvidó de llevarse a la habitación. Lo agradeció hablando de "colores que no pueden verse con los ojos" y de lo estupendo que es el quinteto de viento Imani Winds que le acompaña en su gira europea. Por lo que uno entendió, se trata de empujar a los clásicos hacia el jazz y viceversa, y nadie mejor para tan alta empresa que el quinto elemento del más legendario de los quintetos de Miles Davis, saxofonista, compositor y arreglista como hay pocos. Un adicto al triple salto sin red.

"Hay colores que no pueden verse con los ojos", aseguró el músico al recibir el Premio Donostiako Jazzaldia 2007

En su concierto de la tarde a teatro lleno huyó de los lugares comunes para devolvernos a los tiempos en que el jazz era un deporte de riesgo. Ni antes ni durante se nos ofreció información acerca de lo que estábamos escuchando, salvo en la primera parte, con Imani Winds -cuatro damas y un caballero- interpretando Andalucía, de Falla; Fuga Misterio, de Piazzolla, y Terra Incógnita, la pieza que Shorter ha escrito para la ocasión, por encargo del Museo de Arte Contemporáneo de La Joya, California. Salió luego el saxofonista con su cuarteto para una de sus características interpretaciones-río en formato reducido a 30 minutos, y volvieron a salir Imani Winds para reunirse con los jazzistas en un encendido y campechano final.

Lo escuchado, en su conjunto, fue un constante toma y daca entre la expresión franca del jazz y la densidad de lo que aún se conoce como "música clásica contemporánea", porque no se ha encontrado otro modo de llamarlo. Música hermosa pero difícil, un hueso duro de roer, y el respetable tan contento, para que se diga. Hubo flores para ellas y aplausos para todos, y un bis que nos dejó con la satisfacción de haber escuchado algo distinto, lo que no es poco.

Tampoco emplearon demasiadas palabras Pat Metheny y Brad Mehldau para explicarse en su concierto de la tarde-noche en la Trini. La música habló por sí misma. El guitarrista del baby boom y el pianista de la generación X son músicos de convicciones como lo eran los jazzistas de antaño. Dos creadores a prueba de escuchas a ciegas (blindfold test), capaces de interpretar los estándares -I remember April- y construirse los suyos propios, tal que los contenidos en los dos cedés tocando juntos que terminan de editar (Metheny Mehldau y Metheny Mehldau Quartet). Más jazzísticos en la primera parte ellos dos solos, más contundentes en la segunda, con Larry Grenadier, contrabajo, y Jeff Ballard, batería. En su idea de ceñirse a lo que verdaderamente importa -la música-, enviaron a los fotógrafos al cercano monte Igueldo, no fuera que importunaran a sus fans, y al serbio Bojan Z, que tenía que haberles precedido sobre el escenario, a la playa de Zurriola, para alegrar a los bañistas.

Como Shorter, Metheny-Mehldau necesitaron más de dos horas para decir todo lo que tenían que decir. Hubo a quien le supo a poco y quien todavía enlazó con el concierto after hours de Ximo Tebar y Fourlights en el Club del Teatro Victoria Eugenia. De un guitarrista a otro, de Metheny a Tebar (más su grupo, el vibrafonista Dave Samuels y la cantante Esther Andújar como invitados especiales). La mejor manera de terminar una larga e intensa jornada de jazz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 30 de julio de 2007