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COLUMNA

Fantasmas bronceados

El hecho de que esté usted hoy en Madrid delata que se le han acabado las vacaciones. Sin embargo, lo más probable es que aún siga de alguna manera allí, en su playa, en su montañita, en su metrópoli de postal. Porque este mes suena a espuma y a chicharra, huele a apartamento y a puerta de embarque, sabe a especias y a vinos nuevos. Sólo en septiembre empezaremos dejar de encontrarnos fuera de lugar ante los jefes o los semáforos de la Castellana. Pero hasta la semana que viene seguiremos maldiciendo a los que secan sus toallas en los balcones e impregnan las siestas de aftersun.

Hoy todavía nos sentimos ciudadanos de esas otras ciudades por las que hemos caminado con botellitas de agua mineral rellenadas en el grifo tibio del aseo de cualquier restaurante, o de esas playas o esa hierba sobre la que nos hemos tumbado boca arriba. Recordamos el número de la habitación de nuestro hotel como un código secreto, aún evocamos las caras anónimas que nos sonrieron en las terrazas o los acentos que condimentaron el verano como se relee la posdata de una carta querida.

Somos fantasmas. Espectros de un tiempo y un espacio ya evaporados de los que no podemos ni queremos zafarnos. Madrid en agosto es un desalentador percance, como una ex novia en una fiesta, como un apagón en un cine, como un pelo en un pezón. Nos resistimos a aceptar nuestra presencia en una ciudad que no rima con este mes. Nuestra conexión con las vacaciones caducadas no es únicamente extra sensorial, sino también física. Probablemente, todavía conservemos el eco del sol en la piel, algún abalorio de bisutería de mercadillo de puerto de mar, el trazo velado de un tatuaje de henna. Los recién incorporados al trabajo pertenecemos a una tribu marcada tanto por el antifaz blanco de la sombra de las gafas de sol como por esta mirada anhelante que no acaba de posarse en ningún icono del escritorio de Windows, negándose a aceptar que los píxeles son el nuevo sol.

Hoy parecemos un ánima, pero dentro de muy poco seremos un recuerdo. Aún estamos poseídos por nuestra versión veraniega, el cuerpo continúa demandándonos la frescura de los bermudas, la afonía del móvil, las doce de la mañana en la cama, pero dentro de poco nos dejaremos de reconocer como un veraneante expoliado. La rabia se transformará en melancolía, en una añoranza lejana que se esfumará lentamente como el legado de un sueño. El yo veraniego que ya estamos perdiendo y que ahora nos mantiene en un limbo desconcertante se tornará en quimera, en una utopía que ni siquiera actuará de estímulo para atravesar el año, de faro, pues el verano siguiente estará demasiado lejos para ofrecer su luz.

Es costoso reencarnarse en la persona trabajadora, responsable y abnegada del invierno. No hace tanto que dejamos atrás esa crisálida pero nos hemos investido con tal euforia el rol del veraneante que hoy nos resulta ajena esa otra existencia de atascos, de cafés de máquina, despertadores y bufandas. En el fondo sabemos que somos esa persona, que pertenecemos a esa rutina, pues la integramos la mayor parte del año. Somos conscientes de que el hombre despresurizado y descalzo del verano es sólo un transitorio espejismo, un cameo en la vida del multimillonario o el jubilado, pero precisamente por eso lo deseamos. Queremos seguir fingiendo que estamos hechos de aficiones y de gazpacho, de reggaeton y madrugadas. Al menos una semana más, hasta que llegue septiembre con su viento azorado y con Ana Rosa Quintana pasada de peso.

Los buenos propósitos para el curso que viene: las dietas, el abandono del tabaco, el gimnasio, El Quijote antes de que acabe el cuarto centenario... son placebos para asumir el plan vital que nos espera. La depresión posvacacional no sólo se debe a la despedida de la buena vida y el buen tiempo, sino a la hosca monotonía que aguarda. Regresar a la rutina de verdad, a la de siempre, supone mirarla a la cara, evaluarla, y muchas veces no es grato lo que vemos.

El descanso estival tan sólo nos ha evadido, nos ha regalado una realidad virtual donde hemos visitado otras ciudades o hemos comido sandía en la orilla, pero no nos ha enseñado a ser más felices en el mundo auténtico. Hoy somos los de siempre, pero en lugar de encarar el panorama laboral con las fuerzas renovadas, lo hacemos con esta debilidad corpórea propia de los espectros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de agosto de 2005