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NUESTROS CLÁSICOS

Horchata de Alboraia

La lógica nos obliga a dudar de la leyenda que circula alrededor del nombre de la horchata. Y puestos en el escepticismo, también a sorprendernos de la campechanía que dicho mito atribuye a persona tan principal como el Rey Jaime I, el cual -al decir de los cronistas- se despachó con un or, xata cuando se refirió a las bondades del blanco y fresco líquido que le había ofrecido una joven vasalla, al tiempo que la requebraba con un xata que más parece salido de un sainete madrileño que de los labios de un noble de Montpellier.

La verdad de la verdad nos lleva -como casi siempre- al latín, y con éste, al término hordeata -hecho con cebada- voz que a través del camino mozárabe llega a nuestros territorios, donde se instala para siempre jamás, para designar no el agua de cebada, sino aquella otra que surge de las fuentes de la chufa.

Las horchatas son líquidos azucarados que se obtienen de diversos frutos, previa y convenientemente machacados, exprimidos y mezclados con agua; aunque la horchata fetén, la que permanece y se conoce en el mundo civilizado, procede de la chufa: frutilla dulce que se cría pegada a sus rayzes, debaxo de la tierra, y es golosina de niños, al decir de don Sebastián de Cobarruvias, capellán que fue de su Majestad don Felipe III y consultor del Santo Oficio de la Inquisición, amén de erudito lingüista, en su preclaro diccionario Tesoro de la Lengua Castellana y Española.

Y chufa solo hay una, la que se cultiva en exclusiva en la huerta de Alboraia, ya que las demás que pudiesen existir moran en el extranjero y el destino de sus carnes es menos dulce y poético que ser convertidas en oro líquido. Las tierras arenosas de las huertas que rodean dicha población son las idóneas para tal fin, y allí están asentadas como en su casa.

Sabedores de esta peculiaridad, algunos cosecheros de chufa de dicha localidad se han convertido al comercio -o al contrario, que tanto da- y pregonan el líquido obtenido al elaborar su mercancía por toda la población, expendiéndola líquida o granizada en diversos salones ubicados al efecto.

Y el público disfruta de ello ingiriéndola en una terraza, a la luna de Valencia. Pues, ¿quien no aspira a deleitarse en unión de una bebida aclamada por los reyes y solicitada con fervor... por el mismo Papa de Roma?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 31 de agosto de 2006