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Tribuna:ECONOMÍA INTERNACIONAL

La inmigración no ha hecho más que empezar

El autor prevé grandes movimientos migratorios en este siglo y plantea que se ayude a los países pobres para moderar sus efectos.

Las grandes migraciones no son nuevas. En el anterior periodo de mayor globalización, entre 1870 y 1913, cerca de 100 millones de personas, mayoritariamente europeas, emigraron a otros países, de los que cerca de 60 millones emigraron al continente Americano. En un periodo de 43 años emigró casi el 7% de la población mundial media del periodo (1.500 millones). Nos encontramos hoy en otro periodo de aceleración de la globalización y es lógico que también aumenten los movimientos migratorios, que forman parte esencial de dicho proceso y que permiten mejorar la asignación mundial de los recursos y la distribución de la renta en el mundo, más aun cuando hoy el número total de emigrantes en porcentaje de la población mundial es sólo del 3,5%, la mitad que la anterior globalización.

Convendría ayudar a los países de origen a tener mayores oportunidades de empleo

¿Estamos ahora ante una situación migratoria similar a la del anterior proceso de globalización? No. Entre 1870 y 1913, el mundo recibió el choque de una mayor oferta del factor de producción tierra, es decir, se hizo efectiva la posibilidad para los europeos de acceder a grandes extensiones del continente americano, africano, asiático y oceánico, en busca de mejores oportunidades o intentando escapar de las hambrunas. Ahora, por el contrario, estamos ante un choque de una mayor oferta del factor de producción trabajo, ya que la oferta efectiva de mano de obra mundial se ha multiplicado por tres en los últimos 20 años con la incorporación de la fuerza laboral de los países en desarrollo a la globalización. Mientras que en el caso anterior el factor decisivo fue la creciente demanda de trabajo por regiones con gran escasez de mano de obra, en el actual lo está siendo la creciente oferta de trabajo por parte de las regiones con mayor exceso de mano de obra.

La realidad es que las tendencias demográficas actuales auguran grandes movimientos migratorios en esta primera mitad del siglo XXI. La población mundial va a aumentar, entre 2005 y 2050, de los 6.400 millones de habitantes actuales a los 9.100 millones. Todos esos nuevos habitantes van a nacer en los países en desarrollo ya que la población de los países desarrollados no crecerá. Así, el continente Europeo (incluyendo Rusia) que, con 548 millones, representaba, en 1950, el 21,9% de la población mundial, ha caído al 11,3% en 2005 y caerá al 7,2% en 2050 y el conjunto de los países más desarrollados sólo representará el 13,6% de la población mundial en 2050, frente al 32,3% en 1950.

Por un lado, Europa (continente) pierde 75 millones de habitantes en los próximos 45 años y caerá desde los 728 actuales a 653 millones (la UE a 15 pierde sólo 100.000 y la UE a 25 pierde 8,7 millones), Norteamérica gana 137 millones, alcanzando los 438 millones, y Oceanía, 15. Por otro lado, África, a pesar del sida, aumentará su población en dicho periodo en 1.031 millones para alcanzar 1.937 millones, el 21,3% del total mundial, casi tres veces más porcentaje que el de la población Europea. La población Asiática aumentará en 1.310 millones pasando a 5.210 millones en 2.050, el 57,5% de la población mundial (a pesar de que Japón pierde 16 millones y la población China permanece constante). Finalmente, la de América Latina y Caribe aumenta sólo en 222 millones para alcanzar 783 millones en 2050.

Por otro lado, los países desarrollados están envejeciendo mucho más rápido que los países en desarrollo (salvo China que lo hará en proporciones similares) y sus poblaciones en edad de trabajar están disminuyendo rápidamente, con lo que su tasa potencial de crecimiento va a ser cada vez menor y sus costes de pensiones y salud cada vez mayores.

De acuerdo con el informe del AWG de la Comisión Europea (2006), en el caso de la UE a 25, en los próximos 45 años, la población en edad de trabajar (15 a 64 años) va a reducirse en 48 millones (desde 307 a 259 millones), mientras que la población mayor de 65 va a aumentar en 58 millones (desde 75 a 133 millones), con lo que la tasa de nominal dependencia (número de personas jubiladas respecto a personas en edad de trabajar) va a alcanzar el 51% en promedio frente al 24,5% actual, es decir, habrá casi 2 personas en edad de trabajar por cada jubilado en lugar de las 4 actuales. Estimando que, en 2050, la tasa de empleo de la UE 25 sea del 70% de la población en edad de trabajar (181 millones), en lugar del 63,1% actual (193 millones) la tasa real de dependencia (número de personas jubiladas en relación a las empleadas) será del 73,5%, es decir, habrá 1,4 personas empleadas (contribuyentes a la Seguridad Social) por cada jubilado pensionista, frente a las 2,6 actuales.

Si se mantienen los flujos actuales de inmigración, esto significa hipotéticamente que para poder mantener la población en edad de trabajar constante en la UE a 25 hasta 2050 se necesitarían como mínimo 48 millones de inmigrantes más; para poder mantener la tasa nominal de dependencia constante se necesitarían 106 millones de inmigrantes más, y para mantener la tasa real de dependencia constante se necesitarían 183 millones de inmigrantes más en dicho periodo, es decir, un 11%, un 24% y un 40%, respectivamente, de la población total de la UE 25 en 2050, que será de 454 millones.

En el caso de España la población total cae en 100.000 personas en 2050 (aunque caería 7,2 millones con inmigración cero a partir de 2005), la población en edad de trabajar descendería 6,2 millones, la población mayor de 65 años aumentaría 7,9 millones y la población ocupada caería 1,5 millones, lo que significa que la tasa de dependencia nominal pasaría de 4,1 personas en edad de trabajar por cada jubilado a 1,5, y la tasa real de dependencia de 2,5 personas empleadas por cada jubilado a 1,1. Es decir, las necesidades hipotéticas de inmigración serían de 6,2 millones más para mantener constante la población en edad de trabajar, de 14,1 millones para mantener constante la tasa nominal de dependencia y de 15,6 millones para mantener constante la tasa real de dependencia, lo que representa el 14,4%, el 32,8% y el 36,3%, respectivamente, de la población estimada en 2050.

Ahora bien, éstas son las hipótesis que se pueden barajar en el caso en que no se tome ninguna medida. Bastaría con que, en esos 45 años, se consiguiera aumentar la edad de jubilación desde los 65 años a los 71 para resolver una gran parte del problema. Aunque esta medida puede parecer hoy muy exagerada, puede llegar a ser necesaria ya que, dado que la esperanza de vida al nacer aumenta rápidamente en España alcanzando hoy los 79 años, de seguir al mismo ritmo en los próximos 45 años, alcanzaría 85 años, por lo que dicha medida permitiría mantener la diferencia entre la edad de jubilación y la de esperanza de vida al nacimiento (es decir, los años de derecho a pensión) en los 14 años actuales. Asimismo, las tasas de dependencia se reducirían en 12 años, 6 años añadidos a la población en edad de trabajar (15-71) y otros 6 restados a la población jubilada (71+). Bajo este fuerte supuesto, se necesitarían muy pocos inmigrantes para mantener constante la población en edad de trabajar y las tasas nominal y real de dependencia.

Ahora bien, esta solución no evita que siga existiendo una presión de los inmigrantes de países pobres. Por lo tanto, convendría introducir medidas complementarias para ayudar a los países de origen a tener mayores oportunidades de empleo y que sus flujos potenciales de inmigrantes fueran menores. Por ejemplo, los países ricos con escasez de mano de obra tienen dos opciones: pueden intentar mantener su nivel de producción interior atrayendo inmigrantes o pueden desplazar aquellas tareas para las que no encuentran mano de obra suficiente y competitiva a los países en desarrollo donde sí existe, con lo que estos últimos aumentarían su nivel de inversión y de empleo y reducirían su potencial de emigración. Asimismo, si los países de la UE 25 redujesen su elevado proteccionismo en agricultura, textiles, confección, calzado y pequeñas manufacturas, que es exactamente aquello que realmente pueden exportar los países en desarrollo con mayor potencial migratorio, éstos aumentarían su empleo para exportar y sus necesidades de emigración disminuirían.

Guillermo de la Dehesa es presidente del Centre for Economic Policy Research (CEPR).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de septiembre de 2006