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Reportaje:Alemania 2006

Memorias distintas

Los ingleses olvidan el tanto de Maradona y celebran el 40º aniversario de su triunfo contra Alemania, mientras los germanos aún protestan el gol de Hurst

Santiago Segurola

Hace veinte años del gol de Maradona y cuarenta de la victoria de Inglaterra sobre Alemania. Son aniversarios que los ingleses viven de manera muy diferente. Del tanto de Maradona prefieren olvidarse. Con la excusa de la mano de Dios -no hay divinidad, ni Maradona, que marque ese tanto sin la ayuda de un portero cómico-, los ingleses se empeñan en pasar la bayeta sobre el gol más grande del fútbol. Es la peor manera de no olvidarlo. Parece raro, porque Inglaterra es un país que celebra como ninguno las efemérides. Desde luego, las favorables. Allí no se pierde conciencia de lo que significó Waterloo, Trafalgar o el desembarco de Normandía. Hasta lo ornamental adquiere un carácter diferente. Los cumpleaños de la reina Isabel se celebran con la pompa que transporta a los ingleses a su pasado más glorioso. Quizá en ningún otro lugar la memoria es tan importante, ni la historia tan apreciada. El pasado importa mucho porque es el vínculo necesario con la singularidad inglesa. Y no hay pasado más feliz para su fútbol que el triunfo sobre Alemania en la final de la Copa del Mundo de 1966, la final de Wembley. Hace mucho tiempo de aquello, pero lo interesante de aquel partido es que parece que se juega todos los años. Así que los ingleses ganan cada año, cada día, la Copa del Mundo. Es lo bueno de privilegiar la memoria.

La realidad es que los ingleses sólo han ganado un Mundial. Podrán decir, con mucha razón, que otros han ganado menos. En cambio, Alemania ha conquistado tres Mundiales y parece que ha disputado todas las finales. Es gente muy perseverante. Los alemanes también tienen su victoria favorita. Es la de Berna, en 1954, frente a la Hungría de Puskas, Boszik, Hidgekuti y Czibor. Lo llamaron el milagro de Berna porque se daba por supuesto el éxito de los húngaros. La fecha tiene un carácter fundacional en la conciencia de los alemanes. Por primera vez desde la derrota en la Segunda Guerra Mundial, Alemania se sintió feliz, sin culpas, animada por una victoria que trascendía lo futbolístico. Fue el arranque del milagro alemán. Ahora necesitará otro milagro para ganar el Mundial. Juega en casa, tiene un pasado casi tan eficaz como el de Brasil y se sentirá ayudada por el fervor de la nación. Pero, por primera vez, nadie confía en los alemanes, justo ahora que los ingleses acuden con una de sus mejores selecciones.

Hay muchos Mundiales dentro de un Mundial. Hay cuentas con el pasado, rivalidades enfermizas y esperanzas que muchos nunca cumplen. España lo sabe muy bien. Para ingleses y alemanes, el Mundial es la ocasión de medirse como países a través del fútbol. Hay una rivalidad natural que se pone de manifiesto cada vez que se enfrentan. También ocurre con brasileños y argentinos, o con ingleses y argentinos, o con cualquiera y los argentinos, pero en el caso de un Inglaterra-Alemania el partido adquiere una condición diferente: la solemnidad. A los demás les parece muy bien que diriman sus diferencias en el campo de juego y no en el de batalla, como ocurrió dos veces en el siglo pasado.

Desde la final de 1966, los duelos entre las dos selecciones han resultado memorables y siempre favorables a los alemanes. En el partido de Wembley, Inglaterra se impuso por 4-2, en la prórroga, con el decisivo y muy polémico gol de Geoff Hurst. La pelota botó en la raya tras golpear el larguero y el linier ruso Bakrámov se animó a conceder el tanto. Si los ingleses no cierran la herida de los goles de Maradona en el Mundial de 1986, a los alemanes no se les cicatriza la derrota de Wembley. Todos los éxitos siguientes -dos Copas del Mundo, tres Eurocopas y todas las finales que se quieran- no han logrado desvirtuar el recuerdo de4 aquel partido, más afrenta que decepción. Su sueño es una final frente a los ingleses en Berlín, un encuentro de vuelta cuarenta años demorado. También es el sueño inglés. Durante los últimos cuatro decenios, Alemania siempre ha vencido a Inglaterra en las grandes competiciones. Se impuso en 1970 con la colaboración del portero Bonetti, sustituto de última hora del enfermo Gordon Banks, y volvió a ganar en 1990, en un dramático partido solucionado en la ronda de penaltis. Fallaron los ingleses, que se despidieron con la inolvidable imagen de Paul Gascoigne llorando como un niño.

Por si acaso, ya hay recomendaciones a los hinchas ingleses para que olviden los cánticos que recuerdan la victoria en la Segunda Guerra Mundial o para que eviten desagradables referencias a los nazis. Inglaterra viene con moral de victoria, sólo preocupada por el pie de Rooney y por la desconfianza que genera Eriksson.

El remate de Hurst en la final de 1966 entre Inglaterra y Alemania por el que se concedió gol sin que entrara el balón.
El remate de Hurst en la final de 1966 entre Inglaterra y Alemania por el que se concedió gol sin que entrara el balón.AP

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