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Análisis:Puro teatro | TEATRO

Guillén de Castro, un Marivaux valenciano

1. Guillén de Castro sufrió una condena españolísima: pasar a la posteridad como el autor de una única obra, Las mocedades del Cid. En el cole no nos decían más: por lo visto bastaba con saber eso. Si el profesor era afrancesado, añadía que Las mocedades inspiró Le Cid. Eso solía ser la puntilla de don Guillén. Subtexto: "Suerte que Corneille retomó el asunto y lo convirtió en un clasicazo". Por no saber, ni sabíamos que Las mocedades era la primera entrega del biopic: Las hazañas del Cid, que jamás he visto representada, vendría a ser su Imperio contraataca. También escribió (a lo tonto, por lo visto) dos tomos de comedias: nada, Las mocedades y va que se mata. La compañía de Teatro Clásico, con muy buen criterio, ha repescado o exhumado, como quieran, El curioso impertinente, que lleva adosada otra coda denigratoria. Hagan la prueba. Díganle a cualquier listo que han ido a verla y les contestarán: "Ah, sí, una adaptación de lo de Cervantes". O sea, como lo que le pasó con Corneille, pero al revés. He releído el relato de Cervantes y me siento como el señor Auden cuando proclamó que prefería mil veces Kiss Me Kate de Cole Porter a La fierecilla domada, de Shakespeare (opinión que, por cierto, también suscribo). El relato de Cervantes es la crónica de una depresión obsesivo-paranoica muy à la Hemingway, que sabiamente oculta los antecedentes del caso. Un cuento estupendo, no vamos a negarlo, aunque la tragicomedia de Guillén de Castro me parece muchísimo más compleja. Nos cuenta los orígenes de la amistad entre Anselmo y Lotario, dibuja el perfil de Camila, el entorno social de los tres y un largo etcétera, dejando en la sombra el misterio esencial de sus motivos. Y, sobre todo, se anticipa a Marivaux en casi un siglo, incluso en los títulos de sus obras: El desengaño dichoso, La humildad soberbia, El Narciso en su opinión. Para no hablar de las profundas concomitancias con las comedias amargas de Shakespeare; luego les cuento.

A propósito de El curioso impertinente, dirigido por Natalia Menéndez, en el Teatro Pavón, de Madrid

2. Lo que más me maravilla de nuestros clásicos es su condición de Grandes Contradictorios. Frailes licenciosos, misóginos exaltadores de la mujer, pedómanos metafísicos: puros mutantes. A don Guillén, por ejemplo, le fue de pena con las señoras. Su primer matrimonio, con Helena Fenollar, acabó fatal. Ella le denunció, no les digo más. Y en la última etapa de su vida se casó con la marquesa Girón de Rebolledo, treinta y dos años más joven que él, que también se lo hizo pasar bastante malamente: el sí de las niñas es el no de la biología. Tras el cirio con la Fenollar escribe Los malcasados de Valencia, donde pone el matrimonio (y sobre todo a las esposas) al caer de un burro. Lógico. Pero no es tan lógico que dos años después dibuje el personaje de Camila, la única persona decente y sensata de El curioso impertinente. La tesis central de esta obra podría resumirse diciendo que los hombres son unos críos inaguantables, neuróticos hasta decir basta, y que lo mejor que podría hacer Camila es cambiar de bando y liarse con la Duquesa. Naturalmente, lo sugiere pero no lo dice: la función acaba con una boda tan forzada y siniestra como la que cierra Medida por medida. El final es shakesperiano, pero el comienzo y el medio tampoco le van a la zaga. El profesor René Girard se ha hecho de oro con su teoría del deseo mimético en Shakespeare, de modo que no me extenderé sobre el particular. Lotario se muere de amor por Camila, pero "se la pasa" a Anselmo, su amigo del alma, a las primeras de cambio. ¿Está mochales o necesita que certifiquen su deseo renunciando a él? Y cuando Anselmo le pide que seduzca de nuevo a Camila para probar su virtud tampoco cuesta olerse que el mozo, un masoquista de cuidado, busca tensar al máximo la cuerda del amor y la amistad para sentirse justificado en la desdicha. Que llegará, faltaría más: el que la busca la encuentra. Renuncio a resumir todas las variables combinatorias que se establecen a partir de esta ecuación originaria, pero son puro Marivaux: un constante decir lo contrario de lo que se siente para acabar "engañando con la verdad", que es como Bretón tituló en castellano Les fausses confidences.

3. La obra es un enredo increíble narrado con un ritmo vivísimo y muy ceñido: cada escena se desliza en la siguiente, y el trío protagonista (los extraordinarios Nuria Mencía, Daniel Albadalejo y Fernando Cayo), atrapado en ese vendaval de máscaras, pasiones secretas y afectos que pasan del hielo a la brasa y viceversa, se mueve emocionalmente a tal velocidad que le resulta (y nos resulta) casi imposible saber lo que siente a cada momento. Yolanda Pallín, responsable de la adaptación, habla de sus "apartes" con una frase luminosa: "Saben mucho menos de lo que creen saber: lejos de solucionar el subtexto, lo generan". Dirigir esta obra sin que los personajes queden reducidos a marionetas -que lo son, pero de sí mismas- y creando, por el contrario, verdad humana y escénica es el gran logro de Natalia Menéndez. Yo voy poco al Clásico, lo confesaré, porque soy un perezoso y nuestro teatro del Siglo de Oro me suele obligar a una gimnasia mental excesiva, casi tanta como a la que me obligan Webster y compañía. No me pasa con Shakespeare, quizás porque lo conozco mejor. Digo esto porque tenía que haber celebrado antes la grandeza de Nuria Mencía, aunque ya la tenía clichada por su Ofelia a lo Tim Burton en el Hamlet de Eduardo Vasco, y por su no menos estupendo trabajo en esa gran película que es La noche de los girasoles. A Daniel Albaladejo le conocía por Camera Café, la serie española con el mejor reparto (y guiones) de la historia: a partir de ahora no voy a perderme nada suyo. Ni de Fernando Cayo. El resto del reparto también está la mar de bien, especialmente el gracioso, Culebro (José Vicente Ramos), un soberbio sablista de los tercios de Flandes. Únicamente tuve la rara sensación de que la Duquesa interpretada por Clara Sanchis se había metido algo. ¿Había porros en la Florencia del diecisiete?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de marzo de 2007