Entrevista:Julio Michel | TEATRO

"Ver títeres es un saludable ejercicio de abstracción teatral"

Julio Michel (León, 1946) fundó Titirimundi, que al principio se llamó Festival Internacional de Títeres de Segovia, en el año 1985 y desde entonces es el director de este encuentro mundial. Michel, que vivió en París de 1963 a 1975, donde estudió arte dramático y psicología en la Universidad de Vincennes, participó activamente en los movimientos estudiantiles de Mayo del 68. A su vuelta a España funda con Lola Atance el grupo Libélula, uno de los grandes renovadores del títere en Europa, con el que permanentemente investiga nuevas técnicas y con el que se mueve por medio mundo, incluidos 12 viajes de la Ruta Quetzal.

PREGUNTA. ¿Por qué ha costado tanto y cómo ha logrado que Titirimundi sea reconocido como uno de los festivales escénicos más interesantes y sólidos del mundo?

RESPUESTA. El peso de los prejuicios y el desconocimiento desfiguraron durante mucho tiempo la percepción del teatro de títeres, dañando gravemente la imagen de este modo de representación teatral. Ni la propia profesión teatral ni la prensa especializada percibían ese poder catártico, liberador de perniciosos humos, que habita en la naturaleza de este arte. Las marionetas vivían en el ostracismo, confinadas en el limbo de los niños y durante decenios los títeres vivieron en España un proceso de empobrecimiento muy poco edificante, salvo raras excepciones. Tratar de sacarle de esta indigna situación fue uno de los objetivos que impulsaron la creación del festival. Finalmente, la situación ha dado un vuelco. En buena parte de España se mira a los títeres con creciente interés y el eco de Titirimundi se escucha cada vez más armonioso, aunque quedan muros de incomprensión por derribar.

P. ¿Logró los objetivos fundacionales?

R. Se ha logrado dignificar, promover, difundir y dinamizar el teatro de títeres. Las particulares características del festival, la rigurosa programación y el magnífico escenario, con Segovia como telón de fondo, han convertido a Titirimundi en una referencia mundial, con 100.000 espectadores en la última edición en una ciudad de 50.000 habitantes.

P. ¿Qué ventajas tiene el teatro de muñecos con respecto al de actores?

R. Los títeres tienen dos características muy significativas: su naturaleza mágica y su prodigiosa libertad de movimientos, propiciatoria de una fecunda libertad creadora. Los muñecos son de madera pero hablan, no tienen piernas y bailan, no tienen alas y vuelan. Los niños, que aún saben interpretar mágicamente su entorno, asumen con naturalidad la condición sobrenatural de los muñecos. Los adultos también aceptan la convención de esa propuesta de juego que permite el diálogo teatral. En esta capacidad de asombrar, en la naturaleza sintética y en el valor simbólico de los personajes, radican los principios básicos y la fuerza de los títeres, una forma teatral de infinitas posibilidades.

P. ¿Qué defiende el teatro de títeres?

R. Supongo que expresa las mismas inquietudes universales que otras formas dramáticas, pero desde sus particulares leyes. En el último tercio del XIX y principios del XX las grandes óperas fueron representadas en los teatros de marionetas. Pero no se trataba de simples representaciones miméticas, los títeres siempre fueron un remedo satírico de la sociedad, un espejo burlón donde los hombres contemplan divertidos la gran farsa de sus debilidades y miserias, y un saludable ejercicio de abstracción teatral, necesario para combatir la decadencia y el engolamiento, como decía Francisco Nieva, que vio en las marionetas "un síntoma inequívoco de un renacer teatral".

P. ¿Qué queda de la tradición española?

R. Cuando una tradición languidece hasta la extenuación, es tarea muy difícil revitalizarla. Quedan pocos testimonios vivos, con gran aceptación popular, como el Belén de Titirisiti, en Alcoy, y la Tía Norica, en Cádiz, o inestimables trabajos de estudiosos que recuerdan el extraordinario momento que vivieron los títeres en el primer tercio del siglo XX, cuando artistas universales se aproximaron al teatro de títeres con relevantes experiencias artísticas. Valle-Inclán, García Lorca, Alberti, Buñuel, Manuel de Falla, son algunos. Sin olvidar la utilización de los títeres en las campañas educativas de las Misiones Pedagógicas, así como su destacada presencia en la República y luego en las trincheras. Como en aquel pasado más floreciente, hoy también han participado en este renacimiento artistas como Francisco Nieva, Miquel Barceló, Joan Miró, Mariscal y Antonio Saura.

P. ¿Dónde está el origen de su pasión por el títere?

R. Descubrí muy tarde el teatro de títeres y me cautivó. Tuve la suerte de iniciarme como espectador con Jean Paul Hubert, un original y divertido artista francés que despertó mi curiosidad y me permitió conocer después a Bread and Puppet y, sobre todo, a Yves Joly, el auténtico genio que revolucionó esta forma de expresión teatral, un artista tan humilde que se retiró sin hacer ruido, perdiendo sus pertenencias y su patrimonio artístico en una mudanza y dejando para la historia pocas fotografías y el recuerdo de los afortunados que tuvimos el privilegio de ver sus espectáculos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 27 de abril de 2007.

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