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Crítica:

El origen de un espacio

El proyecto de Merce Cunningham, que a mediados del siglo XX intentó unir la plástica y la vida a través de una nueva danza, se expone ahora en Sevilla. Una muestra con artistas como Trisha Brown, Félix González Torres, Rebecca Horn y Robert Rauschenberg.

Separar la danza moderna de la narración teatral y privarla de excesos expresivos para convertirla simplemente en movimiento del cuerpo en el tiempo y el espacio fue la intención básica de Merce Cunningham. Su proyecto se vinculaba a las concepciones musicales de John Cage y a la reflexión de Marcel Duchamp sobre la unión de arte y vida. En los años cincuenta comienza a intercambiar ideas con Robert Rauschenberg y Jasper Johns, con lo que sus trabajos condensan diversas facetas del arte contemporáneo. Pero esta unión de danza, música y plástica no persigue ninguna Gesamtkunstwerk: surge de una noción de arte que quiere trabajar con fragmentos de la experiencia cotidiana y anteponer el pensamiento a la ilusión. Por eso establece pronto fértil relación con la performance y con el videoarte.

VER BALIAR

Centro Andaluz de Arte Contemporáneo

Avenida de Américo Vespuccio, s/n

Isla de la Cartuja. Sevilla

Hasta el 16 de septiembre

De estos inicios y de sus con

secuencias se ocupa la exposición, sugiriendo que la danza contemporánea es un lugar de enlace entre diferentes iniciativas artísticas. Parte de Merce Cunningham: a su semblanza en vídeo por Nam June Paik suceden filmaciones de sus obras: Walkaround Time (1968: protagonista, El Gran Vidrio; decorados de Jasper Johns) o Variations V (obra multimedia que incorpora visualmente la infraestructura electrónica). Se añaden obras de Trisha Brown e Yvonne Rainer. Brown, más allá de sus trabajos de calle (como Hombre que baja caminando por la fachada de un edificio), tiene una gran afinidad con Rauschenberg: el ritmo de Set and Reset, cuyos decorados corrieron a cargo del pintor, recuerda poderosamente al de Pelican, obra del propio Rauschenberg, en la que intervino Brown como bailarina.

Entre 1964 y 1972 se sitúan obras como Site, de Robert Morris (antes de su dedicación a la escultura), las filmaciones con doble cámara de Dan Graham o los paseos de Bruce Naumann en torno a un cuadrado. Son trabajos importantes que discurren en direcciones diversas pero lo hacen sobre un lenguaje ya inicialmente fraguado. Algo diferentes son las bellas obras de Rebecca Horn (Unicornio, Abanico corporal blanco), centradas en los cambios espaciales y sensoriales que surgen de formas u objetos añadidos al cuerpo.

La muestra se extiende hasta obras actuales. Go-Go Dancing Paltform (1991), del cubano González Torres, consiste en un prisma casi minimalista que es en realidad una tarima de baile coronada por lámparas. Una vez al día (sin prefijar hora), un bailarín actúa pero con una música que sólo él puede oír. Si la exactitud de la pieza choca con la acción, ésta se separa del espectador que sólo puede mirar. Así, diversas formas de arte concurren sin que lleguen a unirse. Record: I love you (1999), un vídeo de Eva Meyer y Eran Schraerf, incorpora, mediante un sencillo y exacto juego de espejos, las estructuras del escenario a los giros de dos bailarines. Un vídeo de Catherine Sullivan, fechado en 2004, une collage, mimo y texto.

La muestra (producida por el CAAC y el Museo de Arte Actual de Siegen) reúne obras de interés que no es fácil ver juntas, pero sobre todo plantea una hipótesis: la aparición de un espacio artístico, el de la danza, en el que cobran mayor sentido muchas iniciativas artísticas actuales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de julio de 2007