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Reportaje:Manuel Domínguez Fernández | Español. Falleció a los 25 años

Manolo, el mundo es tuyo

Manuel Domínguez lo tenía claro desde que era un crío. La escuela le gustaba poco. Él lo que quería era trabajar. Desde muy niño iba con su abuelo a hacer injertos de vid al campo. Era un chico familiar, tenía un vínculo muy especial con su madre. Era muy guapo, con unos enormes ojos marrones y el rostro bronceado. A sus 25 años había tenido "muchas novias", según su tía María Ángeles García. Todas fueron a su funeral el pasado 7 de junio en Navalcarnero.

Un día antes, el obrero salió a un andamio en la planta quinta de una obra de Fuenlabrada en la que trabajaba como albañil. "No tenía que estar ahí, su trabajo era dentro del edificio poniendo cemento, no tenía que estar ahí", repite insistente su jefe de obras, emocionado y nervioso bajo el casco. Pero estaba.

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Salió con su tío Dionisio a fumar un cigarro. Eran las tres y media de la tarde. Se coló por el hueco del andamio y se estampó con el suelo desde 18 metros de altura. Una chapa de "ocho kilos de peso", según el jefe de obra, debía haberle protegido de la caída. Pero no fue así. Estaba colocada "de mala manera", según fuentes policiales.

Manuel Domínguez trabajaba para Copreconsa, una subcontrata de Construcciones Togasa, responsable de la obra de Valdemoro en la que 15 días después, el miércoles 20 de junio, tuvo un accidente mortal María del Carmen López, la primera fallecida en un tajo en la región.

El muchacho cayó al vacío. Su tío Dionisio, el encargado de la obra, lo vio todo desde lo alto del edificio. Su cuerpo permaneció tapado en el suelo cuatro horas más, hasta que se procedió al levantamiento del cadáver.

Desde ese día, Dionisio no ha sido capaz de volver a ese tajo. Pidió el cambio de destino. Tampoco tiene fuerzas para hablar de lo sucedido. Es su mujer, María Ángeles García, la que atiende al teléfono para contar casi sin voz cómo era Manuel Domínguez: un chico familiar, trabajador, honesto, al que Raúl, su hermano pequeño, bautizó como Bobo con su media lengua cuando empezó a balbucear sus primeras palabras.

Al niño le cuesta entender por qué no puede ver más a su hermano. Nunca más. "Quiero ir con Bobo, si hay que matarse, me mato, pero quiero ir con Bobo", repite siempre, según su tía. Porque Bobo era como otro padre para el pequeño Raúl, que tiene seis años recién cumplidos. Otro hermano, Sergio, de 22 años, trabaja poniendo instalaciones eléctricas. "Lo quiere dejar, no le quedan ánimos", explica su tía. Los dos pequeños, del Atlético de Madrid; a Manuel le volvía loco el Real Madrid. También le gustaba jugar al fútbol con Raúl en el campo.

El padre, que es gruísta, estuvo ingresado en el hospital unos meses. Y Manuel quedó como el principal apoyo de su madre. Tras el accidente, ella pidió la baja en la residencia de ancianos donde trabaja. "Lo tuvo con 18 años, era su ojito derecho, porque lleva más vida con él que sin él". Todos compartían casa en Navalcarnero.

A Manuel, con muchos planes para el futuro, le faltaban tres meses para terminar de pagar el coche. Después del verano le iban a entregar las llaves de un piso protegido del Ivima (Instituto de la Vivienda de Madrid) que le tocó en un sorteo. Una casa nueva y, lo mejor, cerca de la de los suyos.

"Era un chico muy familiar", asegura su familiar. El que siempre animaba a todos. Nunca se topaba un problema al que no le encontrara rápidamente la solución. "Todo se puede arreglar", repetía siempre riendo cuando el día se torcía. En su lápida, la familia dejó escrita una frase bajo su nombre: "El mundo es tuyo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de julio de 2007