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Crítica:SAN SEBASTIÁN | CILTURA Y ESPECTÁCULOS

¡Es que son santos!

Es pertinente crear, dentro del santoral, una figura que sirva para calificar la bondad y paciencia del público donostiarra. Le están ofreciendo en Illumbe casi todos los días gato por liebre, y lo aguanta sin pestañear. Merece por ello que se le instaure para él algo que lo santifique.

Los toros del Marqués de Domecq tuvieron poca fuerza y carecieron de raza. Parecían recién sacados de un saldo a tanto el kilo (báscula trapisondista donde las haya).

Y luego se asombran de que no vaya público a las plazas. La excepción fue ayer, gracias al fervor que se le tiene aquí al rejoneador Hermoso de Mendoza. La fiesta de los toros no la van a tirar por tierra los ecologistas y detractores adláteres. La fiesta va camino de su extinción debido a los desalmados que viven dentro de ella. Ellos son el avieso caballo de Troya. Son ellos los adictos a la usura para ganar dineros rápidos y fáciles. Ellos y sólo ellos son los depredadores de cuanto de grande hay en esta fiesta brava (sin patriotismos baratos, plis). Es como Hobbes hubiera sentenciado siglos atrás para ellos: "El hombre es el lobo del hombre" (el que roba la cartera a los ingenuos, a los que se pide un santoral pluralizado para ellos).

Espartales-Domecq / Hermoso, Abellán, Castella

Dos toros de Los Espartales, despuntados para rejoneo, buenos los dos; mejor el 1º. Cuatro toros del Marqués de Domecq, descastados, sin fuerza, sin calidad. Pablo Hermoso de Mendoza: rejón defectuoso (oreja y petición de otra); rejón trasero y caído (oreja). Miguel Abellán: dos pinchazos -aviso-, dos pinchazos y descabello (silencio); dos pinchazos, pinchazo hondo y descabello (silencio). Sebastián Castella: estocada desprendida (leves aplausos); estocada caída y descabello (silencio). Plaza de Illumbe, 17 de agosto. 4ª de feria. Cerca del lleno.

La actuación de Pablo Hermoso de Mendoza tuvo su esplendor máximo a través del caballo Chenel. Con ese caballo por un instante inmensionó la tarde. Fuera de ahí, la labor del caballero estuvo bien, sin agrandar mucho los ojos admirativos. Le buscaron buenos toros, en especial el primero.

En la lidia ordinaria, lo poco de interés lo ejecutó Miguel Abellán. Puso sus buenos deseos por querer utilizar el capote, lo mismo al recibir al toro, como a la hora de tejer algún quite. Aceptables los dos comienzos de sus faenas. Muleteó en su primero dejándose tropezar la muleta en exceso. Al final empezó a dar pases como si fuera un empleado aburrido de sí mismo. Semejaban los pases un butacón inglés de piel azotado por la lluvia. En su segundo inició la faena con entusiasmo, con las dos rodillas en tierra. No templó. No se cruzó. ¿Pero es que no hay torero alguno que quiera cruzarse con los toros?

El francés Sebastián Castella no dejó ver en ningún momento sus misterios ocultos, como el que atesoran los capiteles de Notre Dame. Los toros no le sirvieron, eso es verdad, mas él fabricó una antología muy completa de pasos atrás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de agosto de 2005