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Crónica:VUELTA 2006 | Sexta etapa

Perico Pereiro en Tierra de Campos

El ciclista gallego será el gregario de lujo de Alejando Valverde hoy en El Morredero

Un cuento, una metamorfosis. Una llamada telefónica una noche de Tour -Óscar, soy Perico- inició la transformación. Una jornada de piernas de requesón, de pulmones de fuego, subiendo La Covatilla, completada con un relajado rasgueo a la Fender Stratocaster del Cadillac solitario de Loquillo que tanto le gusta, aceleró el proceso. La hermosa y veloz, 42 por hora, viento de espaldas, travesía de Tierra de Campos -tierra de espejismos, palomares como pagodas, rectas de asfalto en un mar amarillo, rastrojos y barbechos, ocres negros, girasoles abrasados, encinas despistadas, cunetas en las que estoicos aficionados persiguen las mínimas sombras-, ayer, lo completó. El estreno público, hoy, en El Morredero. Ante todos ustedes, surgido de las contingencias que impone el ciclismo a sus practicantes, el nuevo, el único, el inigualable, Perico Pereiro.

Hushovd, tras vestir unos días de amarillo, logró al fin levantar los brazos en señal de victoria

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Pereiro, Óscar, fue Perico aquel día del Tour, etapa de la Toussuire, en que, aconsejado por el mismísimo Delgado la noche anterior, tendió a Floyd Landis una emboscada de sed y privaciones que dejó al americano perdido y exhausto y a él con, de nuevo, el maillot amarillo. Después de aquel día, Pereiro, que terminó su fábula del Tour de Francia como vencedor virtual a la espera de la descalificación por dopaje de Landis, continuó asumiendo rasgos de la personalidad aparente del escalador segoviano, simpatía, don de gentes, accesibilidad, caracteres que le vinieron muy bien en agosto para fomentar su cota popular, para sobrevivir el asalto mediático, para convertirse en estrella y no romper la armonía, el equilibrio de poderes con Alejandro Valverde en su equipo, en el Caisse d'Épargne. Y después de lo que pasó el miércoles en La Covatilla, la esperada confirmación de Valverde, el esperado desfallecimiento de Pereiro, un nuevo aspecto de la carrera de Perico está preparado para ser vampirizado por el inteligente gallego: el talante de currante generoso, de hombre de equipo, de trabajador devoto de su líder.

Un periodista amigo se le acercó a Pereiro en la salida de Zamora, donde los aficionados jugaban al escondite con la policía, y le comentó lo espectacular que sería que él, todo un ganador del Tour, se remangara en la Vuelta, se olvidara de la victoria y, como Perico, otro hombre Tour, hiciera en los últimos años de su carrera con Indurain, el mito, dejara todas sus fuerzas en la tarea de ayudar a Valverde a ganar la Vuelta. "Serás aún más idolatrado por la afición", le prometió el periodista. "Pero eso está fuera de toda duda", le respondió el gallego, ajustándose con cuidado las patillas de las Oakley sobre las orejas. "Ya pensaba hacerlo, y no como maniobra de cara a la galería, sino porque así, sinceramente, lo pienso". Metamorfosis absoluta. Prueba conseguida.

El toque de proclamarse sincero seguramente terminó de fraguarse ayer, en el austero paisaje de Tierra de Campos, en el aire seco en el que Pereiro ya ansiaba sentir alguna brizna de brisa marina, algún olor de su Galicia, a donde la Vuelta llegará mañana. Pero antes, punto intermedio, mojón de paso, en el corazón del Bierzo, dando sombra a Ponferrada, El Morredero, la segunda llegada en alto de la Vuelta, el segundo duelo Sastre-Valverde, la segunda oportunidad para Di Luca, el líder bulímico, el que dice que sólo le gusta ganar, sean etapas, sea la Vuelta, pero que en esto no cree tanto, tan difícil le parece.

Pero antes, ayer, el aire castellano-leonés, a favor, ardiente, instaló en algunos corredores, en los sprinters que quedan -todos menos McEwen, el australiano loco que llegó fuera de control la víspera- tal fuerza, un optimismo tal que todos entraron con ganas en la llegada, ocupando el ancho de la calle para pasmo y pavor de los fotógrafos. Si hasta Alessandro Petacchi, el deseado, por fin encontró energías para llegar delante. Fue el suyo, el del italiano que se rompió la rodilla en mayo, un sprint puramente individual, solitario, lejano y paralelo al que por el centro de la recta lanzaba su compañero Zabel, el alemán a quien el subidón de adrenalina volvió a consolar un día más tras ser superado en los últimos metros por su joven compatriota Greipel y por el coloso noruego Hushovd, quien finalmente, tras vestir unos días de amarillo, logró levantar los brazos en señal de victoria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de septiembre de 2006