Columna
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Anda por ahí una Asociación Profesional de la Usabilidad cuyos promotores exigen el advenimiento de abrelatas sencillos, de teteras funcionales, de mandos a distancia comprensibles y así de forma sucesiva. Se les podría reprochar la invención del término usabilidad, de embarazoso uso, pero ellos mismos se han adelantado a las críticas explicando que lo han alumbrado adrede, para que el público comprenda lo molesto que es tener cosas con las que no sabes qué hacer (con "usabilidad" ocurrirá lo mismo que con la bicicleta estática: que acabará en el trastero). El argumento nos parece poco consistente, como si alguien fabricara una rueda cuadrada para hacernos comprender las virtudes de las redondas. Sabemos que lo que define a la rueda es rodar. Confiesen, en fin, que han puesto usabilidad porque se les ha escapado. No pasa nada.

Lo que le vemos a la Asociación Profesional de la Usabilidad, además de la torpeza lingüística, es poco horizonte, pues relega su ámbito de actuación al mundo de los objetos. Está bien exigir que los cuchillos corten, desde luego, y que los bolígrafos escriban y que las regaderas rieguen. Nada complace más al usuario de una escalera que ésta tenga escalones o, al de un tenedor, que disponga de púas. Es muy de agradecer que los preservativos preserven y que los paraguas puedan abrirse (y cerrarse, por cierto). Y no siempre es así, lo reconocemos, porque también los objetos tienen su carácter, su idiosincrasia, por decirlo con una palabra poco usada, y con frecuencia nos hacen la vida imposible o nos dejan sin dedos.

Pero quizá una asociación partidaria de la usabilidad debería preguntarse también por qué, llevando veinte siglos creando estupendos sistemas filosóficos, tenemos tantas dificultades a la hora de aplicarlos. ¿Por qué, disponiendo de más teorías económicas que de dinero, no hemos resuelto aún la lacra de la pobreza? ¿Por qué hay democracias que queman al cogerlas por el mango? ¿Por qué hay decálogos a los que les sobran diez puntos? Una idea inhábil puede hacer más daño que un sacacorchos mal concebido. Una paradoja sin instrucciones de uso puede hacer incomprensible la visita de Obiang. No todo es abrir latas. Buenos días.

Sobre la firma

Juan José Millás

Escritor y periodista (1946). Su obra, traducida a 25 idiomas, ha obtenido, entre otros, el Premio Nadal, el Planeta y el Nacional de Narrativa, además del Miguel Delibes de periodismo. Destacan sus novelas El desorden de tu nombre, El mundo o Que nadie duerma. Colaborador de diversos medios escritos y del programa A vivir, de la Cadena SER.

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