Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crónica:LA CRÓNICA

Sujetadores

Una de las maneras de aprovechar la tarde en esta ciudad consiste en asistir a una de las muchas conferencias que se organizan cada día. El miércoles elegí una que llevaba un título casi insuperable: Mitos y leyendas del sujetador. Organizada por la empresa Vives Vidal Vivesa y la marca Belco Pharma, el acto se celebraba en un salón del hotel Barceló Sants, un espacio enmoquetado y caluroso en el que Francesc Puertas, responsable empresarial, disertó sobre el complejo mundo del sujetador. Además de la dimensión legendario-fantasiosa del enunciado de la conferencia, tenía mis razones para asistir: llevo años observando que mis pechos crecen de un modo alarmante y que, a menudo, tengo más pecho yo que las mujeres con las que me relaciono. Una vez allí, sin embargo, me sorprendieron algunas afirmaciones y estadísticas. Por ejemplo: siete de cada diez mujeres no utilizan la talla correcta de sujetador.

En la sala, una mayoría de mujeres escuchan las explicaciones de Puertas mientras, en una pantalla, se proyectan diapositivas ilustrativas. De la intervención del ponente, lo primero que se deduce es que del mismo modo que existe el dicho de tants caps, tants barrets, podríamos adaptarlo a tants pits, tants sostenidors. La idea es la siguiente: los modelos globales presentan las suficientes variantes para responder a las necesidades del amplio abanico de morfologías. Descubro, por ejemplo, que no son iguales los pechos de las inglesas que los de las españolas. Los momentos de divulgación se suceden. Hay un discurso pedagógico en el que, de vez en cuando, asoman pequeños ramalazos mercadotécnicos. Los altavoces Ramsa destilan principios senológicos avalados por especialistas, y en las caras de las asistentes detecto expresiones de inquietud, curiosidad, interés, compulsión consumista y comparativa. En el centro del pasillo, una cámara manejada por una operadora resfriada inmortaliza el acto. "Em sembla que em posaré més endavant perquè no m'hi guipo", le comenta una mujer a una amiga antes de cambiar de asiento.

En un momento de la conferencia aparecen los antecedentes históricos del sujetador. Es un viaje veloz que empieza en una corsetería parisiense, a finales del siglo XIX, prototipos herederos del corsé y del miriñaque. Luego, patentado por Mary Phelps en 1913, la primera patente y, unas décadas más tarde, y gracias a la obsesión por el espectáculo de Howard Hughes, el sujetador entendido como concepción aeronáutica aplicado a la anatomía de la actriz Jane Russell. El texto que acompaña las diapositivas contiene, de vez en cuando, perlas como esta: "La mayoría de las mujeres soñaban con tener unos pechos misiles y emergentes". Es una nota a pie de página de una historia que pasa de la contención al escote y del puritanismo al libertinaje (me viene un recuerdo de libertinaje pectoral: cuando Karmele Marchante, actual experta en autopsias del corazón y entonces feminista radical militante, lanzaba sujetadores simbólicos a la vieja guardia del feminismo).

La parte más seria de la exposición tiene que ver con la salud. Llevar el sujetador adecuado evita una serie de problemas nada frívolos: migrañas, cefaleas, dolores de espalda, irritaciones cutáneas y algunas patologías mamarias de mayor calibre. El planteamiento de la charla establece algunos vínculos de causa efecto, sobre todo los que hacen referencia a dolencias menores. Luego están los principios estéticos y las motivaciones individuales, un estímulo que el conferenciante aprovecha para, con la ayuda de dos modelos, organizar un desfile aparentemente divulgativo pero con un cierto toque de pasarela. Las dos modelos de sujetador llevan pantalones y se mueven por la sala con expresiones variadas. Una utiliza una sonrisa artificial a prueba de bombas, fría y funcional, y la otra disimula con cierta dificultad un rictus de fastidio que despierta, al menos por mi parte, una melancólica solidaridad.

La solemnidad de algunas afirmaciones subraya la categoría de detalles que la cotidianidad no nos permite valorar. Dice el ponente: "El sujetador es una obra de ingeniería". Antes, ha desmitificado la fibra natural para valorar las facultades de elasticidad de fibras sintéticas y artificiales e incluso alguna derivada del petróleo. Los gráficos repasan sus afirmaciones y ante nuestros ojos desfilan ejemplos de corsetería tridimensional divididos en tirantes, aros, dorsos y corchetes. La diversidad en la oferta responde a las consecuencias de peso, volumen y al efecto de la fuerza de la gravedad y se establecen los criterios para conocer la talla correcta (medida del torso + 15 centímetros) y averiguar la copa idónea. Una llamada me interrumpe y me pierdo la parte final de la charla, que el ponente anuncia como "minutos publicitarios". Al llegar a casa, y aplicando los criterios de morfología corsetera recién aprendidos, me mido el torso y, tras aplicarle la suma correspondiente, constato que, en caso de comprarme un sujetador, debería optar por una talla 120 B.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de marzo de 2007