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Reportaje:LECTURA

Los asesinatos que ETA nunca ha reconocido

La muerte de tres jóvenes gallegos en Francia, la de Pertur, la de un taxista vizcaíno, el atentado de la calle del Correo...

El primero es periodista, el segundo es profesor de Ciencia Política y Sociología en el Instituto Juan March y en la Complutense de Madrid. Calleja lleva escolta desde el 25 de enero de 1995. Sánchez-Cuenca ha publicado trabajos académicos sobre terrorismo.

Aquella tarde del sábado 24 de marzo de 1973, con la primavera recién estrenada, tres jóvenes españoles decidieron pasar de Irún (Guipúzcoa) a Francia para ir al cine. Querían hacer algunas compras y ver una película que entonces estaba prohibida en España: El último tango en París.

A pesar de su decadencia, el régimen de Franco no toleraba la difusión de ciertas películas ni la publicación de determinados libros, y esa prohibición, practicada por la censura de la época, se convertía, en muchas ocasiones, en la mejor propaganda para querer ver, para ansiar leer aquello que se aureolaba con el atractivo de lo prohibido. La película, dirigida por Bernardo Bertolucci, sería hoy casi tan inocente como una cinta de dibujos animados, y tenía una escena en la que los protagonistas, Marlon Brando y Maria Schneider, aparecían desnudos, lo que sirvió para que el régimen de Franco la prohibiera en España. Con este reclamo, miles de españoles hicieron aquel año turismo cinematográfico y pasaron a Francia para ver la cinta.

La derrota de ETA

Editorial Adhara

El libro, de próxima aparición, está dividido en dos partes en las que se hace un recorrido por el recuerdo del dolor por 832 personas asesinadas y miles heridas, por 70 secuestros y por cientos de familias rotas sumidas en el llanto, el miedo y el silencio.

Los tres jóvenes fueron torturados durante horas, preguntados una y otra vez sobre si eran policías españoles, sobre las razones de su estancia en San Juan de Luz

La partida de asesinos, torturadores y secuestradores estaba comandada por Pérez Revilla, quien al parecer dio el tiro de gracia a dos de las víctimas

En abril de 1976, ETA ocultó los cuerpos de los policías J. L. Martínez Martínez y J. M. González Ituero. Fueron encontrados 14 días después en una playa de Hendaya, mutilados

ETA nunca ha reconocido los 13 muertos de la calle del Correo, el 13 de septiembre de 1974. Aquel atentado terrorista fue un desastre de planificación

En San Sebastián, al viajar a Francia se le decía pasar "al otro lado"; se eludía así la palabra muga, que en español quiere decir frontera, y que en el imaginario nacionalista no debe existir para separar dos porciones de una misma patria. Pasar al otro lado era una actividad habitual para miles de vascos en aquellos años terminales de la dictadura franquista; viajeros que lo mismo compraban quesos en hipermercados desconocidos aún en España, que adquirían pantalones vaqueros Levi's, con la preciada etiqueta roja; gentes que, sencillamente, disfrutaban por unas horas de una libertad inexistente unos kilómetros más al sur, o que directamente se entregaban a tareas conspirativas contra el régimen de Franco.

José Humberto Fouz Escobero, de 29 años; Jorge Juan García Carneiro, de 23, y Fernando Quiroga Veiga, de 25, pasaron de Irún a Francia el 24 de marzo de 1973 para ver El último tango en París. No volvieron nunca más.

¿Qué les pasó a estos tres jóvenes de A Coruña? ¿Dónde están estas tres personas que un día decidieron pasar a Francia para ver una película? ¿Por qué guardan silencio aquellos que podían arrojar alguna luz sobre lo que les ocurrió? ¿Por qué no dicen dónde se encuentran sus restos quienes acabaron con sus vidas? (...)

El secreto mejor guardado

El caso de estos tres jóvenes españoles secuestrados, torturados, asesinados y desaparecidos es uno de los secretos mejor guardados por la organización terrorista ETA, que todavía hoy no se ha responsabilizado de los tres asesinatos ni ha emitido comunicado alguno en el que explique qué hizo con los tres muchachos.

Casi con toda seguridad, los hechos ocurrieron como sigue. Los tres jóvenes comieron el sábado 24 de marzo de 1973 en Irún, en casa de Cesáreo Ramírez Ponte, cuñado de José Humberto Fouz, con el que vivían. Después de comer tomaron unos cafés y jugaron una partida de cartas en el bar Castilla, en la calle Alhóndiga de Irún. Desde allí se desplazaron a la empresa Decoesxa, en la que dejaron a Cesáreo, que esa tarde tenía que trabajar allí. A Cesáreo le dijeron que irían a Hendaya o San Juan de Luz, al cine. Al llegar a Francia, sobre las cuatro y media de la tarde, primero compraron un regalo para María Isabel Fouz, hermana de José Humberto, en la tienda Biarritz Bonheur, donde también compraron otros regalos. A la salida del cine fueron a tomar algo a un bar típico de la zona y entraron en La Licorne, en San Juan de Luz. Un bar que, según la denuncia presentada por los familiares de los desaparecidos, era "de atmósfera densa". (Otras fuentes, como El Mundo TV, sostienen que fueron al bar La Tupiña, en la misma localidad, habitualmente frecuentado por etarras).

Los tres jóvenes gallegos se encontraban en la barra, tomando una consumición, cuando fueron insultados, con frases despectivas para los gallegos y para los españoles, por un grupo de etarras que estaba dentro del bar, al parecer completamente borrachos. Los etarras prosiguieron con sus insultos, despectivos hacia el acento gallego de los tres jóvenes. Hubo un enfrentamiento, y uno de los etarras le partió una botella en la cabeza a José Humberto que le abrió el cráneo y le dejó en muy mal estado. Los etarras forcejearon con los tres jóvenes hasta que lograron introducirles en dos coches, uno de ellos propiedad de los agredidos. Del bar les llevaron a una granja controlada por los terroristas en Saint-Palais. Al parecer, Fouz ya estaba muerto, o, en cualquier caso, en muy mal estado, cuando llegó a esa granja.

Los tres jóvenes fueron torturados durante horas, preguntados una y otra vez sobre si eran policías españoles, sobre las razones de su estancia en San Juan de Luz. Los tres se mantuvieron en la verdad de los hechos. Según algunos testimonios, a uno de ellos los terroristas le llegaron a sacar los ojos con un destornillador. (Mikel Lejarza, agente del Cesid infiltrado en el grupo terrorista ETA durante años, asegura que este dato, que los etarras le sacaron los ojos a uno de los tres jóvenes con un destornillador, se lo comentó a él el dirigente etarra José Manuel Pagoaga Gallastegui, alias Peixoto).

Los tres jóvenes murieron después de ser cruelmente torturados y vejados durante horas. Sus cuerpos fueron ocultados sin que todavía hoy, 33 años después, se sepa dónde están.

La partida de asesinos, torturadores y secuestradores estaba comandada por Tomás Pérez Revilla, quien al parecer les dio el tiro de gracia a dos de las víctimas. Pérez Revilla, alias Tomás y alias Hueso, fue objeto de una querella por parte de los padres de los tres asesinados, que no le acarreó responsabilidad penal alguna. Años después del triple asesinato, en 1984, Pérez Revilla fue asesinado en un atentado realizado por los GAL.

Junto a Pérez Revilla estaban Manuel Murua Alberdi, alias El Casero, que vivía en Hernani (Guipúzcoa) antes de huir a Francia; Ceferino Arévalo Imaz, alias El Ruso, nacido en Zizurkil (Guipúzcoa); Jesús de la Fuente Iruretagoyena, alias Basakarte, nacido en Zumaia (Guipúzcoa); Prudencio Sudupe Azkune, alias Pruden, nacido en Legazpia (Guipúzcoa), y un tal Sabino Atxalandabaso Barandika, alias Sabin, nacido en Butrón (Vizcaya). Todos ellos tenían antecedentes que les relacionaban con la banda terrorista.

El periodista del diario Abc Alfredo Semprún fue el primero en publicar la identidad de los supuestos autores del secuestro, tortura y asesinato.

Los tres jóvenes fueron detectados como sospechosos debido al hábito sistemático de control, información y delación que el grupo terrorista ETA tenía establecido en el suroeste de Francia. Un sistema de vigilancia en el que la presencia de cualquier persona extraña o desconocida desataba de forma automática la puesta en tensión de los etarras. Tres hombres, jóvenes, españoles, con buena presencia, que hablaban español con acento gallego, fueron identificados inmediatamente como policías españoles por los paranoicos etarras, que además estaban curdas.

Una granja en la localidad francesa de Saint-Palais y un nombre, el del ex etarra Manuel Murua, son las pocas referencias que existen para tratar de saber dónde están los cadáveres de estos tres españoles desaparecidos hace más de treinta años. (...)

Veintisiete años después del triple asesinato, la familia de los desaparecidos tuvo que pelear para que se les considerase como víctimas del terrorismo, para que se certificase que habían sido asesinados por ETA y para que se les reconociera en igualdad de condiciones al resto de las víctimas del terrorismo de ETA. Los tres gallegos quedaron excluidos, en un principio, de la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo, que finalmente les fue concedida.

Hoy, en 2006, un juez de San Sebastián ha decidido reabrir el sumario para investigar el secuestro, tortura, muerte y desaparición de los tres jóvenes gallegos. (...)

Otros casos

No ha habido muchos otros casos de desaparición de las víctimas en la historia de ETA. El 4 de abril de 1976, ETA ocultó los cuerpos de los policías José Luis Martínez Martínez y Jesús María González Ituero. Fueron encontrados 14 días después en una playa de Hendaya, mutilados. Los etarras les habían robado sus placas, que conservaron a buen recaudo, pues muchos años después, el 19 de febrero de 1985, las utilizaron para entrar en la sede del Banco Central en Madrid y asesinar al director adjunto, Ricardo Tejero, en un intento frustrado de secuestro.

Los otros episodios corresponden a ajustes de cuentas en el seno de la propia organización terrorista. Se trata de crímenes sucios -no es que los otros sean limpios- entre supuestos compañeros que destruyen el aura romántica del guerrillero libertador y que cuestionan las motivaciones a partir de las cuales dicen actuar. Son crímenes que revelan luchas internas, ambiciones desmedidas y represión brutal en el interior de la organización. Los terroristas consideraron que era necesario ocultar esas historias. Y además, si no quedaban pruebas, podían rematar la faena presentándose ellos mismos como víctimas de ataques procedentes de la extrema derecha o de las tramas negras. Así sucedió tanto con Eduardo Moreno, Pertur, como con José Miguel Echevarría, Naparra. El primero desapareció el 23 de julio de 1976; el segundo, el 11 de junio de 1980.

Pertur era un importante dirigente de los polimilis, un moderado dentro de ETA partidario de las vías políticas antes que de las militares. Le asesinaron los berezis, los comandos especiales de ETApm, encabezados por Miguel Ángel Apalategui, Apala, que muy poco tiempo después, como otros de su promoción, abandonaría ETApm para ingresar en ETAm. Entre ellos estaba también Francisco Múgica Garmendia, Pakito, uno de los etarras más duros en la historia posterior de la organización terrorista, y que finalmente fue expulsado de la banda por sostener, con treinta años de retraso, lo mismo que Pertur.

Pertur acudió a un encuentro con Apala y Pakito, y nunca más volvió a saberse de él. Le asesinaron y le hicieron desaparecer. Hasta hoy. Su cuerpo nunca ha sido encontrado, aunque se han removido cementerios y se han mantenido interminables pesquisas. ETA, para intentar alejar cualquier sospecha, se inventó comunicados de organizaciones de ultraderecha como el BVE o la Triple A, en los que se responsabilizaban del crimen. El grupo terrorista llegó, en un insuperable ejercicio de cinismo, a incluir a Pertur entre sus propias víctimas, pero la protesta inmediata de los familiares y compañeros de Eduardo Moreno Bergaretxe obligó a los etarras a arrancar de su lista de víctimas a alguien al que ellos mismos habían asesinado.

Naparra había pertenecido a los comandos bereziak de ETApm, pero no siguió los pasos de la mayoría de sus compañeros: en lugar de engrosar las filas de ETAm, se decidió por los Comandos Autónomos Anticapitalistas, más próximos a sus ideas anarquistas. Contactó con un traficante de armas que surtía a ETAm, lo que irritó sobremanera a los dirigentes de esta organización, de estructura interna tan estalinista. Los etarras le convocaron a una entrevista en el sur de Francia. Al parecer, la reunión fue bastante bronca. Un par de semanas después, Naparra desapareció. (...)

La calle Correo

ETA nunca ha reconocido los 13 muertos de la calle Correo, el 13 de septiembre de 1974. Aquel atentado fue un desastre de planificación. Los etarras creyeron que, colocando una bomba en un restaurante muy próximo al edificio de la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol, conseguirían llevarse por delante a un buen número de policías. Sin embargo, de los 13 muertos, sólo uno era policía: Félix Ayuso, quien murió como consecuencia de las heridas tiempo después, casi tres años más tarde, el 10 de enero de 1977. Los demás eran civiles que tuvieron la mala suerte de encontrarse en aquel lugar en aquel momento.

Hay otros casos de atentados no reconocidos cuando la organización terrorista comete errores -no es que los otros atentados sean aciertos-. Así sucedió, por ejemplo, con el asesinato de otros tres jóvenes que, como en el episodio de los gallegos, ETA confundió con policías de paisano. El 24 de junio de 1981, en Tolosa, unos etarras dispararon a un coche en el que circulaban Iñaki Ibargutxi, de 26 años; Juan Manuel Martínez, también de 26, y Conrado Martínez, de 29, y hermano del anterior. Los dos primeros murieron en el acto. Conrado Martínez murió, como consecuencia de las heridas, tiempo después, el 28 de marzo de 1982. Los tres eran agentes comerciales. Ibargutxi era militante del PNV y había sido un dirigente de las juventudes del partido. Conrado Martínez era militante del PCE-EPK. Un error de aquella magnitud tenía difícil enmienda: haber matado a tres jóvenes, nacidos los tres en el País Vasco, uno de ellos miembro del PNV, otro comunista. Cualquier disculpa hubiese resultado ridícula, así que mejor negar la autoría.

Lo mismo sucedió con Juan José Uriarte, un taxista vizcaíno de 41 años que cayó abatido por las balas el 18 de mayo de 1985. Según la crónica escrita por Patxo Unzueta en EL PAÍS, alguien que se identificó como perteneciente a ETA llamó a la delegación en Bilbao de la Asociación de Ayuda en Carretera y al teléfono que entonces tenía la policía, el 091, para ufanarse de que "hemos dejado tieso a un chivato". Pero enseguida se descubrió que Juan José Uriarte era primo del obispo de Bilbao, Juan María Uriarte. Con la Iglesia habían topado. Así que se echaron para atrás: "En el caso Uriarte, ETA aclara al pueblo vasco que no tiene nada que ver, al tiempo que atribuye la autoría a servicios paralelos de la Guardia Civil". La misma fórmula cansina y mentirosa que ETA había utilizado tantas veces en el pasado.

Víctimas anónimas, muertos mediáticos

LA INMENSA MAYORÍA de las víctimas mortales han sido hombres: el 93%, frente al 7% de mujeres. De las 55 mujeres asesinadas, 48 de ellas

(el 87%) murieron en atentados indiscriminados

o fueron víctimas colaterales. ETA nunca elegía mujeres en sus crímenes selectivos. Tan sólo

tres mujeres fueron asesinadas selectivamente (frente a 232 hombres). Casi el 3% de las víctimas han sido menores de edad: ETA ha asesinado

a 23 menores, de los cuales 12, más de la mitad, tenían 10 años o menos.

Del total de asesinados, el 58% eran militares y fuerzas de seguridad (incluyendo en este grupo a soldados de reemplazo, militares profesionales, guardias civiles, policías nacionales, policías municipales y ertzainas); el 42% restante eran civiles. Entre los no civiles, los miembros de las fuerzas de seguridad se han llevado la peor parte con

diferencia: 386 bajas, frente a 96 de militares. (...)

En cuanto a las fuerzas de seguridad, los porcentajes de la Guardia Civil y la Policía Nacional son muy similares (22,4% y 19,5%, respectivamente). Los policías municipales, que en principio no eran objetivo de los terroristas, representan el 3%. Los 13 ertzainas asesinados suman el 1,6%.

Los políticos y cargos públicos, a pesar de haber sido objetivo prioritario de ETA durante

el periodo 1995-2003, no son tantos en términos

relativos: el 5,9% del total (49 víctimas mortales). Sin embargo, la repercusión de estos asesinatos ha sido enorme, sobre todo cuando se trataba

de cargos electos, pues los atentados contra miembros de los partidos no nacionalistas cuestionaban el ejercicio mismo de la democracia en

el País Vasco. Si en algún grupo de víctimas es

perceptible el cambio de orientación estratégica que va de la guerra de desgaste al frente nacionalista es en el de los políticos. Pasan del 3% en el

periodo 1960-1992 al 22% en el periodo 1993-2003.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de noviembre de 2006

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