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Reportaje:ARQUITECTURA

Eero Saarinen y la monumentalidad moderna

La historia a veces hunde en el desprestigio a figuras que poco antes había encumbrado. Sólo el filtro del tiempo consigue poco a poco valorar a aquellas figuras vapuleadas por sus contemporáneos. Es el caso del arquitecto finlandés Eero Saarinen (1910-1961), que hizo carrera en Estados Unidos, al que hoy se mira como un innovador de las formas a través de una exposición que irá de gira por varias ciudades hasta 2010.

A veces, la arquitectura refleja las fuerzas de una sociedad y de un periodo de forma casi inconsciente. Eero Saarinen (1910-1961) fue una de las grandes figuras de la arquitectura moderna durante los años cincuenta en Estados Unidos y capturó la atmósfera norteamericana de posguerra, llena de optimismo tecnológico, en edificios que combinaban una organización lúcida, formas limpias y un gran nivel de artesanía industrial. No quería estar limitado por un uniforme estrictamente funcionalista, y exploró las geometrías curvas y las metáforas orgánicas en obras como la terminal de TWA en el aeropuerto Kennedy de Nueva York, un edificio que evoca el vuelo mediante la imagen de unas alas extendidas. Saarinen fue prolífico y versátil, y abordó gran variedad de proyectos, desde el diseño de sillas hasta el de monumentos públicos. Transformó la caja neutral de acero y cristal, tan típica de la época, en un elegante ámbito para las empresas norteamericanas. Con complejos como el Centro Técnico de General Motors en Warren, Michigan (1949) y la sede mundial de John Deere en Moline, Illinois (1960), Saarinen ayudó a definir una imagen nueva y honorífica para la empresa y la tecnología estadounidense, a base de "parques empresariales" situados fuera de las ciudades, en los que los edificios eran una especie de máquinas impolutas en entornos pastorales.

Las críticas contra Saarinen significaban no comprender que estaba tratando de ampliar la gama expresiva de la arquitectura moderna

Saarinen nació en Finlandia.

Su madre era artista y su padre, Eliel, un arquitecto muy conocido, que obtuvo el segundo puesto en el concurso internacional para construir el rascacielos del Chicago Tribune en 1922, con un diseño de estrías verticales y geológicas. Sus padres se trasladaron a vivir a Estados Unidos y, a mediados de los años treinta, establecieron el programa y diseñaron los edificios de la Academia Cranbrook en Michigan, una institución dedicada a resaltar la fusión de forma y función, material e idea, oficio y tecnología. Saarinen, hijo, trabajó con Charles Eames, que había estudiado en la Academia; juntos fueron pioneros en el diseño de muebles basado en un uso innovador de los materiales modernos y sensible respecto al cuerpo humano en sus diferentes posiciones. Saarinen conservó este interés por las formas y las estructuras orgánicas en todo su trabajo posterior, como diseñador de muebles (por ejemplo, la clásica "silla Tulipa" de mediados de los cincuenta) y como arquitecto. En esta última faceta, al trabajar a mayor escala, exploró las posibilidades expresivas de las estructuras de bóveda y de cáscara, incluidas las basadas en geometrías parabólicas. Fue la intervención de Saarinen como miembro del jurado en el concurso para la Ópera de Sidney, en 1957, lo que permitió que el trabajo se encargara finalmente al danés Jørn Utzon, que había presentado un asombroso proyecto escultórico con unas bóvedas como velas que se alzaban sobre plataformas.

Saarinen trabajó para grandes empresas, universidades de prestigio e incluso el Estado: su edificio para la Embajada de Estados Unidos en Londres (1960), con sus laboriosas alusiones clásicas y sus toques de metal dorado en las fachadas, revela ciertos excesos retóricos en su descarado intento de expresar prestigio y poder, lo cual hace que el edificio raye en el kitsch monumental. Saarinen era el niño mimado de los medios de comunicación y llegó a aparecer en la portada de revistas tan populares como Time, pero causaba escepticismo entre los académicos que se consideraban guardianes de la fe modernista más estricta. La facilidad formal y el éxito profesional de Saarinen no le granjearon las simpatías de todos. Algunos le acusaron de no poseer un estilo coherente, de saltar de un lenguaje arquitectónico a otro y de permitirse un formalismo excesivo. Pero esas acusaciones significaban ignorar la necesidad de una nueva monumentalidad en los años cincuenta y no comprender que Saarinen estaba tratando de ampliar la gama expresiva de la arquitectura moderna.

Era no comprender tampoco las intenciones de Saarinen a la hora de interpretar la localización y la situación de cada cliente; él pensaba que tenía el deber de definir un carácter individual para cada edificio, fuese de uso doméstico o industrial, sagrado o laico. Por ejemplo, cuando diseñó el auditorio y la capilla Kresge en el Massachusetts Institute of Technology (1953), pensó que era necesario definir un nuevo eje para el campus mediante esos dos objetos simbólicos que representaban lugares de reunión. La capilla es un cilindro revestido de ladrillo, iluminado desde arriba a través de un óculo y desde abajo mediante un foso de agua que refleja la luz de forma indirecta y la introduce por unas aberturas serpenteantes en la base del edificio. El tosco enladrillado refleja la textura de la cercana residencia universitaria Baker, de Alvar Aalto. Al interior se llega a través de un pasillo enclaustrado, rodeado de cristal ahumado, y el cilindro se corona con una escultura puntiaguda que señala hacia el cielo y recuerda vagamente a una aguja. Se trata, sin duda, de un trabajo muy alejado de las obras que realizaba el arquitecto para usos seculares. Con la capilla, Saarinen quiso crear un espacio para la meditación y evocar la larga historia de los edificios de tipo centralizado, pero sin apelar al simbolismo de una religión por encima de otra.

Saarinen estaba interesado por ciertas cuestiones tradicionales de la monumentalidad -la expresión simbólica del poder, la representación de los ideales sociales, la creación de formas icónicas-, pero quería darles respuesta con medios modernos, empleando todos los recursos de la tecnología norteamericana en el periodo de apogeo de la productividad industrial en Estados Unidos. Algunos de sus edificios eran casi exhibiciones implícitas en el conocimiento y la pericia de la ingeniería estadounidense. De todo ello es representativo el Arco Gateway en San Luis, Misuri (1949-1962), tal vez la obra maestra de Saarinen. Una estructura parabólica que combina el hormigón y el acero en el interior y está revestida de acero inoxidable brillante que refleja la luz en sus superficies anguladas. El arco se alza en el principal eje de la ciudad, entre la cúpula de los antiguos juzgados y la orilla oeste del río Misisipí. Tiene 180 metros de altura y 180 metros de anchura en la parte más baja; es decir, podría inscribirse en un cuadrado. El "Arco Conmemorativo de la Expansión de Jefferson" (su nombre completo) se erigió para recordar la expansión de Estados Unidos hacia el Oeste en el siglo XIX -la compra de Luisiana en la época de Jefferson, el punto de partida de la expansión de Lewis y Clark al Lejano Oeste, etcétera- y representa, por tanto, la ideología del "destino manifiesto".

Saarinen concibió su monu

mento a gran escala, de forma que el arco puede verse desde kilómetros a la redonda. Una de las ironías, dado su simbolismo oficial, es que el arco está a sólo 20 kilómetros al oeste de otro gran monumento en la historia del continente norteamericano, el conjunto de pirámides de Cahokia, donde, en el año 1000 después de Cristo, floreció una importante civilización urbana, bastante similar a las ciudades precolombinas de México. Pero no encaja en el mito nacional del "descubrimiento" de América, así que no figura en los libros de historia. Los monumentos nuevos imponen versiones actualizadas de los acontecimientos históricos, conservan ciertos recuerdos y suprimen otros. El arco de San Luis establece su presencia sin ser pomposo ni trivial (a pesar del chiste que hace referencia a los dos arcos de una famosa cadena de comida rápida: "¡De pronto, me entraron ganas de comerme media Big Mac!"). Muy criticado en su época porque se construyó donde antes se alzaban edificios a la orilla del río, en la actualidad se ha hecho un lugar como un hito fundamental. Posee una forma tan enérgica que supera connotaciones simplistas de significado, sean oficiales o populistas. Cuando el sol lo recorre y cuando el acero inoxidable reacciona levemente a los cambios de temperatura, el arco de Saarinen asume vida propia como un vector de luz y sombra que se eleva de la tierra hacia el cielo: una escultura minimalista de dimensiones cósmicas. Es casi como una obra de la naturaleza.

La exposición Eero Saarinen: Shaping the Future estará abierta hasta el 7 de octubre en el International Centre for Urbanism, Architecture and Landscape (CIVA). Rue de l'Hermitage, 22. Bruselas. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de junio de 2007