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Tribuna:

Fronteras

Si uno se asoma al buscador más celebre y le ordena hurgar en el término fronteras lo que más sobresale en sus primeras páginas es la cantidad de gentes, grupos y colectivos que se autodenominan "sin fronteras". Por supuesto médicos, pero también arquitectos, veterinarios, bomberos, payasos, ingenieros, economistas, reporteros, educadores, danzantes, discapacitados e incluso galgos, presentan orgullosos sus credenciales sinfronteristas. Todo esto indica a buen seguro, la voluntad de expresar su solidaridad, sus ansias de colaborar con otros seres más allá de las fronteras trazadas por el orden internacional. La sensación sería "por encima de muros, banderas, alambradas, mares o culturas, nos sentimos parte de una misma humanidad, que sufre de manera parecida percances, miserias y contratiempos". Pero, como contraste, estos días y a raíz del culebrón de Endesa y sin que medie campeonato de fútbol alguno, hemos visto renacer de nuevo "el sentido patrio" y fronterizo más auténtico. Sin recato alguno, especialistas y comentaristas nos hablan de "los intereses de España", "de los campeones nacionales" (para referirse a empresas aparentemente patrióticas), de lo que "han ganado los italianos a los alemanes", o que "España ha hecho el ridículo en los mercados internacionales". Cuando, desde mi modesto entender, lo poco auténticamente comprensible del largo proceso de las opas ha sido que, al margen de banderas y lazos de consanguinidad, el dinero une mucho más que el pasaporte.

Me resulta ciertamente patético el final de este intrincado asunto. Unos hablando de perspectivas estratégicas del país y de sus gentes, cuando de lo que están queriendo hablar es de la revalorización increíble de sus activos. Otros hablando de la importante labor del Gobierno en este tema, al preservar los intereses nacionales, cuando ya nadie sabe qué lengua hablan ni qué bandera lucen los que acaban llevándose el gato al agua de la compra. El índice del IBEX español está llegando a límites históricos nunca alcanzados, pero no tenemos ni idea de si eso indica lo bien que vamos todos o sólo algunos, de si estamos mejor que ayer y peor que mañana o al revés. Hablamos de "migrodólares" o de "migroeuros", pero no nos permitimos abordar los problemas de las "migropersonas". Las instituciones financieras pugnan por atraer los mayores porcentajes de las remesas de emigrantes, pero no mueven ni un dedo para invertir en los países de origen, considerados "inseguros" e "inestables". En 1999 se podía leer que "la inversión de los fondos españoles en el resto de las bolsas de la unión monetaria se duplica cada tres semanas". Ocho años después el ritmo sigue igualmente frenético en esa especie de "OSG" (organización sin gobierno) que son los "brokers sin fronteras". El desequilibrio es tremendo. Frente al dinero que campa a sus anchas por todo el planeta, cualquier otro aspecto de la vida en el que uno necesite o quiera desplazarse por el mundo, todos son trabas, límites, fronteras. ¿Hemos de seguir aceptando esa enorme disparidad y contradicción? ¿Hemos de seguir aceptando que la movilidad planetaria del dinero es natural y la movilidad de las personas es insegura y artificial? Sobre todo, cuando tenemos pruebas evidentes de que la aparente libertad de movimientos del mercado es de todo menos natural y virginal. Todos meten mano en ello. Países, Gobiernos, banderas y comisiones reguladoras llenas de manuales del buen gobierno. ¿Dónde están las fronteras que tan fervorosamente alzamos entre mercado y política cuando nos conviene, y que pudorosamente ocultamos si resulta que al final nos beneficia?

Lo que parece cierto es que cuando hablamos de fronteras hablamos de límites no siempre reales. Hablamos de barreras levantadas entre personas que responden a criterios muy aleatorios. Hablamos de una metáfora que ha causado terribles consecuencias. Levantamos fronteras entre hombres y mujeres, entre jóvenes y mayores, entre blancos y negros, entre ricos y pobres, entre los de dentro y los de fuera, entre los que comen cerdo y los que no lo comen, entre los que creen en nuestro Dios y aquellos que tienen otro o simplemente prefieren no tener ninguno. Y más allá de todo esto, hemos creado la peor de las fronteras: la frontera entre las personas y las no personas. Estamos rodeados de fronteras mentales y materiales. Físicas y psíquicas. Culturales y sociales. Queremos saber más o tener más, para poder así superar nuestras propias limitaciones, nuestras propias fronteras. Pero cuanto más sabemos o más tenemos, más conscientes somos de los nuevos límites que nos rodean. Y así, dibujamos fronteras cada vez más cercanas, como si la única seguridad la pudiésemos encontrar quedándonos solos o aislados en esa residencia de Sitges de alto standing a la que se acaba de autorizar para que alce nuevas fronteras en lo que antes era espacio público. Vivimos en una época sin fronteras en Internet, en las Bolsas o en las ideas. Pero vivimos también cada vez con más fronteras que separan culturas, saberes y voluntades. Levantamos muros que resultan patéticos cuando nadie se los acaba creyendo. Organizamos el mundo en fronteras, pero son cada vez más los que cruzan y traspasan fronteras haciendo turismo o simplemente tratando de sobrevivir. Reconocemos que la creatividad está en la frontera y la mezcla. Pero sólo aceptamos esta realidad cuando hablamos de música o de comida, y casi siempre consideramos inadmisibles o inasimilables a las personas que cantan estas canciones o cocinan estas comidas. "Personas sin fronteras" sería la organización por crear cuando aceptamos que toda frontera interna o externa nace con nosotros y acabará con nosotros. Y eso simplemente equilibraría un poco el actual despelote del dinero sin fronteras.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de abril de 2007